martes, 17 de abril de 2012

2. Aélica, Puerto del Imperio

2.

A setecientos cincuenta kilómetros de allí, en ese mismo instante, más cerca del mar y en un clima más cálido, Tobías Walters despertó de su sueño. Hacía bastante calor y las dos mujeres de su cama estaban sudorosas y tibias. Se levantó de la enorme cama saliendo por los pies y respondió a los insistentes golpes en la puerta que lo habían arrancado de sus amadas pesadillas. Sus acompañantes de ese día no se despertaron con el ruido y él llegó al insistente golpeteo tras cubrirse con una bata. Abrió la puerta.

-¿Sí? ¿Qué pasa, Joe?- Tenía la voz pegajosa.

-Acaba de llegar un cable urgente para usted, señor Walters, de la comandancia de policía de la ciudad. Prioridad zafiro, señor.

-De acuerdo, de acuerdo. Que preparen el coche para cinco minutos y que tenga un termo de ese excelente café samariano, Joe.

-Sí, señor.- El mayordomo se despidió con una inclinación de cabeza y se marchó.

Tobías entró de nuevo en la habitación y contempló a sus amantes dormidas. Estaban tremendamente excitantes, desnudas y brillantes por el sudor, con los labios entreabiertos. Empezó a notar la erección, y se dijo que podría acercarse con disimulo y… no. Tenía que responder a esa prioridad zafiro o corría el riesgo de perder todos sus privilegios.

Salió al balcón y contempló la negrura brevemente iluminada de Aélica, el Puerto del Imperio. Había luces en algunas casas y palacios, alguna incluso eléctrica, pero el puerto estaba a oscuras. La brisa marina era más fresca que el ambiente de la habitación, pero no lo suficiente para enfriar las noches de la ciudad. Se vistió rápidamente de forma discreta, chaqueta y pantalones negros, zapatos de paseo y una boina elegante de color pardo.

El coche y el café samariano estaban en su sitio y comenzó el descenso desde la Villa de Mármol hasta la ciudad en sí. La Villa era muy antigua, anterior incluso al Imperio y contaba con una gran colección de obras de arte y otros lujos, como un patio de naranjos y una serie de túneles subterráneos que partían de las bodegas y se extendían por las colinas y la Ciudad Interior.

El carruaje era un método de transporte que estaba pasando de moda a favor de los coches de vapor y los más modernos de petróleo, pero Tobías siempre había sido un romántico y prefería este medio para los viajes cortos, amén de que su traqueteo tenía innumerables utilidades, como… remover el café.

El coche se detuvo con un relincho delante de la comisaría central de Aélica, en una zona iluminada con tres lámparas eléctricas de vapor, lo que hablaba de una ciudad rica y arrogante. Tobías bajó y un policía con su uniforme verde marino le abrió la puerta. Saludó con la cabeza y siguió al hombre a través de pasillos y salas, bajando escaleras y rampas construidas para camillas, hasta la puerta del depósito.

-El comisario le espera dentro, excelencia.

-Gracias, toma, acábate esto. –Le pasó el termo. El hombre lo sujetó con expectación y Tobías asintió antes de entrar. El termo por presión de vapor costaba dos o tres sueldos de ese hombre y el resto de café samariano sería lo más sabroso que probara en su vida. Tobías gustaba de tratar bien a la plebe.

La sala era bastante aséptica para los cánones de los depósitos del Imperio, con relativamente pocas manchas de sangre en el suelo y un olor no muy inmundo. Dos hombres estaban alrededor de una mesa de metal con un cuerpo encima. Tobías se acercó y los dos hombres inclinaron la cabeza.

-Excelencia, siento haberlo despertado de esta forma tan poco educada, pero el asunto es de vital importancia.

-No se disculpe, comisario, estamos para servir.

-Es usted muy amable, le presento al doctor Fernand, encargado de la autopsia. –Tobías le tendió una mano y el sorprendido médico la estrechó de forma flácida. Tobías odiaba eso.

-¿Qué tiene que mostrarme, doctor?

El comisario habló en su lugar:

-Esta noche una botavara ha intentado infiltrarse en el puerto con un peligroso cargamento de explosivos. Ha sido detenida por la guardia costera y sus hombres abatidos al reconocerlos como terroristas. Nos han traído la mayoría de los cuerpos para su identificación y la muestra ocular y el tatuaje nos hacen pensar que este individuo podría ser…-Miró al doctor- Edward Krammer.

Tobías arqueó las cejas con sorpresa y miró mejor al hombre. La verdad es que podía ser…

-¿Algo irregular en el cuerpo?

-Murió por disparos de la guardia costera. Presenta un extraño dimorfismo en los espacios auriculares del corazón y no tiene vesícula biliar ni bazo.

-Entonces es él. Sufrió una herida que le afectó al bazo durante el bombardeo de Ruttena.

-¿Qué hacemos excelencia?

-No se preocupen, yo llamaré a mi padre. Pónganme un cable con Palacio.

Algún rato después, ya en sus aposentos, tras despedir a las mujeres de su lecho, Tobías derramó una lágrima por la muerte de su mentor.

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