sábado, 21 de abril de 2012

6. Fortaleza de Torre Helada


6.
“Recuerda, Teresa, las verdaderas damas no aparentan tener miedo”. Su madre le había dicho esa frase cuando era pequeña cada vez que había un evento importante o algo la ponía nerviosa. Ahora Teresa estaba totalmente atemorizada, con un rumor de nervios en el estómago y un cosquilleo en la parte de atrás de la cabeza, pero hacía todo lo que podía por parecer despejada y serena. Torre Helada estaba bajo asedio desde hacía dos días, desde poco después de que descubrieran el cuerpo de Krammer en la nieve y enviaran al cable desde la fortaleza. Tres horas después el centro de artillería alpino que cubría el flanco de la torre envió una petición de auxilio fragmentada y cortó las comunicaciones. A partir de ahí habían comenzado a llegar ultimátum de rendición cada dos horas. Habían sufrido dos intentos abortados de atacar las murallas y los bombardeaban esporádicamente con morteros. El Teniente Këller había ordenado el zafarrancho de combate y había recluido a Teresa y a Astrid, junto con las cuatro cocineras y diez mozas y costureras en la bodega, bajo la vigilancia de Ferdinand. Habían enviado una petición de ayuda por cable, pero no sabían si había llegado, ya que no se había acusado contestación. Këller también pidió dos voluntarios para atravesar a caballo la nieve e intentar llegar el mensaje a Hollieriver, el pueblo más cercano. Dos soldados salieron y no sabían nada de ellos aún.
Pasaron dos días de sitio más. La guarnición de Torre Helada normalmente era de cuatrocientos hombres, más la batería alpina, y ya habían perdido cien, entre muertos y heridos incapacitados. Cuando comenzaron a llegar los heridos a la bodega empezó el verdadero horror. Las campesinas y mozas reaccionaron y comenzaron a cortar vendas y hervir agua, suturando las heridas menores y apretando las manos de los soldados que morían en sus regazos. Teresa intentaba ayudar, incluso con los incómodos vestidos que tenía, hasta que sentía que se desmayaba si veía una gota más de sangre y entonces se iba corriendo a vomitar a algún rincón. “Mi madre me estaría matando a pescozones y pellizcos si viera la imagen que doy ante las pobres” pensó una vez entre arcada y arcada. Astrid ya no lloraba, y se limitaba a mirar un muro con la mirada perdida, asintiendo cada vez que Ferdinand se interesaba por ella.
En la media noche del segundo día asaltaron las murallas, amparados en la oscuridad, y consiguieron abrir la puerta por dentro tras un tiroteo y un duro combate cuerpo a cuerpo. El teniente Këller puso todas las cartas boca arriba y desplegó las dos armaduras de combate modelo Cercenador con que contaba la fortaleza. Revelaron estos valiosos recursos militares a los terroristas que los asediaban y consiguieron expulsarlos del patio de armas y volver a cerrar las puertas de veinte centímetros de grosor, pero el Teniente Këller murió dentro de una de las armaduras. Bajaron su cadáver a la bodega y el capellán ofició un funeral alumbrado por los alambiques de aceite, entre la sangre y la miseria, rodeado de mujeres manchadas de muerte y de soldados que iban a morir. El sargento Fernández asumió el mando, por ser el más viejo entre los sargentos que quedaban.
Al amanecer del  tercer día se acercó un vehículo de petróleo preparado para moverse por suelos helados. Llevaba una bandera blanca extendida en el capote y se detuvo a cincuenta metros de las murallas. Un hombre alto y enjuto bajó y extrajo un megáfono de latón.
-¡Defensores de Torre Helada! ¡Habla el capitán Bersson! ¡He venido a comunicarles que hemos capturado a sus dos correos y cortado el cable del telégrafo que tenían con Hollieriver! ¡No llegará ayuda de ningún tipo, pero todavía pueden sobrevivir a esto! –Hizo una pausa. -¡Si entregan a la mujer llamada Teresa Diener en el plazo de un día, será levantado el sitio y podrán marcharse con escolta nuestra hasta el pueblo!
Teresa había salido al patio de armas como todo el que podía andar a escuchar lo que tenían que decir los sitiadores. Todas las cabezas se volvieron hacia ella y la sangre comenzó a bombearle en los oídos.
-¡Si no la entregan, nos veremos obligados a tomar la fortaleza por la fuerza y a matar a todos y cada uno de los ocupantes! –El capitán Bersson miró un momento las murallas, guardó el megáfono y subió al vehículo, que se alejó marcha atrás hasta que quedó oculto tras una loma de nieve.
Ferdinand sujetó de repente a Teresa por el brazo y la obligó a seguirlo por los pasillos de la fortaleza hasta el salón principal, donde habían montado el cuartel general de la defensa, si es que se podía llamar así a las mesas desperdigadas con platos de comida, mapas y hombres durmiendo en sillas. Ferdinand fue directamente hacia el sargento Fernández.
-¿Piensa usted entregar a esta mujer, sargento?
Fernández levantó los ojos del mapa que estaba estudiando y miró a Teresa directamente. Por un momento a la mujer le pareció que el sargento estaba  dudando seriamente.
-No, no voy entregar a Frau Diener, que es amiga personal y artista de cámara del Duque de Saint Mountain, mi señor y el de todos nosotros, sólo por debajo del emperador.
-Eso me parecía. –Ferdinand tenía la mano sobre el pomo de la espada.
Pasó una semana más. Comenzaron a racionar la comida y Teresa tenía hambre todo el rato. Ferdinand no la dejaba sola nunca y ella notaba cómo la miraban todos, especialmente los  heridos, que sabían que con entregarla tendrían una oportunidad. Ella no tenía ni idea de por qué la querían los terroristas. Sólo era una pintora, ni siquiera muy famosa y no tenía información de valor sobre nada importante. Nadie le preguntó qué pensaba, pero estaba segura de que todos estaban haciendo sus apuestas sobre por qué se organizaba un ataque a esa escala sólo por una pintora.
Las reservas comenzaron a ser un problema. Una vez al mes, un pequeño globo mercante traía las bodegas cargadas hasta la fortaleza por orden del Emperador. Faltaban tres días para la supuesta llegada del globo, pero nadie pensaba realmente que pudiera pasar el asedio, pues esos globos no estaban blindados y podía ser derribado en cuanto intentara aterrizar. El  hambre era ya un compañero a todas horas, lo que sumado al estrés de los bombardeos y los esporádicos ataques contra las murallas hacía que todos estuvieran al borde de un infarto permanente.
Dos semanas después del primer ataque los terroristas decidieron acabar con el asedio. Atacaron con todo lo que tenían, desplegando un pequeño globo de observación, tres vehículos semi blindados e incluso una anticuada armadura “Rayo”. Los ciento cincuenta soldados defensores contaron cerca de mil enemigos acercándose y cubriéndose en el panorama lleno de cráteres, cadáveres y repechos de nieve sucia. Rezaron sus últimas oraciones y cargaron los fusiles con manos febriles.
Ferdinando cogió a Teresa y a Astrid y las subió al dormitorio principal para alejarlas del ataque, aunque Teresa sospechaba que también de los defensores. Las metió debajo de la enorme cama y se marchó. Al poco rato se escucharon unos pasos estruendosos en las escaleras y Teresa pensó que era el final, hasta que vio entrar a Ferdinand embutido en la armadura Cercenador que quedaba. El metal broncíneo y plateado estaba sucio y manchado de sangre. El sonido de los pistones a vapor era constante y el chirriar de las piernas y los brazos, agudo. Ferdinand les dirigió una sonrisa nerviosa y se bajó el visor. Se volvieron a meter debajo de la cama, viendo solo los anchos pies la armadura apuntando hacia la puerta. El lanzallamas del brazo derecho soltaba una voluta de humo y la cincha de munición del derecho colgaba hasta la rodilla.
Fuera comenzaron a oírse explosiones y gritos, el cacareo al que casi se había acostumbrado y que significaba más heridos para la bodega. Miró a la derecha mientras Astrid se apretaba contra ella y alcanzó a ver la parte de debajo de la ventana, a unos cinco metros de la cama. Un globo pasaba como a cámara lenta, escupiendo fuego por su costado mientras descargaba bombas desde la panza. El sonido de las explosiones aumentó considerablemente. Si los terroristas tenían un globo de guerra, aunque fuera pequeño, estaban absolutamente perdidos y… ¡un momento! Teresa miró más atentamente, sacando la cabeza de debajo de la cama, y se fijó en el escudo que lucía el globo en su lado izquierdo, una montaña blanca coronada sobre fondo azul, ¡El escudo del Duque de Saint Mountain!, ¡Friederich había venido a rescatarla! Tuvo que contener un grito de alegría y abrazó a Astrid debajo de la cama.
Ocho horas después el Duque de Saint Mountain, Friederich Reichtoffen, había terminado con los terroristas, poniendo en fuga las últimas bolsas del asedio con un ataque de gases tóxicos. Había traído dos globos de guerra, uno pequeño, clase Martillo, el Aminalador, mientras él dirigía la batalla desde su nave insignia, el globo de guerra clase Meteorito, el Furioso. Cuando entró en el hall, aclamado por los supervivientes, en su armadura de ónice, a Teresa le pareció más apuesto que nunca. La miró directamente a ella antes de hablar:
-He venido a recogerte, querida, llegas tarde a nuestra cita.-Teresa recordó que tenía que haber vuelto a Saint Mountain hacia dos días. Corrió hacia el Duque saltándose todo el protocolo y lo abrazó con fiereza.

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