6.
“Recuerda, Teresa, las verdaderas damas no aparentan tener
miedo”. Su madre le había dicho esa frase cuando era pequeña cada vez que había
un evento importante o algo la ponía nerviosa. Ahora Teresa estaba totalmente
atemorizada, con un rumor de nervios en el estómago y un cosquilleo en la parte
de atrás de la cabeza, pero hacía todo lo que podía por parecer despejada y serena.
Torre Helada estaba bajo asedio desde hacía dos días, desde poco después de que
descubrieran el cuerpo de Krammer en la nieve y enviaran al cable desde la
fortaleza. Tres horas después el centro de artillería alpino que cubría el
flanco de la torre envió una petición de auxilio fragmentada y cortó las
comunicaciones. A partir de ahí habían comenzado a llegar ultimátum de
rendición cada dos horas. Habían sufrido dos intentos abortados de atacar las
murallas y los bombardeaban esporádicamente con morteros. El Teniente Këller
había ordenado el zafarrancho de combate y había recluido a Teresa y a Astrid,
junto con las cuatro cocineras y diez mozas y costureras en la bodega, bajo la
vigilancia de Ferdinand. Habían enviado una petición de ayuda por cable, pero no
sabían si había llegado, ya que no se había acusado contestación. Këller
también pidió dos voluntarios para atravesar a caballo la nieve e intentar
llegar el mensaje a Hollieriver, el pueblo más cercano. Dos soldados salieron y
no sabían nada de ellos aún.
Pasaron dos días de sitio más. La guarnición de Torre Helada
normalmente era de cuatrocientos hombres, más la batería alpina, y ya habían
perdido cien, entre muertos y heridos incapacitados. Cuando comenzaron a llegar
los heridos a la bodega empezó el verdadero horror. Las campesinas y mozas
reaccionaron y comenzaron a cortar vendas y hervir agua, suturando las heridas
menores y apretando las manos de los soldados que morían en sus regazos. Teresa
intentaba ayudar, incluso con los incómodos vestidos que tenía, hasta que
sentía que se desmayaba si veía una gota más de sangre y entonces se iba
corriendo a vomitar a algún rincón. “Mi madre me estaría matando a pescozones y
pellizcos si viera la imagen que doy ante las pobres” pensó una vez entre
arcada y arcada. Astrid ya no lloraba, y se limitaba a mirar un muro con la
mirada perdida, asintiendo cada vez que Ferdinand se interesaba por ella.
En la media noche del segundo día asaltaron las murallas,
amparados en la oscuridad, y consiguieron abrir la puerta por dentro tras un
tiroteo y un duro combate cuerpo a cuerpo. El teniente Këller puso todas las
cartas boca arriba y desplegó las dos armaduras de combate modelo Cercenador
con que contaba la fortaleza. Revelaron estos valiosos recursos militares a los
terroristas que los asediaban y consiguieron expulsarlos del patio de armas y
volver a cerrar las puertas de veinte centímetros de grosor, pero el Teniente
Këller murió dentro de una de las armaduras. Bajaron su cadáver a la bodega y
el capellán ofició un funeral alumbrado por los alambiques de aceite, entre la
sangre y la miseria, rodeado de mujeres manchadas de muerte y de soldados que
iban a morir. El sargento Fernández asumió el mando, por ser el más viejo entre
los sargentos que quedaban.
Al amanecer del tercer día se acercó un vehículo de
petróleo preparado para moverse por suelos helados. Llevaba una bandera blanca
extendida en el capote y se detuvo a cincuenta metros de las murallas. Un
hombre alto y enjuto bajó y extrajo un megáfono de latón.
-¡Defensores de Torre Helada! ¡Habla el capitán Bersson! ¡He
venido a comunicarles que hemos capturado a sus dos correos y cortado el cable
del telégrafo que tenían con Hollieriver! ¡No llegará ayuda de ningún tipo,
pero todavía pueden sobrevivir a esto! –Hizo una pausa. -¡Si entregan a la
mujer llamada Teresa Diener en el plazo de un día, será levantado el sitio y podrán
marcharse con escolta nuestra hasta el pueblo!
Teresa había salido al patio de armas como todo el que podía
andar a escuchar lo que tenían que decir los sitiadores. Todas las cabezas se
volvieron hacia ella y la sangre comenzó a bombearle en los oídos.
-¡Si no la entregan, nos veremos obligados a tomar la fortaleza
por la fuerza y a matar a todos y cada uno de los ocupantes! –El capitán
Bersson miró un momento las murallas, guardó el megáfono y subió al vehículo,
que se alejó marcha atrás hasta que quedó oculto tras una loma de nieve.
Ferdinand sujetó de repente a Teresa por el brazo y la obligó a
seguirlo por los pasillos de la fortaleza hasta el salón principal, donde
habían montado el cuartel general de la defensa, si es que se podía llamar así
a las mesas desperdigadas con platos de comida, mapas y hombres durmiendo en
sillas. Ferdinand fue directamente hacia el sargento Fernández.
-¿Piensa usted entregar a esta mujer, sargento?
Fernández levantó los ojos del mapa que estaba estudiando y miró
a Teresa directamente. Por un momento a la mujer le pareció que el sargento
estaba dudando seriamente.
-No, no voy entregar a Frau Diener, que es amiga personal y
artista de cámara del Duque de Saint Mountain, mi señor y el de todos nosotros,
sólo por debajo del emperador.
-Eso me parecía. –Ferdinand tenía la mano sobre el pomo de la
espada.
Pasó una semana más. Comenzaron a racionar la comida y Teresa
tenía hambre todo el rato. Ferdinand no la dejaba sola nunca y ella notaba cómo
la miraban todos, especialmente los heridos, que sabían que con entregarla
tendrían una oportunidad. Ella no tenía ni idea de por qué la querían los
terroristas. Sólo era una pintora, ni siquiera muy famosa y no tenía
información de valor sobre nada importante. Nadie le preguntó qué pensaba, pero
estaba segura de que todos estaban haciendo sus apuestas sobre por qué se
organizaba un ataque a esa escala sólo por una pintora.
Las reservas comenzaron a ser un problema. Una vez al mes, un
pequeño globo mercante traía las bodegas cargadas hasta la fortaleza por orden
del Emperador. Faltaban tres días para la supuesta llegada del globo, pero
nadie pensaba realmente que pudiera pasar el asedio, pues esos globos no
estaban blindados y podía ser derribado en cuanto intentara aterrizar. El
hambre era ya un compañero a todas horas, lo que sumado al estrés de los
bombardeos y los esporádicos ataques contra las murallas hacía que todos
estuvieran al borde de un infarto permanente.
Dos semanas después del primer
ataque los terroristas decidieron acabar con el asedio. Atacaron con todo lo
que tenían, desplegando un pequeño globo de observación, tres vehículos semi
blindados e incluso una anticuada armadura “Rayo”. Los ciento cincuenta
soldados defensores contaron cerca de mil enemigos acercándose y cubriéndose en
el panorama lleno de cráteres, cadáveres y repechos de nieve sucia. Rezaron sus
últimas oraciones y cargaron los fusiles con manos febriles.
Ferdinando cogió a Teresa y a Astrid y las subió al dormitorio
principal para alejarlas del ataque, aunque Teresa sospechaba que también de
los defensores. Las metió debajo de la enorme cama y se marchó. Al poco rato se
escucharon unos pasos estruendosos en las escaleras y Teresa pensó que era el
final, hasta que vio entrar a Ferdinand embutido en la armadura Cercenador que
quedaba. El metal broncíneo y plateado estaba sucio y manchado de sangre. El
sonido de los pistones a vapor era constante y el chirriar de las piernas y los
brazos, agudo. Ferdinand les dirigió una sonrisa nerviosa y se bajó el visor.
Se volvieron a meter debajo de la cama, viendo solo los anchos pies la armadura
apuntando hacia la puerta. El lanzallamas del brazo derecho soltaba una voluta
de humo y la cincha de munición del derecho colgaba hasta la rodilla.
Fuera comenzaron a oírse explosiones y gritos, el cacareo al que
casi se había acostumbrado y que significaba más heridos para la bodega. Miró a
la derecha mientras Astrid se apretaba contra ella y alcanzó a ver la parte de
debajo de la ventana, a unos cinco metros de la cama. Un globo pasaba como a
cámara lenta, escupiendo fuego por su costado mientras descargaba bombas desde
la panza. El sonido de las explosiones aumentó considerablemente. Si los
terroristas tenían un globo de guerra, aunque fuera pequeño, estaban
absolutamente perdidos y… ¡un momento! Teresa miró más atentamente, sacando la
cabeza de debajo de la cama, y se fijó en el escudo que lucía el globo en su
lado izquierdo, una montaña blanca coronada sobre fondo azul, ¡El escudo del
Duque de Saint Mountain!, ¡Friederich había venido a rescatarla! Tuvo que contener
un grito de alegría y abrazó a Astrid debajo de la cama.
Ocho horas después el Duque de Saint Mountain, Friederich
Reichtoffen, había terminado con los terroristas, poniendo en fuga las últimas
bolsas del asedio con un ataque de gases tóxicos. Había traído dos globos de
guerra, uno pequeño, clase Martillo, el Aminalador, mientras él dirigía la batalla
desde su nave insignia, el globo de guerra clase Meteorito, el Furioso. Cuando entró en el hall, aclamado
por los supervivientes, en su armadura de ónice, a Teresa le pareció más
apuesto que nunca. La miró directamente a ella antes de hablar:
-He venido a recogerte, querida, llegas tarde a nuestra
cita.-Teresa recordó que tenía que haber vuelto a Saint Mountain hacia dos
días. Corrió hacia el Duque saltándose todo el protocolo y lo abrazó con
fiereza.
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