viernes, 4 de mayo de 2012

12. En la costa de Ion


12.
Las playas de Ion, famosas en todo el Imperio, estaban tranquilas y desiertas a la luz de la luna. Eran de un color plateado y el agua de un negro total. El Saranay cortaba estas aguas con su proa de flecha a una velocidad que no podía igualar ningún buque del mundo. Avanzaba paralelo a la costa con todas sus luces apagadas y su casco negro anti reflectante era sólo oscuridad dentro de la oscuridad para alguien que mirara desde tierra.
Dentro de la cubierta de desembarco el teniente de marines Illian de Gámez terminaba de comprobar su equipo mientras sus hombres hacían lo mismo a su alrededor. Confiaba en estos soldados de élite y sabía que llevarían a cabo su misión con toda la profesionalidad de que eran capaces. Llevaban pantalones y cazadora negra, con botas negras sin brillo, de cordones, y un pasamontañas. Unos arneses de cuero negro sujetaban modernísimos revólveres de seis disparos y granadas de fragmentación y de humo de palo. Cuando Illian acabó de comprobar su fusil de multicarga se levantó y murmuró una orden. Todos se pusieron en pie al unísono y se dirigieron a la compuerta cerrada que había al fondo de la sala. Las paredes blancas de metal hacían que sus negros ropajes contrastaran más todavía.
Se pusieron en fila con Illian al frente y la puerta se abrió un siseo hidráulico. Un par de lanchas negras esperaban flotando sobre el agua espumosa. El barco había parado y las lanchas apenas tironeaban de sus amarres mientras perdían la inercia del movimiento. Todos los marines entraron y se repartieron entre los dos vehículos. Cuando estuvieron a bordo la puerta se cerró de nuevo y otra se abrió en la pared opuesta, dejando ver el cielo estrellado. El Saranay era una maravilla tecnología de infiltración y desembarco rápido capaz de cosas como esa. Saranay era un arcángel cazador de las leyendas antiguas que mataba a sus enemigos sin que estos lo alcanzaran a percibir.
Pusieron el silencioso motor de vapor en marcha, que funcionaba con diferencias de presión y una pequeñísima cantidad de vapor y las dos embarcaciones susurraron atravesando las aguas mientras se alejaban del Saranay en dirección a la costa.
Illian estaba preocupado. Su misión era un secreto total y absoluto y ni el mismo capitán del barco tenía ni idea de porqué desembarcaba un grupo de soldados de élite en las costas del mismo Imperio. Pero Illian lo tenía claro, tenía que secuestrar al heredero al trono imperial. El mismo ministerio de secretos y el de guerra en conjunto lo habían ordenado e Illian prefería no cuestionar órdenes que venían de tan arriba. Escuchar y asentir, esa era y sería siempre la vida del soldado.
Atracaron en la arena y salieron de las embarcaciones en silencio. Illian oteó el oscuro horizonte y reconoció el palacio cerca de la costa. Ese era el objetivo. Hizo un par de gestos con la mano derecha a sus hombres y se desplegaron en delta por la playa. Avanzaron hacia el palacio, que tenía todas las luces apagadas y las puertas cerradas. Entraron en los jardines abiertos al mar y se acercaron a una puerta. Ni un solo guardia. Eso no le gustaba a Illian, pues ya deberían haber abatido por lo menos una patrulla. Se sacudió las dudas de la cabeza y se colocó junto a la puerta trasera. En cuando la derribaran, harían ruido y tendrían dos minutos antes de perder la oportunidad de capturar al objetivo.
Levantó el índice, después el corazón y cuando tensó el anular sus hombres entraron con un trueno por las ventanas, derribando la puerta con una patada y tirando granadas de humo. Illian entró en la segunda oleada, barriendo todo a la vista con el fusil y avanzando pegado a las paredes para después subir unas escaleras de tres metros de anchura. No había nadie en la casa, nadie. Las sospechas siguieron creciendo dentro de Illian mientras sus hombres habrían puerta por puerta y rebuscaban en la mansión. En menos de dos minutos llegaron al dormitorio principal, que tenía las puertas dobles de madera oscura cerradas. Illian asintió y la pateó, entrando con el fusil en ristre. En la cama había un cuerpo.
El príncipe Robert Walters-Kingston yacía despatarrado en la cama, con una mancha carmesí en el pecho iluminado por un rayo de luna que entraba por la ventana. Illian se acercó lentamente. Había fallado, tenía que capturar al príncipe vivo. Ahora todo se había ido a la mierda y a él le montaría un consejo de… Una explosión en el exterior puso en tensión a sus soldados. Cerró el puño y señaló el pasillo. Comenzaron a salir rápidamente. Y entonces los acribillaron. Las balas atravesaban las paredes y los suelos y cercenaban a sus hombres. Illian se lanzó al suelo y un proyectil de gran calibre le pasó rozando la cabeza.
El combate duró menos de dos minutos. Los hombres arrinconados de Illian se defendieron bien, pero se enfrentaban a armaduras de combate, pequeñas y maniobrables, que sujetaban cañones de diez tubos ensamblados en ambas manos. Iban pintadas de azul oscuro, con una estrella blanca en el pectoral izquierdo. Cuando terminaron remataron a los heridos y dejaron sólo a Illian, atado y desarmado en el suelo.
Un hombre alto y atractivo entró escoltado por dos de estas armaduras siseantes. Tenía el pelo castaño y la tez clara, con unos profundos ojos verdes. Illian lo reconoció al instante. El príncipe Tobías Walters-Kingston habló con voz acerada:
-Este hombre es el responsable del asesinato de mi hermano, el heredero de mi padre, y de toda su guardia palaciega. Arréstenlo y pónganlo bajo confinamiento hasta su ejecución.
Luego se volvió y dijo en voz más baja, pero perfectamente audible para alguien al otro lado de la puerta:
-Pónganles los uniformes de Sangre y destruyan el barco que hay en  la costa con la batería de doscientos milímetros.
Illian sólo pudo maldecir y jurar venganza antes de que lo noquearan con un puño de acero.

miércoles, 2 de mayo de 2012

11. Palacio Imperial en Siegestadt


11.
Tobías se sentó a la mesa del consejo en el lugar que normalmente correspondía a su padre. O a su hermano, si no llevara celebrando la Cosecha siete días en Ion. Los consejeros ocuparon sus butacas cuando el príncipe se acomodó y se hizo el silencio. Tobías habló primero.
-Muchas gracias por acudir a esta precipitada convocatoria mía, consejeros. Quiero que me den, de uno en uno y con brevedad, un resumen de la situación Imperial. Quiero saberlo todo con vistas a la misión que me ha encargado mi padre, el Emperador, la cual les será comunicada al terminar esta reunión. El orden de proceder será Guerra, Hacienda, Colonias, Comercio, Marina, Agricultura, Industria, Transportes, Ciencia e Ingeniería, Estado, Reino, Moneda, Agregado Clerical, Palacio, Secretos y Correos.- Los dijo todos muy seguidos y respiró profundo cuando acabó.
Tobías había decidido coger el toro por los cuernos. Había hablado con su padre, el Emperador, en privado y lo había convencido de llevar a cabo medidas tajantes y serias. Debía de haberlo impresionado, pues le había encargado a él el informe preliminar. Así, aunque ya conocía la situación con bastante profundidad, había reunido con sólo ocho horas de antelación al Consejo, solicitándoles un informe resumido de todo lo que les concerniera. Así distinguiría a los mentirosos y a los patanes del buen grano.
El ministro de Guerra, Otto Heirdenger se puso en pie y se aclaró la voz con un carraspeo.
-La situación es estable en todos los frentes, alteza, el primer y segundo ejército  controlan la frontera occidental ante cualquier imprevisto, el tercero y el cuarto están desplegados desde aquí a Oreyana y el quinto controla toda la frontera norte. El séptimo está ocupado con una rebelión rutinaria en las colonias orientales, y se prevé que se redespliegue dentro de un mes. El sexto está en rearmamento.
-¿Cuánto hay de cierto en los informes que aseguran que el enemigo dispone de armaduras de combate equiparables a las nuestras o superiores?
-Son habladurías de soldados asustados, alteza.
Tobías asintió con la cabeza y Heirdenger se sentó de nuevo mientras el obeso Conde Fürner se ponía en pie lentamente. La cosa en las colonias no estaba tan clara.
-Las cuentas del Estado están en un momento delicado, alteza. Recaudamos casi seis mil millones de coronas de oro al año en impuestos y gravámenes, pero estamos gastando cerca de siete mil en todas nuestras obligaciones. Los intereses de los bancos laureano y central no dejan de crecer y hemos tenido que hipotecar extensas áreas de terreno en la costa oriental para asegurar los préstamos.
Se sentó de nuevo y Tobías le dio las gracias. En realidad gastaban casi ocho mil millones de coronas, pero agradecía la sinceridad.
El ministro de Colonias era un patán grasiento que dio datos vacíos sobre producciones irreales que no llegaban por culpa de las rebeliones. Tobías tachó su nombre mentalmente y el desfile continuó. Comercio y Marina le hablaron sinceramente sobre balanzas de pagos ajustadas y una flota demasiado pequeña y que siempre pedía más hombres, más carbón y más acero. Los aprobó con un asentimiento.
Los capullos de verdad empezaron en ese momento. Agricultura, Industria y Transportes le mintieron sin rodeos, asegurando unas condiciones totalmente ajenas a la realidad. Tobías esperó por su bien que se debiera a la ignorancia más que a la incompetencia. Ciencia e Ingeniería fue un grato paréntesis. Era uno de esos pocos hombres que habían conseguido lo que tenían por méritos y no por apellido. Estado, Reino y Moneda casi lloraron hablando de las cuentas y las rebeliones internas en el Macizo central. Agregado Clerical, Palacio y Secretos no eran importantes. La ausencia del ministro de Correos le llamó la atención y decidió investigar más tarde por qué no habían llegado noticias del joven William Blonde.
Clausuró la reunión y les dio las gracias a todos. Se levantó y recorrió los lujosos pasillos del Palacio Imperial durante quince minutos, atravesando un parque y un invernadero hasta su despacho. Allí se sentó en la mesa de caoba y miró el documento que tenía preparado para ser firmado. Cogió una pluma delicadamente, casi con cariño y estampó su rúbrica hasta dieciséis veces en diferentes hojas. Cuando terminó, añadió el sello imperial en todas ellas y lo metió en un sobre grueso anti humedad.
Esperaba que esto fuera un revulsivo para la pésima situación en que se encontraba su herencia. La expropiación del Banco central ya era un hecho y si lo de Ion salía bien pronto sería el heredero al trono y arreglaría todo este desbarajuste. Tobías juntó las manos y se perdió en sus pensamientos sobre el futuro y la muerte de su hermano.

lunes, 30 de abril de 2012

10. Una habitación anónima


Addler despertó bañado en dolor. Sentía que le apuñalaban cada pliegue del cerebro como un cristal ardiente empapado en sal. Volvió a dormirse.
Durante algún tiempo, no podría determinar cuánto, su vida fue una espiral de dolorosos despertares y confusos desvanecimientos, quedando siempre la sensación de que le faltaba algo. En mitad de los sueños deformados  y las pesadillas dolorosas recordaba un rostro femenino reconfortante que le daba de beber y le ponía trapos en la frente, pero siempre se desmayaba antes de poder decirle algo. En sus sueños primero tomó la forma de María, la chica de ébano de Oreyana, pero cuando recordó lo que le había hecho a esa pobre mujer, cambió de forma y se transformó en Astrid, que le acariciaba el rostro con sus bucles dorados, hasta que recordó lo que esa zorra le había hecho, y tomó la forma de su madre, la única mujer que nunca traiciona a los hombres y en la que siempre piensan antes de morir, por mucho que las novelas románticas se empeñen en lo contrario.
Un día despertó y el dolor era un vago eco de lo anterior. Ya no estaba bañado en sudor ni con una lanza atravesándole la cabeza. Se incorporó y lo consiguió. Tras un minuto de mareo, enfocó la vista y se fijó en que estaba en una habitación con las paredes encaladas. Se miró, desnudo de cintura para arriba y tapado con una gruesa manta hasta la cadera. Cuando se disponía a prepararse para bajar las piernas al suelo, la puerta que había enfrente de la cama se abrió y entró una mujer.
-¡No te bajes! ¡No estás preparado aún!
Addler se quedó paralizado mirándola. Parecía una campesina cualquiera del Imperio, con ese vestido marrón de tela basta que llegaba por debajo de las rodillas y dejaba los brazos al aire. Llevaba el pelo recogido en un moño con una varilla metálica como sujeción. Era morena, con la piel tostada de trabajar al aire libre y los brazos definidos. Sus manos no eran finas, ni delicadas, como las de las damas imperiales, sino de dedos fuertes y uñas cortas, con el filo negro de manipular madera o tierra. Sus ojos eran dos pozos de negrura brillantes, que dejaban paso a una nariz un poco más grande de lo apropiado y a unos labios carnosos sin pintar.
-Aún estás enfermo, no deberías levantarte hasta que estés preparado.
-¿Quién eres y dónde estoy?
-No hagas tantas preguntas, hombre volador, estás con quien te ha salvado la vida, en el lugar donde casi mueres.
Claro, el avión. Ahora empezaba a recordar el descenso terrorífico hacia el lago de plata y el golpe… Una ola de miedo lo obligó a cerrar los ojos.
-¿Estás bien? ¿Te has mareado?-La mujer se acercó.- Túmbate.
Le apoyó las manos en el delgado pecho y lo empujó con fuerza para que se tumbara.
-Debes descansar.
-¿Quién eres?
-Me llamo Erika Eriksson y te he salvado la vida.
-Gracias Erika.- Su voz sonaba cada vez más pastosa.- ¿Eres doctora?
Ella se rió durante un momento, con su tono de voz grave.
-Soy doctora de cerdos y de gallinas. También de caballos. Tu eres lo más complejo que he tratado hasta ahora.
Addler no pudo más que reírse pensando en que seguía vivo después de pasar por manos de esta veterinaria de pueblo.
-¿Y dónde estoy, Erika Eriksson?
-Estás al noreste del macizo central, en territorio sublevado. Ahora eres prisionero de la Reunión de Obreros Libres.
Dijo todo esto como si sus implicaciones no fueran nada importantes.
-Yo soy un Imago de Emperador y tengo el deber de luchar contra esta rebelión y sus instigadores, utilizando mis conocimientos y mi autoridad para reducirlo todo a cenizas si es necesario.
El guantazo lo pilló desprevenido. La chica se movía rápido y la mano le impactó en la mejilla con un sonido chasqueante. El dolor volvió a la cabeza como un trueno y Addler se dejó caer con una sonrisa en los labios. No era la primera vez que lo abofeteaba una mujer. Aunque esta vez había sido la más fuerte.
-Te hemos salvado la vida, yo te he salvado la vida, y eres nuestro prisionero. Utilizarás todo tu poder, ya que tu autoridad vale tanto como una mierda de ave, para ayudar a la rebelión y pagar tu deuda.
-Sí, señora.
Antes de terminar la frase saltó hacia la mujer reuniendo sus energías. Siempre había sido rápido y la pilló de improviso. La agarró por los hombros y la empujó hacia atrás, fuera del camastro. Comenzó a girar las piernas para ponerse de pie mientras la empujaba hacia el suelo. Apoyó la pierna derecha y la chica comenzó a ceder mientras abría la boca con sorpresa. Apoyó la pierna izquierda y… se tropezó y cayó.
Se derrumbó en el modesto suelo de madera y paja y se golpeó en el hombro. Se incorporó y la mujer ya le apuntaba con una pistola de aspecto anticuado. Se miró las piernas buscando el motivo de su fallido ataque y… vio el muñón. Su pierna izquierda acababa en un muñón vendado con lino.
Miró a la mujer con cara interrogante.
-Hubo que apuntarte para salvarte. Te he salvado la vida y eres nuestro prisionero. No dudes que pagarás por nuestras atenciones y ayudarás a la rebelión. Tu castigo por atacarme será subir a la cama sólo. Adiós.
Se marchó por la puerta de la cabaña y Addler se quedó desolado, mirando el techo de madera mientras unas lágrimas le resbalaban por la cara.

viernes, 27 de abril de 2012

9. Río Negro


9.
El secretario del Correo Imperial, portador del sello imperial, señor de las llaves y las vías tenía un frío del carajo. Río negro estaba muy al norte, tanto que era la última ciudad bajo control imperial antes de pasar a las grandes llanuras de las tierras altas de Laurea del norte. Al este el gran océano Kaisereich era una alfombra de gris y verde claro. Hasta hacía setenta años se llamaba océano Círico, por Cirio, el dios Dílico de los mares, pero el abuelo de nuestro buen amado emperador había decidido que necesitaba un nombre más digno e imperial.
El tren se detuvo con un chirrido de los frenos y un oscilante traqueteo en el andén. William había conseguido que no viajaran en un tren oficial, de esos que llevan el escudo y los colores de Siegestadt y que un una zona de rebelión como esta le parecían una diana sobre raíles. A cambio se movían en un tren de mercancías al que le habían añadido un vagón de pasajeros que, evidentemente, estaba diseñado para climas más benignos. El frío se colaba como una maldición por las ventanas  y por los suelos de madera, ateriendo a los pasajeros hasta los huesos. Los pasajeros no eran muchos, el propio William, un par de soldados de escolta que tenían cara de preferir estar cavando zanjas en Oreyana, y la persona que menos le gustaba a William en cien trenes a la redonda, Leo Strugger, Coronel de la Guardia de Corps de su majestad el Emperador.
Strugger había insistido en acompañar a William para interrogar personalmente al último terrorista superviviente de los ataques que se habían sucedido hacía cinco días contra las fronteras imperiales. William estaba seguro de que no había venido por voluntad propia, sino empujado por algún mandamás, como ese despreciable secretario de guerra…
Apartó los pensamientos de odio de su cabeza con una negación y pensó en un rebosante tazón de sopa caliente, un pensamiento que lo colmaba de amor y anhelo. Y en eso estaba, envuelto en todas las pieles que llevaba, cuando el tren terminó de frenar. Los soldados se pusieron en pie, saludaron y se marcharon para abrir las puertas y coger los equipajes. William salió primero del compartimento y vio que las ventanas del pasillo estaban totalmente escarchadas. Caminó pesadamente hasta la puerta y bajó al exterior con cuidado de no resbalarse en ningún escalo. Cuando tocó tierra firme exhaló una varada de vapor y miró hacia la ciudad. La estación estaba en una loma y permitía una buena panorámica de la localidad. Lo que vio lo dejó sin aliento.
La parte del puerto y el barrio portuario había dejado de existir, convirtiéndose en un recuerdo chamuscado de las casas y edificios que antes había. El resto de la ciudad, que era de un tamaño medio, unos cien mil habitantes, estaba oscura y deprimida, con incendios a medio extinguir. Se veían cuerpos en las calles, como puntos en la nieve, y grandes movimientos de tropas y vehículos.
Cuando se recuperó de la impresión vio que a su derecha estaba el comité de bienvenida, formado por cinco soldados en uniformes de invierno y un viejo medio encorvado con un gran abrigo de oso y armiño. El viejo se le acercó con paso vacilante. Estaba totalmente calvo y tenía la nariz grande y redonda.
-Bienvenido a Río Negro, Herr Blonde, lamento que tenga que visitarnos en nuestra hora más triste.
-Creía que su hora más triste había sido cuando el Imperio los arrasó y les obligó a reconstruirse, pagándolo ustedes, hace cien años.
-Sí, eh, bueno, es nuestra hora más triste al servicio del imperio.
William enarcó una ceja y caminó hacia el edificio de la estación, donde los esperaba un vehículo militar a motor de vapor. El viejo se quedó atrás, recibiendo a Leo Strugger. William esperó hasta que ambos subieron al vehículo, quedando bastante apretados en la cabina.
El viaje transcurrió en un incomodo silencio, con Leo en medio de William y el viejo, que dijo llamarse Sir Locker. El vehículo militar no tenía ventanas y al restar la sensación de viajar, el paseo duró muy poco. Se detuvieron delante de un gran edificio de piedra, manchado por generaciones de humo y bajaron del vehículo. Dos guardias armados los saludaron en la entrada y les abrieron las pesadas puertas de madera de roble.
Los condujeron por una serie de pasillos de mármol y bronce, con lámparas de petróleo ardiendo en las esquinas hasta una sala de alfombras rojas y escudos imperiales pasados de moda, todavía con el águila bicéfala.
Allí los recibió el gobernador de Río Negro, un hombre obeso con un uniforme almidonado hasta lo innecesario que despidió a Locker con un ademán de la mano.
-¡Bienvenidos a Río Negro! Soy Grundar, el gobernador de la ciudad. –Abrió los brazos como si Río Negro fuera aquel edificio pasado de moda, en medio de las ruinas y los incendios.
-Veo que han tenido ustedes serios inconvenientes últimamente. –Leo le sacaba tres cabezas al gobernador, aunque en realidad le sacaba tres cabezas a todo el mundo, como poco.
-Sí, es despreciable. Nos atacaron con todo lo que tenían y se retiraron con el rabo entre las piernas, dejando sólo cadáveres y un herido.- Tenía una voz bastante aguda para tanta masa corporal.
-También les dejaron la ciudad en ruinas.- William hoy tenía un humor de perros.- La ciudad del Emperador.
-Fue un gran ataque, excelencia, utilizaron barcos pequeños y desembarcaron vehículos en el puerto, nos costó mucho repelerlos.
-¿Dónde está el Coronel Ygorsenn, responsable de la guarnición? –Preguntó Leo.
-Lamentablemente el Coronel Ygorsenn murió valientemente durante el ataque, encabezando una carga en la calle de los toneleros. Ahora Locker controla al ejército. –Miró a Leo a los ojos.- Hemos tenido muchas pérdidas.
-Bueno, acabemos con esto cuanto antes, ¿Dónde está el prisionero superviviente?
-¡Oh, lo lamento, excelencias! Ha muerto.
William tuvo que contener las ganas de ahogarlo, aunque dudaba que pudiera con esas papadas. Leo dio un paso hacia el gordo.
-Se le ordenó que lo mantuviera con vida. –Era casi una amenaza.
-Lo intentamos, excelencias, lo intentamos, pero estaba gravemente herido.
-¿Dónde está el cuerpo?
-¿Del terrorista?
-De Krammer. –Respondieron Leo y William a la vez.
-Lo tiramos al mar señores, estaba descomponiéndose.
Leo escupió en el suelo, con una terrible falta de educación y de respeto por las desmadejadas alfombras y se giró para marcharse. William habló antes de irse.
-Tendrá noticias de Siegestadt, gobernador.
Siguió a Strugger por los pasillos y volvió a salir al exterior, donde esperaba el vehículo militar. Leo ordenó al conductor que bajaba y se puso él mismo a los mandos. Arrancó y no habló hasta pasados cinco minutos.
-Creo que todo esto es  una artimaña, Herr Blonde.
-¿Por qué piensa  eso, coronel?
-El coronel Ygorsenn era un pazguato cobarde, estudió conmigo en Monte Nevado. Casi no sabía lo que era una carga y mucho menos hubiera dirigido una. Además, la calle de los toneleros está muy adentro en la ciudad, no en la zona del puerto, donde se batalló. Lo que me hace pensar que ese supuesto gobernador no es de aquí.
-¿No tenemos registro fotográfico de los funcionarios, ni sus huellas oculares?
-No se me ocurrió traerlo, ¿Y a usted? – William negó con la cabeza.
-Además, han hecho desaparecer al terrorista y al cuerpo de Krammer, contraviniendo órdenes directas.
-Mierda, lleva usted razón, coronel. ¿Qué vamos a hacer?
-Esta es mi idea: Yo permaneceré en la ciudad, llevando a cabo investigaciones vacía sobre las cuentas y los impuestos, revisando material militar y cosas sin importancia. Recabaré información en secreto y buscaré puntos débiles.
-¿Y yo?
-Usted se marchará ahora mismo en el tren. Cuando llegué al intercambiador de Loblenz, ordenará que se detengan y enviará un cable a Saint Mountain con código palatino, ordenando la movilización del Duque. Se dirigirá allí y volverá con Herr Reichtoffen. Estoy seguro de que al Duque le encantará encargarse de estos traidores e invasores.
-Me parece un buen plan, así lo haremos.
Llegaron a la estación y salieron al frío exterior. Las siguientes dos horas fueron una confusión de imponer sus rangos, gritos y órdenes de Strugger, acidez de William y amenazas de cortes marciales. Al final, al anochecer, accedieron a darle la vuelta al tren y mandar a William de vuelta. Para cuando terminaron era noche cerrada.  Si eran traidores de verdad, no dieron prueba alguna de ello.
William saludó a Strugger por lo militar y le estrechó la mano, admirando el valor del coronel que sustituyó a Krammer tras su traición.
-Tenga cuidado, Blonde.
-Lo mismo digo, Coronel.
-No se preocupe por mí.
Horas después, cuando William dormitaba en el tren, una pensamiento le llegó a la cabeza: ¿Por qué tanta prisa, por qué Strugger y no él para quedarse, por qué a Saint Mountain? Se quedó dormido antes de encontrar una respuesta.

miércoles, 25 de abril de 2012

8. Yunisa, colonias orientales.


Kevin McAllister sudaba a chorros dentro de la armadura. En la Academia de Monte Nevado le habían hablado de cómo soportaban las armaduras de combate los climas extremos, de cómo un hombre en armadura Titán podía caminar en medio de un glaciar sin sentirlo. Bueno, pues ahora había descubierto que eso era una mentira como una catedral. A cuarenta grados la armadura se recalentaba como una cacerola puesta al fuego y quizás ella no lo notara mucho, pero Kevin iba a morir en breves deshidratado si no se movía pronto.
Kevin y otras dos armaduras Titán estaban a punto de atacar un maldito campamento rebelde, en la última selva de mierda, de la última isla de mierda en la última colonia oriental que tenía el Imperio en el más caluroso mar del planeta. La isla de Yunisa proporcionaba algodón al Imperio y era una absoluta prioridad que fuera sumisa y la producción constante. Pero desde hacía dos meses los esclavos negros y los mulatos descendientes de decenas de años de mestizaje se habían sublevado contra el Imperio que los dominaba. En Yunisa las cosas se habían salido de madre y el poder imperial había perdido todo el territorio a excepción del puerto, en el que estaban desembarcando miles de soldados y vehículos del 7º ejército colonial, junto con cuatro globos de guerra. Los globos de guerra eran bastante inservibles en las selvas y el aplastamiento de la rebelión se estaba llevando a cabo con infantería y armaduras de combate, ya que los vehículos de ruedas también se quedaban atascados en los cenagales y entre los gigantescos árboles.
Kevin había llegado desde la base en la gran isla de Nexthour hacía una semana, cuidando en todo momento de que su armadura “Elisa”, fuera debidamente embalada. La armadura de combate era para su piloto como el caballo para su jinete y la mayoría de los pilotos le ponían nombre de mujer, para cuidarla mejor. Elisa era un modelo Titán, recién pintada de verde, en la vía del revolucionario concepto del camuflaje de combate. Estaba totalmente presurizada y podía soportar un ataque con gases durante cinco minutos. Llevaba una ametralladora de cuatro cañones al hombro, un lanzallamas en el brazo izquierdo y el brazo derecho no tenía mano, sino que el piloto introducía el puño para manejar una hoja de acero diamantino de un metro de longitud. Tenía dos acumuladores tesla a la altura de los riñones, protegidos por tres centímetros de acero, que le daban energía para moverse y disparar las armas, y se recargaban con el propio movimiento de la armadura y el rotar de los cañones de la ametralladora. Su última arma eran unos disparadores mecánicos que lanzaban cuatro cápsulas de gas mostaza alrededor de la armadura, permitiéndole huir de un combate comprometido. Era el jodido dios de la guerra.
Y hacía un calor de muerte. Otra gota le cayó por la frente, resbalándole por nariz. A su alrededor la selva era verde y opresiva, y todo estaba en silencio. Desde su posición podía ver la primera cabaña de madera y adobe de las que formaban el campamento rebelde, que antes había sido el centro de una plantación de algodón que se encontraba más al norte. Su objetivo era buscar y destruir, entrar, matarlos a todos y quemarlo todo. La nueva política para acabar con la rebelión era incisiva y tajante.
Giró la pesada cabeza y miró a través de los cristales de aumento a su comandante, camuflado veinte metros a la derecha. Éste asintió levemente con la cabeza y Kevin comenzó a andar pesadamente. Las armaduras Titán no eran sigilosas para nada y tres moviéndose a la vez generaban un  ruido que se podría oír en las calles de Coblenga en ese momento. En cuanto comenzaron a moverse se escucharon gritos de alarma en un idioma que Kevin desconocía. Llegaron a la zona del poblado y Kevin vio que lo habían reforzado con zanjas y estacas, algo que no servía de nada contra armaduras clase titán. Negros y mulatos vestidos como campesinos salieron de las cabañas y comenzaron a disparar contra los tres asaltantes. Eran anticuados rifles  de retrocarga y las balas rebotaban contra el grueso blindaje de Elisa con el ruido de una cuchara golpeando un vaso de crista, aunque multiplicado por diez. Continuó avanzando hasta que llegó a la primera cabaña y abrió fuego con el lanzallamas. La madera era muy inflamable y el fuego se propagó rápido por la choza. Salieron más hombres de dentro y Kevin los abatió con un zumbido de la ametralladora. El Comandante Charles vigilaba su espalda a la derecha y el Teniente Mike el flanco izquierdo, mientras Kevin avanzaba en punta. La batalla se convirtió en un movimiento sistemático de quemar y disparar, intercalado con breves momentos de apuñalar y rajar con la hoja de la armadura. Todo se vuelve bastante impersonal cuando no te pueden hacer absolutamente ningún daño, sensación que tiene los pilotos de globos de guerra y los de las armaduras de combate.
El poblado era más grande de lo que habían pensado y giraba en ele hacia la selva. Atravesaron el recodo mientras les disparaban y devolvían el fuego. Les tiraron una especie de botella incendiaria y el fuego baño la armadura de Kevin, entorpeciéndole la vista. Esperó a que se extinguiera por falta de combustible y continuó, girando el recodo.
Un edificio de piedra blanca lo presidía todo. Debía ser la oficina del administrador de la plantación. Desde las ventanas de la primera y segunda planta les llegaban más disparos. Algunos sonaron más graves contra el blindaje del pecho y Kevin reparó en que era una ametralladora de posición. Colocó el brazo de la espada delante para protegerse de los impactos que le impedían avanzar y barrió las ventanas con la ametralladora.
Se giró y buscó a sus camaradas sin éxito, y supuso que se habían quedado detrás del recodo, acabando con los últimos rescoldos de resistencia negra. “Acabaré de una vez con esta mierda” pensó mientras se dirigió a la casa blanca.
Algo muy fuerte lo golpeó en la espalda y casi hizo que perdiera el equilibrio. Trastabilló hacia adelante y no se tropezó por poco. Golpeó los dos talones entre sí y las anclas hidráulicas lo fijaron al suelo con un siseo. Continuó disparando contra la casa, aunque ya no le devolvían los disparos. Desconectó las anclas con un golpe en la cadera y se giró.
Sólo pudo ver la estela cuando el proyectil le impactó en el pecho. Notó como las capas de metal se agrietaban y se quebraban, pero no le dejaron la carne al descubierto. “¿Qué cojones está pasando?”, pensó mientras retrocedía para reunirse con las otras dos armaduras. Más balas le impactaron en los brazos y la cabeza, pero siguió caminando.
Cuando volvió a dar el recodo vio una escena que era el terror de los pilotos de armaduras. El comandante Charles estaba en el suelo pataleando por levantarse mientras cuatro sujetos empalados le inmovilizaban la hoja de la espada. La ametralladora estaba suelta y en el suelo y el lanzallamas siseaba sin munición. Estaba rodeado de cadáveres enemigos, pero no podía levantarse. No se veía a Mike por ningún sitio. Intentó acercarse cuando otro golpe inmenso lo atropelló por la derecha. Se ancló al terreno justo antes de caer y se quedó inmóvil, recuperando la respiración y escuchando el siseo de la armadura, que en este tipo de guerra equivalía a un informe de daños de un oficial de máquinas. Y el informe decía que la armadura estaba muy dañada.
Kevin apareció moviéndose todo lo rápido que se podía mover una armadura andando hacia atrás. Estaba vaciando los cargadores de la ametralladora hacia un objetivo que Kevin no alcanzaba a ver. Escuchó más voces a la derecha y se fijo en la selva que rodeaba el poblado, de donde salían más enemigos hacia ellos. Intentó girarse para disparar y recordó que estaba anclado. “Vamos, vamos, no te pongas nervioso”. Cuando desactivó las anclas fue demasiado tarde. Otro proyectil de estela le impactó en la cadera y le rompió la articulación de la armadura. Giró el lanzallamas y algo muy fuerte lo sujetó, quebrándolo. La armadura dejó de sisear cuando el acumulador tesla se apagó y Kevin quedó atrapado dentro.
Hizo un esfuerzo de voluntad y giró el cuello, que sin la ayuda hidráulica de la armadura, le pesaba setenta kilos. Una armadura pintada de negro le sujetaba el lanzallamas con un puño enorme. Tenía una gota de sangre roja pintada en el pecho y llevaba una especie de tubo de dos metros en el hombro. El otro brazo era un escudo de dos metros de altura. Golpeó a Kevin con el escudo con una fuerza que habría hundido una fragata y lo derribó al suelo. “Se acabó, estoy muerto”. Ya no se oían los disparos de Mike y él sólo podía ver el cielo a través de las rendijas del casco. Se quedó así durante cinco minutos, pensando qué diablos hacer.  
Finalmente notó prensión en el lado derecho y escuchó un sonido chirriante. Reconoció como sonaban unas cizallas industriales y supo que estaban abriendo a Elisa. Terminaron el trabajo y le quitaron toda las placas excepto los brazos y las piernas, dejándolo inmovilizado en el suelo. Cuando le quitaron el yelmo, el sol lo deslumbró y entrecerró los ojos, resollando y exhausto hasta que una sombra lo arropó. Consiguió levantar la cabeza y vio que la armadura negra estaba delante de él, con el visor retirado. El piloto se veía ridículamente pequeño rodeado de todo ese metal. Era rubio, con los ojos azules y una cara angulosa. Sonrió.
-Ríndase, piloto de la Elisa. Si lo hace, ni usted ni su armadura sufrirán más daño y quedará bajo mi custodia como mi prisionero.- Kevin hizo un esfuerzo por no parecer asustado mientras evaluaba si se había cagado.
-¿De quién me tengo que considerar prisionero, piloto y armadura? – Era la fórmula habitual para dirigirse a otro piloto desconocido, que debía contestar presentando también a la armadura.
El hombre rubio sonrió casi sinceramente, con una boca perfecta y habló:
-De la armadura clase Retribución de nombre Libertaria, y de su piloto, Edward Krammer, general rebelde.
“Joder,  ahora sí que la hemos cagado”. Pensó mientras miraba al traidor, a su enorme armadura y recapacitaba en cómo había derrotado a tres Titanes él sólo. Decidió irse por lo grande y reunió todo el valor que le quedaba.
-Encantado de conocerle, general Krammer, soy un gran admirador de su obra.
Krammer sonrió una vez más y algo dejó inconsciente a Kevin. 

lunes, 23 de abril de 2012

7. Palacio Imperial en Siegestadt.


7.
El infante estaba enfermo, siempre lo había estado. Desde que Tobías conoció a su hermano cuando éste todavía era una miniatura de carne rosada llorona, siempre había tenido algún achaque que había hecho de él una criatura desgraciada y afligida. Hoy el niño tenía un aspecto de comadreja pelona, con esa piel pálida y las ojeras típicas de la gente que no goza de buena salud. Tobías sentía más pena que cariño por la criatura, pero aún así, sabía que él era un gran referente para el niño y lo visitaba siempre que podía, regalándole chucherías y cosas que lo alegraban. No creía que viviese mucho más.
Sin embargo su preceptor era tan duro con el pobre niño enfermo como ya lo había sido con Tobías, aunque éste hubiera sido en su infancia todo un “cabroncete” en palabras de su hermano mayor, el heredero del Emperador.
-¿Cuánto mide el Imperio, Richard? –El viejo siempre pronunciaba el nombre del niño como si escupiera la última sílaba.
-Eeeh…-Richard miró a Tobías con una media sonrisa, suplicando ayuda.
-Un…-Tobías comenzó la frase para ayudarlo. Hoy estaba en la clase de letras como acompañante, sabiendo la alegría que esto le causaba al niño.
-¡Un millón setecientos mil kilómetros cuadrados!-Chilló el niño cuando se acordó del dato.
-Bien, príncipe. O debería de decir, príncipes. Más. ¿Cuántos habitantes tiene?
-Esta me la sé. Doscientos millones.
-Catalogación.
Richard se mordió el labio inferior haciendo un esfuerzo por pensar. Cuando Tobías fue a abrir la boca el niño negó con la cabeza y cerró los ojos. “Por lo menos tiene voluntad” pensó Tobías.
-Ciento veinte millones de ciudadanos, cincuenta millones de colonos, veinte millones de extranjeros respetables, tres millones de militares, cuatro millones de sacerdotes, funcionarios, policías e Imagos; dos millones de nobles y un millón de parias.
-¿Dos millones de nobles? ¿De dónde salen?- Tobías estaba extrañado, cuando él estudiaba sólo eran un millón ciento cincuenta mil.
-Vuestro padre está recompensando largamente a sus servidores, amén de que las familias nobles se reproducen con verdadera prodigalidad. Pero ya sabréis que sólo unos diez mil ejercen verdadero poder, los otros son familiares, clientes, pequeños caballeros sin tierras y mucho noble de título, incluso altos y medios y funcionarios que deberían figurar en la otra clasificación. –Tobías asintió, asimilando como podía el Imperio manejar esas cifras.
-Continuemos. ¿Cuántos años tiene el Imperio?
La respuesta fue rápida.
-Trescientos cincuenta y siete años hacemos el próximo mes de Cosecha.
-¿Dinastías?
-Durante el primer siglo la Walters, que fue depuesta tras el interregno militar por la Hansson, siendo restaurada en el trono la Walters con el nombre de Walters-Kingston. Es decir, nosotros.-El maestro asintió sin dejar de tomar nota de las palabras del niño.
-Se te da bien la historia, ¿Querrás venir conmigo para ser mi asesor histórico en Aélica?
-¡Sí! ¡Me encantaría ver Aélica, por favor!
El maestro chistó y lanzó la siguiente pregunta como una lanza.
-Componentes de la dinastía Walters-Kingston.
-Enmanuel, Charles, Robert, Richard, Tobías, Florence y Heinrich, mi señor padre.
El buitre volvió a asentir y miró al niño directamente.
-Las cinco ciudades más pobladas.
-Aélica, Ion, Terrafur, Oreyana y Siegestadt.- Cuando el maestro asintió Richard soltó un chillido de excitación. –El maestro me hace preguntas cada vez más difíciles, si acierto dos más habré batido mi record.
-Ya lo veremos. ¿Organización del ejército Imperial?
-¿Orgánica o funcional? –Esas palabras en labios tan pequeños a Tobías le resultaban muy cómicas.
-Funcional
-Siete ejércitos actúan de forma permanente en el Imperio, cuatro en las fronteras cardinales, uno de guarnición interior, otro de reserva y el último en las colonias orientales. Cada ejército cuenta con tres divisiones, teóricamente formadas por ciento cincuenta mil hombres cada una, a su vez compuestas por diez regimientos de quince mil efectivos, más apoyo logístico, aéreo e ingeniero.
-¡Muy bien! Siempre se te olvidaba el apoyo ingeniero, recuerda que nuestros ejércitos permanecen invictos gracias a nuestra tecnología superior.
-Y a que tenemos el doble de soldados que las dos siguientes naciones juntas. –Tobías dijo esto con socarronería pero se volvió a sentir como un niño de ocho años bajo la mirada que el maestro le dirigió.
-De acuerdo, príncipe, una más y habréis vencido. ¿Qué tiene el sol que envidia la luna?
Tobías sonrió por lo bajo. En Aélica, la respuesta popular a esa pregunta era “La visión de las aelicanas en la playa medio desnudas”, pero  en realidad era un dicho Imperial muy común.
-La visión de un Imperio al que siempre alumbra, pero esa es muy fácil, no vale, hacedme otra.
El maestro rió entre dientes y habló como sentencia un juez.
-Los siete preceptos de la filosofía de Grünner y su entrelazamiento.
El niño resopló con disgusto y se cruzó de brazos.
-Odio la filosofía.
Algún rato después, cuando ya se llevaron al niño en su silla de ruedas, Tobías se quedó a solas con el maestro, que para todo aquel no se era su alumno, se llama Ian. Tobías seguía llamándolo maestro.
-Así que has venido por ese turbio asunto con Krammer, ¿verdad? - Tobías se sorprendió de que el viejo tuviera esa información que estaba catalogada de secreto imperial. El maestro debió ver la sorpresa en su cara.
-Soy uno de esos tantos millones de funcionarios, nos enteramos de todo. Es una cosa fea, una amenaza verdadera contra el Imperio. Pero puede traernos algo bueno.
-¿Por qué iba a ser así? Ni siquiera entiendo por qué me han hecho venir desde Aélica con el cuerpo, cuando podrían haber traído alguno más cercano.
-Bueno, Leo Strugger comentó en el casino a mí y a un reducido círculo de sabios –Se río después de decir “sabios”.- Que es el que más entero ha quedado, así que tendría sentido una exploración de éste, ya que el de Coblenga se ha perdido por el camino.
-¿Se ha perdido?
-Los huelguistas detuvieron el tren y ante la amenaza de perderlo o que se pudriera, lo destruyeron.
-Comprendo. Lo que sigo sin entender es que ventaja puede tener esto para el Imperio.
-Para el Imperio no, joven Tobías, para la familia Imperial.- Tobías casi encogió la cara de vergüenza al volver a estar frente al maestro examinador y no entender nada.
-¿Cómo es eso?
-Desde que esa enfermedad postró a tu pobre hermano en la silla, nada de lo que hayan podido hacer nuestros médicos, ingenieros ni sacerdotes lo ha ayudado. Nada. Lo más cerca que estamos de mejorar su vida es ponerlo en una armadura de combate que se controle sólo con las manos y eso no es muy recomendable. Pero ahora, de golpe y de pronto, aparecen sesenta y nueve cadáveres idénticos por todo el Imperio. ¿Qué te dice eso?
Tobías comprendió.
-Si pudiéramos clonar la médula de Richard, podríamos curarlo, mejorar su vida.
-¿Y si eso funcionara? –Tobías también se dio cuenta.
-Curar para siempre las enfermedades de la familia Imperial, Padre sería inmortal.
-Bueno inmortal no, se acabaría volviendo loco o sufriendo una muerte fulminante, como un infarto, pero seguro que con la venia de Dios, viviría y reinaría cincuenta años más.
Tobías se estremeció al pensarlo.

sábado, 21 de abril de 2012

6. Fortaleza de Torre Helada


6.
“Recuerda, Teresa, las verdaderas damas no aparentan tener miedo”. Su madre le había dicho esa frase cuando era pequeña cada vez que había un evento importante o algo la ponía nerviosa. Ahora Teresa estaba totalmente atemorizada, con un rumor de nervios en el estómago y un cosquilleo en la parte de atrás de la cabeza, pero hacía todo lo que podía por parecer despejada y serena. Torre Helada estaba bajo asedio desde hacía dos días, desde poco después de que descubrieran el cuerpo de Krammer en la nieve y enviaran al cable desde la fortaleza. Tres horas después el centro de artillería alpino que cubría el flanco de la torre envió una petición de auxilio fragmentada y cortó las comunicaciones. A partir de ahí habían comenzado a llegar ultimátum de rendición cada dos horas. Habían sufrido dos intentos abortados de atacar las murallas y los bombardeaban esporádicamente con morteros. El Teniente Këller había ordenado el zafarrancho de combate y había recluido a Teresa y a Astrid, junto con las cuatro cocineras y diez mozas y costureras en la bodega, bajo la vigilancia de Ferdinand. Habían enviado una petición de ayuda por cable, pero no sabían si había llegado, ya que no se había acusado contestación. Këller también pidió dos voluntarios para atravesar a caballo la nieve e intentar llegar el mensaje a Hollieriver, el pueblo más cercano. Dos soldados salieron y no sabían nada de ellos aún.
Pasaron dos días de sitio más. La guarnición de Torre Helada normalmente era de cuatrocientos hombres, más la batería alpina, y ya habían perdido cien, entre muertos y heridos incapacitados. Cuando comenzaron a llegar los heridos a la bodega empezó el verdadero horror. Las campesinas y mozas reaccionaron y comenzaron a cortar vendas y hervir agua, suturando las heridas menores y apretando las manos de los soldados que morían en sus regazos. Teresa intentaba ayudar, incluso con los incómodos vestidos que tenía, hasta que sentía que se desmayaba si veía una gota más de sangre y entonces se iba corriendo a vomitar a algún rincón. “Mi madre me estaría matando a pescozones y pellizcos si viera la imagen que doy ante las pobres” pensó una vez entre arcada y arcada. Astrid ya no lloraba, y se limitaba a mirar un muro con la mirada perdida, asintiendo cada vez que Ferdinand se interesaba por ella.
En la media noche del segundo día asaltaron las murallas, amparados en la oscuridad, y consiguieron abrir la puerta por dentro tras un tiroteo y un duro combate cuerpo a cuerpo. El teniente Këller puso todas las cartas boca arriba y desplegó las dos armaduras de combate modelo Cercenador con que contaba la fortaleza. Revelaron estos valiosos recursos militares a los terroristas que los asediaban y consiguieron expulsarlos del patio de armas y volver a cerrar las puertas de veinte centímetros de grosor, pero el Teniente Këller murió dentro de una de las armaduras. Bajaron su cadáver a la bodega y el capellán ofició un funeral alumbrado por los alambiques de aceite, entre la sangre y la miseria, rodeado de mujeres manchadas de muerte y de soldados que iban a morir. El sargento Fernández asumió el mando, por ser el más viejo entre los sargentos que quedaban.
Al amanecer del  tercer día se acercó un vehículo de petróleo preparado para moverse por suelos helados. Llevaba una bandera blanca extendida en el capote y se detuvo a cincuenta metros de las murallas. Un hombre alto y enjuto bajó y extrajo un megáfono de latón.
-¡Defensores de Torre Helada! ¡Habla el capitán Bersson! ¡He venido a comunicarles que hemos capturado a sus dos correos y cortado el cable del telégrafo que tenían con Hollieriver! ¡No llegará ayuda de ningún tipo, pero todavía pueden sobrevivir a esto! –Hizo una pausa. -¡Si entregan a la mujer llamada Teresa Diener en el plazo de un día, será levantado el sitio y podrán marcharse con escolta nuestra hasta el pueblo!
Teresa había salido al patio de armas como todo el que podía andar a escuchar lo que tenían que decir los sitiadores. Todas las cabezas se volvieron hacia ella y la sangre comenzó a bombearle en los oídos.
-¡Si no la entregan, nos veremos obligados a tomar la fortaleza por la fuerza y a matar a todos y cada uno de los ocupantes! –El capitán Bersson miró un momento las murallas, guardó el megáfono y subió al vehículo, que se alejó marcha atrás hasta que quedó oculto tras una loma de nieve.
Ferdinand sujetó de repente a Teresa por el brazo y la obligó a seguirlo por los pasillos de la fortaleza hasta el salón principal, donde habían montado el cuartel general de la defensa, si es que se podía llamar así a las mesas desperdigadas con platos de comida, mapas y hombres durmiendo en sillas. Ferdinand fue directamente hacia el sargento Fernández.
-¿Piensa usted entregar a esta mujer, sargento?
Fernández levantó los ojos del mapa que estaba estudiando y miró a Teresa directamente. Por un momento a la mujer le pareció que el sargento estaba  dudando seriamente.
-No, no voy entregar a Frau Diener, que es amiga personal y artista de cámara del Duque de Saint Mountain, mi señor y el de todos nosotros, sólo por debajo del emperador.
-Eso me parecía. –Ferdinand tenía la mano sobre el pomo de la espada.
Pasó una semana más. Comenzaron a racionar la comida y Teresa tenía hambre todo el rato. Ferdinand no la dejaba sola nunca y ella notaba cómo la miraban todos, especialmente los  heridos, que sabían que con entregarla tendrían una oportunidad. Ella no tenía ni idea de por qué la querían los terroristas. Sólo era una pintora, ni siquiera muy famosa y no tenía información de valor sobre nada importante. Nadie le preguntó qué pensaba, pero estaba segura de que todos estaban haciendo sus apuestas sobre por qué se organizaba un ataque a esa escala sólo por una pintora.
Las reservas comenzaron a ser un problema. Una vez al mes, un pequeño globo mercante traía las bodegas cargadas hasta la fortaleza por orden del Emperador. Faltaban tres días para la supuesta llegada del globo, pero nadie pensaba realmente que pudiera pasar el asedio, pues esos globos no estaban blindados y podía ser derribado en cuanto intentara aterrizar. El  hambre era ya un compañero a todas horas, lo que sumado al estrés de los bombardeos y los esporádicos ataques contra las murallas hacía que todos estuvieran al borde de un infarto permanente.
Dos semanas después del primer ataque los terroristas decidieron acabar con el asedio. Atacaron con todo lo que tenían, desplegando un pequeño globo de observación, tres vehículos semi blindados e incluso una anticuada armadura “Rayo”. Los ciento cincuenta soldados defensores contaron cerca de mil enemigos acercándose y cubriéndose en el panorama lleno de cráteres, cadáveres y repechos de nieve sucia. Rezaron sus últimas oraciones y cargaron los fusiles con manos febriles.
Ferdinando cogió a Teresa y a Astrid y las subió al dormitorio principal para alejarlas del ataque, aunque Teresa sospechaba que también de los defensores. Las metió debajo de la enorme cama y se marchó. Al poco rato se escucharon unos pasos estruendosos en las escaleras y Teresa pensó que era el final, hasta que vio entrar a Ferdinand embutido en la armadura Cercenador que quedaba. El metal broncíneo y plateado estaba sucio y manchado de sangre. El sonido de los pistones a vapor era constante y el chirriar de las piernas y los brazos, agudo. Ferdinand les dirigió una sonrisa nerviosa y se bajó el visor. Se volvieron a meter debajo de la cama, viendo solo los anchos pies la armadura apuntando hacia la puerta. El lanzallamas del brazo derecho soltaba una voluta de humo y la cincha de munición del derecho colgaba hasta la rodilla.
Fuera comenzaron a oírse explosiones y gritos, el cacareo al que casi se había acostumbrado y que significaba más heridos para la bodega. Miró a la derecha mientras Astrid se apretaba contra ella y alcanzó a ver la parte de debajo de la ventana, a unos cinco metros de la cama. Un globo pasaba como a cámara lenta, escupiendo fuego por su costado mientras descargaba bombas desde la panza. El sonido de las explosiones aumentó considerablemente. Si los terroristas tenían un globo de guerra, aunque fuera pequeño, estaban absolutamente perdidos y… ¡un momento! Teresa miró más atentamente, sacando la cabeza de debajo de la cama, y se fijó en el escudo que lucía el globo en su lado izquierdo, una montaña blanca coronada sobre fondo azul, ¡El escudo del Duque de Saint Mountain!, ¡Friederich había venido a rescatarla! Tuvo que contener un grito de alegría y abrazó a Astrid debajo de la cama.
Ocho horas después el Duque de Saint Mountain, Friederich Reichtoffen, había terminado con los terroristas, poniendo en fuga las últimas bolsas del asedio con un ataque de gases tóxicos. Había traído dos globos de guerra, uno pequeño, clase Martillo, el Aminalador, mientras él dirigía la batalla desde su nave insignia, el globo de guerra clase Meteorito, el Furioso. Cuando entró en el hall, aclamado por los supervivientes, en su armadura de ónice, a Teresa le pareció más apuesto que nunca. La miró directamente a ella antes de hablar:
-He venido a recogerte, querida, llegas tarde a nuestra cita.-Teresa recordó que tenía que haber vuelto a Saint Mountain hacia dos días. Corrió hacia el Duque saltándose todo el protocolo y lo abrazó con fiereza.