12.
Las playas de Ion, famosas en
todo el Imperio, estaban tranquilas y desiertas a la luz de la luna. Eran de un
color plateado y el agua de un negro total. El Saranay cortaba estas aguas con su proa de flecha a una velocidad
que no podía igualar ningún buque del mundo. Avanzaba paralelo a la costa con
todas sus luces apagadas y su casco negro anti reflectante era sólo oscuridad
dentro de la oscuridad para alguien que mirara desde tierra.
Dentro de la cubierta de
desembarco el teniente de marines Illian de Gámez terminaba de comprobar su
equipo mientras sus hombres hacían lo mismo a su alrededor. Confiaba en estos soldados
de élite y sabía que llevarían a cabo su misión con toda la profesionalidad de
que eran capaces. Llevaban pantalones y cazadora negra, con botas negras sin
brillo, de cordones, y un pasamontañas. Unos arneses de cuero negro sujetaban
modernísimos revólveres de seis disparos y granadas de fragmentación y de humo
de palo. Cuando Illian acabó de comprobar su fusil de multicarga se levantó y
murmuró una orden. Todos se pusieron en pie al unísono y se dirigieron a la
compuerta cerrada que había al fondo de la sala. Las paredes blancas de metal
hacían que sus negros ropajes contrastaran más todavía.
Se pusieron en fila con Illian al
frente y la puerta se abrió un siseo hidráulico. Un par de lanchas negras
esperaban flotando sobre el agua espumosa. El barco había parado y las lanchas
apenas tironeaban de sus amarres mientras perdían la inercia del movimiento.
Todos los marines entraron y se repartieron entre los dos vehículos. Cuando
estuvieron a bordo la puerta se cerró de nuevo y otra se abrió en la pared
opuesta, dejando ver el cielo estrellado. El Saranay era una maravilla tecnología de infiltración y desembarco
rápido capaz de cosas como esa. Saranay era un arcángel cazador de las leyendas
antiguas que mataba a sus enemigos sin que estos lo alcanzaran a percibir.
Pusieron el silencioso motor de
vapor en marcha, que funcionaba con diferencias de presión y una pequeñísima
cantidad de vapor y las dos embarcaciones susurraron atravesando las aguas
mientras se alejaban del Saranay en
dirección a la costa.
Illian estaba preocupado. Su
misión era un secreto total y absoluto y ni el mismo capitán del barco tenía ni
idea de porqué desembarcaba un grupo de soldados de élite en las costas del
mismo Imperio. Pero Illian lo tenía claro, tenía que secuestrar al heredero al
trono imperial. El mismo ministerio de secretos y el de guerra en conjunto lo habían
ordenado e Illian prefería no cuestionar órdenes que venían de tan arriba.
Escuchar y asentir, esa era y sería siempre la vida del soldado.
Atracaron en la arena y salieron
de las embarcaciones en silencio. Illian oteó el oscuro horizonte y reconoció
el palacio cerca de la costa. Ese era el objetivo. Hizo un par de gestos con la
mano derecha a sus hombres y se desplegaron en delta por la playa. Avanzaron
hacia el palacio, que tenía todas las luces apagadas y las puertas cerradas.
Entraron en los jardines abiertos al mar y se acercaron a una puerta. Ni un
solo guardia. Eso no le gustaba a Illian, pues ya deberían haber abatido por lo
menos una patrulla. Se sacudió las dudas de la cabeza y se colocó junto a la
puerta trasera. En cuando la derribaran, harían ruido y tendrían dos minutos
antes de perder la oportunidad de capturar al objetivo.
Levantó el índice, después el
corazón y cuando tensó el anular sus hombres entraron con un trueno por las
ventanas, derribando la puerta con una patada y tirando granadas de humo.
Illian entró en la segunda oleada, barriendo todo a la vista con el fusil y avanzando
pegado a las paredes para después subir unas escaleras de tres metros de
anchura. No había nadie en la casa, nadie. Las sospechas siguieron creciendo
dentro de Illian mientras sus hombres habrían puerta por puerta y rebuscaban en
la mansión. En menos de dos minutos llegaron al dormitorio principal, que tenía
las puertas dobles de madera oscura cerradas. Illian asintió y la pateó,
entrando con el fusil en ristre. En la cama había un cuerpo.
El príncipe Robert
Walters-Kingston yacía despatarrado en la cama, con una mancha carmesí en el
pecho iluminado por un rayo de luna que entraba por la ventana. Illian se
acercó lentamente. Había fallado, tenía que capturar al príncipe vivo. Ahora
todo se había ido a la mierda y a él le montaría un consejo de… Una explosión
en el exterior puso en tensión a sus soldados. Cerró el puño y señaló el pasillo.
Comenzaron a salir rápidamente. Y entonces los acribillaron. Las balas
atravesaban las paredes y los suelos y cercenaban a sus hombres. Illian se
lanzó al suelo y un proyectil de gran calibre le pasó rozando la cabeza.
El combate duró menos de dos
minutos. Los hombres arrinconados de Illian se defendieron bien, pero se
enfrentaban a armaduras de combate, pequeñas y maniobrables, que sujetaban
cañones de diez tubos ensamblados en ambas manos. Iban pintadas de azul oscuro,
con una estrella blanca en el pectoral izquierdo. Cuando terminaron remataron a
los heridos y dejaron sólo a Illian, atado y desarmado en el suelo.
Un hombre alto y atractivo entró
escoltado por dos de estas armaduras siseantes. Tenía el pelo castaño y la tez
clara, con unos profundos ojos verdes. Illian lo reconoció al instante. El
príncipe Tobías Walters-Kingston habló con voz acerada:
-Este hombre es el responsable
del asesinato de mi hermano, el heredero de mi padre, y de toda su guardia
palaciega. Arréstenlo y pónganlo bajo confinamiento hasta su ejecución.
Luego se volvió y dijo en voz más
baja, pero perfectamente audible para alguien al otro lado de la puerta:
-Pónganles los uniformes de Sangre
y destruyan el barco que hay en la costa
con la batería de doscientos milímetros.
Illian sólo pudo maldecir y jurar
venganza antes de que lo noquearan con un puño de acero.