miércoles, 25 de abril de 2012

8. Yunisa, colonias orientales.


Kevin McAllister sudaba a chorros dentro de la armadura. En la Academia de Monte Nevado le habían hablado de cómo soportaban las armaduras de combate los climas extremos, de cómo un hombre en armadura Titán podía caminar en medio de un glaciar sin sentirlo. Bueno, pues ahora había descubierto que eso era una mentira como una catedral. A cuarenta grados la armadura se recalentaba como una cacerola puesta al fuego y quizás ella no lo notara mucho, pero Kevin iba a morir en breves deshidratado si no se movía pronto.
Kevin y otras dos armaduras Titán estaban a punto de atacar un maldito campamento rebelde, en la última selva de mierda, de la última isla de mierda en la última colonia oriental que tenía el Imperio en el más caluroso mar del planeta. La isla de Yunisa proporcionaba algodón al Imperio y era una absoluta prioridad que fuera sumisa y la producción constante. Pero desde hacía dos meses los esclavos negros y los mulatos descendientes de decenas de años de mestizaje se habían sublevado contra el Imperio que los dominaba. En Yunisa las cosas se habían salido de madre y el poder imperial había perdido todo el territorio a excepción del puerto, en el que estaban desembarcando miles de soldados y vehículos del 7º ejército colonial, junto con cuatro globos de guerra. Los globos de guerra eran bastante inservibles en las selvas y el aplastamiento de la rebelión se estaba llevando a cabo con infantería y armaduras de combate, ya que los vehículos de ruedas también se quedaban atascados en los cenagales y entre los gigantescos árboles.
Kevin había llegado desde la base en la gran isla de Nexthour hacía una semana, cuidando en todo momento de que su armadura “Elisa”, fuera debidamente embalada. La armadura de combate era para su piloto como el caballo para su jinete y la mayoría de los pilotos le ponían nombre de mujer, para cuidarla mejor. Elisa era un modelo Titán, recién pintada de verde, en la vía del revolucionario concepto del camuflaje de combate. Estaba totalmente presurizada y podía soportar un ataque con gases durante cinco minutos. Llevaba una ametralladora de cuatro cañones al hombro, un lanzallamas en el brazo izquierdo y el brazo derecho no tenía mano, sino que el piloto introducía el puño para manejar una hoja de acero diamantino de un metro de longitud. Tenía dos acumuladores tesla a la altura de los riñones, protegidos por tres centímetros de acero, que le daban energía para moverse y disparar las armas, y se recargaban con el propio movimiento de la armadura y el rotar de los cañones de la ametralladora. Su última arma eran unos disparadores mecánicos que lanzaban cuatro cápsulas de gas mostaza alrededor de la armadura, permitiéndole huir de un combate comprometido. Era el jodido dios de la guerra.
Y hacía un calor de muerte. Otra gota le cayó por la frente, resbalándole por nariz. A su alrededor la selva era verde y opresiva, y todo estaba en silencio. Desde su posición podía ver la primera cabaña de madera y adobe de las que formaban el campamento rebelde, que antes había sido el centro de una plantación de algodón que se encontraba más al norte. Su objetivo era buscar y destruir, entrar, matarlos a todos y quemarlo todo. La nueva política para acabar con la rebelión era incisiva y tajante.
Giró la pesada cabeza y miró a través de los cristales de aumento a su comandante, camuflado veinte metros a la derecha. Éste asintió levemente con la cabeza y Kevin comenzó a andar pesadamente. Las armaduras Titán no eran sigilosas para nada y tres moviéndose a la vez generaban un  ruido que se podría oír en las calles de Coblenga en ese momento. En cuanto comenzaron a moverse se escucharon gritos de alarma en un idioma que Kevin desconocía. Llegaron a la zona del poblado y Kevin vio que lo habían reforzado con zanjas y estacas, algo que no servía de nada contra armaduras clase titán. Negros y mulatos vestidos como campesinos salieron de las cabañas y comenzaron a disparar contra los tres asaltantes. Eran anticuados rifles  de retrocarga y las balas rebotaban contra el grueso blindaje de Elisa con el ruido de una cuchara golpeando un vaso de crista, aunque multiplicado por diez. Continuó avanzando hasta que llegó a la primera cabaña y abrió fuego con el lanzallamas. La madera era muy inflamable y el fuego se propagó rápido por la choza. Salieron más hombres de dentro y Kevin los abatió con un zumbido de la ametralladora. El Comandante Charles vigilaba su espalda a la derecha y el Teniente Mike el flanco izquierdo, mientras Kevin avanzaba en punta. La batalla se convirtió en un movimiento sistemático de quemar y disparar, intercalado con breves momentos de apuñalar y rajar con la hoja de la armadura. Todo se vuelve bastante impersonal cuando no te pueden hacer absolutamente ningún daño, sensación que tiene los pilotos de globos de guerra y los de las armaduras de combate.
El poblado era más grande de lo que habían pensado y giraba en ele hacia la selva. Atravesaron el recodo mientras les disparaban y devolvían el fuego. Les tiraron una especie de botella incendiaria y el fuego baño la armadura de Kevin, entorpeciéndole la vista. Esperó a que se extinguiera por falta de combustible y continuó, girando el recodo.
Un edificio de piedra blanca lo presidía todo. Debía ser la oficina del administrador de la plantación. Desde las ventanas de la primera y segunda planta les llegaban más disparos. Algunos sonaron más graves contra el blindaje del pecho y Kevin reparó en que era una ametralladora de posición. Colocó el brazo de la espada delante para protegerse de los impactos que le impedían avanzar y barrió las ventanas con la ametralladora.
Se giró y buscó a sus camaradas sin éxito, y supuso que se habían quedado detrás del recodo, acabando con los últimos rescoldos de resistencia negra. “Acabaré de una vez con esta mierda” pensó mientras se dirigió a la casa blanca.
Algo muy fuerte lo golpeó en la espalda y casi hizo que perdiera el equilibrio. Trastabilló hacia adelante y no se tropezó por poco. Golpeó los dos talones entre sí y las anclas hidráulicas lo fijaron al suelo con un siseo. Continuó disparando contra la casa, aunque ya no le devolvían los disparos. Desconectó las anclas con un golpe en la cadera y se giró.
Sólo pudo ver la estela cuando el proyectil le impactó en el pecho. Notó como las capas de metal se agrietaban y se quebraban, pero no le dejaron la carne al descubierto. “¿Qué cojones está pasando?”, pensó mientras retrocedía para reunirse con las otras dos armaduras. Más balas le impactaron en los brazos y la cabeza, pero siguió caminando.
Cuando volvió a dar el recodo vio una escena que era el terror de los pilotos de armaduras. El comandante Charles estaba en el suelo pataleando por levantarse mientras cuatro sujetos empalados le inmovilizaban la hoja de la espada. La ametralladora estaba suelta y en el suelo y el lanzallamas siseaba sin munición. Estaba rodeado de cadáveres enemigos, pero no podía levantarse. No se veía a Mike por ningún sitio. Intentó acercarse cuando otro golpe inmenso lo atropelló por la derecha. Se ancló al terreno justo antes de caer y se quedó inmóvil, recuperando la respiración y escuchando el siseo de la armadura, que en este tipo de guerra equivalía a un informe de daños de un oficial de máquinas. Y el informe decía que la armadura estaba muy dañada.
Kevin apareció moviéndose todo lo rápido que se podía mover una armadura andando hacia atrás. Estaba vaciando los cargadores de la ametralladora hacia un objetivo que Kevin no alcanzaba a ver. Escuchó más voces a la derecha y se fijo en la selva que rodeaba el poblado, de donde salían más enemigos hacia ellos. Intentó girarse para disparar y recordó que estaba anclado. “Vamos, vamos, no te pongas nervioso”. Cuando desactivó las anclas fue demasiado tarde. Otro proyectil de estela le impactó en la cadera y le rompió la articulación de la armadura. Giró el lanzallamas y algo muy fuerte lo sujetó, quebrándolo. La armadura dejó de sisear cuando el acumulador tesla se apagó y Kevin quedó atrapado dentro.
Hizo un esfuerzo de voluntad y giró el cuello, que sin la ayuda hidráulica de la armadura, le pesaba setenta kilos. Una armadura pintada de negro le sujetaba el lanzallamas con un puño enorme. Tenía una gota de sangre roja pintada en el pecho y llevaba una especie de tubo de dos metros en el hombro. El otro brazo era un escudo de dos metros de altura. Golpeó a Kevin con el escudo con una fuerza que habría hundido una fragata y lo derribó al suelo. “Se acabó, estoy muerto”. Ya no se oían los disparos de Mike y él sólo podía ver el cielo a través de las rendijas del casco. Se quedó así durante cinco minutos, pensando qué diablos hacer.  
Finalmente notó prensión en el lado derecho y escuchó un sonido chirriante. Reconoció como sonaban unas cizallas industriales y supo que estaban abriendo a Elisa. Terminaron el trabajo y le quitaron toda las placas excepto los brazos y las piernas, dejándolo inmovilizado en el suelo. Cuando le quitaron el yelmo, el sol lo deslumbró y entrecerró los ojos, resollando y exhausto hasta que una sombra lo arropó. Consiguió levantar la cabeza y vio que la armadura negra estaba delante de él, con el visor retirado. El piloto se veía ridículamente pequeño rodeado de todo ese metal. Era rubio, con los ojos azules y una cara angulosa. Sonrió.
-Ríndase, piloto de la Elisa. Si lo hace, ni usted ni su armadura sufrirán más daño y quedará bajo mi custodia como mi prisionero.- Kevin hizo un esfuerzo por no parecer asustado mientras evaluaba si se había cagado.
-¿De quién me tengo que considerar prisionero, piloto y armadura? – Era la fórmula habitual para dirigirse a otro piloto desconocido, que debía contestar presentando también a la armadura.
El hombre rubio sonrió casi sinceramente, con una boca perfecta y habló:
-De la armadura clase Retribución de nombre Libertaria, y de su piloto, Edward Krammer, general rebelde.
“Joder,  ahora sí que la hemos cagado”. Pensó mientras miraba al traidor, a su enorme armadura y recapacitaba en cómo había derrotado a tres Titanes él sólo. Decidió irse por lo grande y reunió todo el valor que le quedaba.
-Encantado de conocerle, general Krammer, soy un gran admirador de su obra.
Krammer sonrió una vez más y algo dejó inconsciente a Kevin. 

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