jueves, 19 de abril de 2012

4. Palacio Imperial en Siegestadt


4.
Pasaron ocho horas y los telégrafos y correos a caballo de Siegestadt ardían. La capital imperial no era la ciudad más grande de las que protegía su majestad el Emperador, ni mucho menos, pero era la mejor comunicada con diferencia. Y en ese momento, William era el hombre mejor comunicado del Imperio con diferencia. Eso a él no le gustaba mucho, pues llevaba todo un día en su despacho recibiendo resúmenes de cables en todo el Imperio mientras sudorosos correos le salpicaban las alfombras de barro del camino. Su deber como secretario del Correo Imperial era filtrar las noticias y avisos que llegaban a Palacio y seleccionar las que debían tratar el Primer Ministro y el Consejo. Pero hoy estaba siendo todo una absoluta locura y William ya no sabía si pegarse un tiro o pegárselo al siguiente correo que atravesara la puerta.
Otro correo atravesó la puerta y se dirigió al escritorio saludando a lo militar mientras andaba. William lo fulminó con la mirada y el correo se marchó en seguida, convencido de que su seguridad corría peligro. El cansado funcionario, como le gustaba llamarse en estos momentos, cogió el sobre y lo abrió de una puñalada. Se trataba de otro informe sobrexcitado, esta vez desde las playas de Ion, en el que un oficial de guarnición aseguraba tener el cuerpo de Edward Krammer y preguntaba cuándo llegaría el transporte para recogerlo. Si William hubiera ordenado que saliera un camión frigorífico a recoger cada cuerpo de Edward Krammer de los que hoy yacían en el Imperio, habría tenido que enviar sesenta y nueve. Durante toda la mañana y la tarde sesenta y nueve guarniciones del ejército y la policía habían informado de que habían abatido al traidor por antonomasia del Imperio.
Al principio, cuando llegó la primera comunicación había cundido una gran actividad entre los funcionarios y soldados del palacio. Incluso se despertó al Emperador, que dormía su siesta de media mañana en la casita de recreo. Veinte minutos después llegó el cable del príncipe Tobías con la información sobre el segundo cuerpo y a partir de ahí todo fue degenerando hacia la locura que había caracterizado todo el día. Los criados y los asistentes de William estaban muy removidos y cuchicheaban en cada esquina teorías conspiratorias sobre invasiones a gran escala y sobre ejércitos de krammers dirigiéndose a la capital para conquistar su venganza, cinco años después.
En el Imperio no había nadie que no supiera quién era Edward Krammer. Sólo  había pasado un lustro desde su traición y su nombre ya era materia para leyendas y cuentos por todo el Imperio y más allá. A William los hechos lo pillaron en la universidad de Ion, graduándose en Diplomática, pero los conocía como si hubiera estado allí, más o menos. El prefecto de los pretorianos imperiales se vio seducido por promesas de poder y riqueza y urdió un plan junto con el hermano del Emperador para asesinarlo, a él y a todos sus hijos. Fue descubierto justo cuando iba a llevarse a cabo la conjura y la mayoría de los pretorianos fueron aniquilados en una batalla que todavía muestra sus cicatrices en palacio. Edward Krammer consiguió escapar de alguna forma que William desconocía y se unió a un grupo terrorista nacionalista conocido como “Sangre”. El hermano del Emperador fue detenido y condenado a muerte, aunque solicitó indulgencia y juró, hasta el momento en que le rompieron el cuello, que no sabía nada de la conjura de Krammer.
Y ahora William tenía sesenta y nueve Krammer muertos por todo el Imperio, era de locos. Se levantó y se alisó pulcramente la suave levita de seda negra. Estaba nervioso, la reunión del Consejo empezaba en diez minutos y no sabía cómo les iba a decir a los hombres más poderosos del Imperio (con el permiso de los marqueses) lo que estaba sucediendo.
Se dirigió por los profusamente decorados pasillos del ala administrativa del palacio, caminando casi al trote e ignorando a los funcionarios menores que le pedían algo de su tiempo. Las lámparas de corriente alterna proyectaban una luz que, al reflejarse en los embellecedores y marcos dorados, daban una luz muy irreal. William siempre había pensado que este pasillo en realidad sólo existía para poner nerviosos a los que llegaban a la sala del Consejo, pues era la única puerta en la que desembocaba. Ante esa misma puerta esperaba otro enjambre de funcionarios, asesores, asistentes y otros lameculos. William los esquivó poniendo su mejor cara de palo y entró en la sala.
Una única mesa presidía todo el espacio. Se trataba de un círculo perfecto, salvo por el truncamiento en uno de sus extremos. En ese extremo debía sentarse el Emperador cuando presidía las reuniones, cosa que no sucedía mucho, en un trono de ébano y cobre con tallas rocambolescas de diablos y ángeles batallando. El resto de sillas, aunque más sencillas, eran la envidia de cualquier palacio. La sala estaba abarrotada aún con la ausencia del monarca, llena de hombres circunspectos. El secretario de Marina, Herr Krieger, saludó a William con la cabeza mientras se mesaba su bigotazo.
-El señor William está en la sala, siéntense caballeros para que empiece reunión.- Anunció con voz cascada el presidente del Consejo.
Los dieciséis ministros se dirigieron a sus asientos y se acomodaron.
-Se le concede la palabra al Secretario del Correo Imperial, Herr William Blonde.- El presidente lo miró con sus ojos acuosos de anciano y le tendió una palma abierta como invitación.
William se levantó y se aclaró la voz.
-Señores del Consejo, la situación es confusa y merece atención.- Hizo una pausa y los miró a todos.- Tenemos razones más que suficientes para creer que Edward Krammer está vivo, en activo y planea algo.- William esperaba cuchicheos y golpes en la mesa, pero todos los hombres permanecieron en silencio.
“Hoy, desde primera hora de la mañana, hasta hace apenas tres horas, han aparecido sesenta y nueve cuerpos presuntamente pertenecientes al traidor Edward Krammer. Cincuenta de ellos han recibido confirmación de testigos que lo conocían o por exploración ocular. Todos fueron muertos durante incursiones terroristas de al menos tres organizaciones, una anarquista y dos nacionalistas. Ninguna ha logrado sus objetivos aparentes y casi todos los terroristas han sido abatidos…”  El secretario de Hacienda, una mole de grasa y pieles de oso, lo interrumpió.
-¿Casi todos? ¿Qué significa casi todos? ¿Ha quedado alguno vivo que pueda ser interrogado?
William odiaba las interrupciones. Suspiró y miró al consejero.
-En Río Negro uno de los terroristas fue capturado con vida, pero está en estado muy grave y se le están aplicando cuidados médicos de emergencia con el propósito de salvarle la vida para interrogarlo. Así que de facto, están casi todos muertos.-Puso especial énfasis en el “casi”.- Estos son los hechos, mis recomendaciones son pasar por alto este desafío pueril, por muy mágico que parezca, y concentrarnos en las revueltas de los mineros en las Colonias Interiores, ayer perdimos un dirigible de guerra cuando…
-Gracias, secretario, puede sentarse.- El presidente del consejo ni siquiera lo miró. William se sentó y a él le pareció que debía de tener cara de niño amonestado por su abuelo.
-¡Es un hecho intolerable! ¡No podemos permitir que ese malnacido se ría de nosotros! ¡Está atacando el corazón del Imperio!- El consejero de Guerra, Otto Heirdenger, tenía una voz aguda y una nariz de borracho hilarante.
-¡Está atacando las fronteras! –William no consiguió morderse la lengua a tiempo y recibió miradas airadas por parte de otros consejeros. Tradicionalmente el puesto de Secretario del Correo era el menos importante y su deber se limitaba a informar sobre los sucesos que tenía que debatir el Consejo. Otto continuó sin dignarse a mirarlo.
-Mi recomendación es que doblemos la guarnición en los pasos fronterizos, evacuemos a los infantes negros hacia la capital y enviemos una expedición de castigo hacia la Confederación de los Treinta.
La mayoría de los consejeros asintieron con vehemencia e hicieron algún amago de aplaudir.
-Silencio caballeros. Votemos.- El anciano presidente siempre sabía cuando intervenir antes de que las cosas se fueran de madre.
La votación por doblar las guarniciones fue aprobada por catorce votos contra dos, William y Krieger, y se destinaron unos recursos muy importantes, que hacían falta en otros lugares, a vigilar bosques y arrecifes perdidos. La cuestión de los infantes negros fue más debatida. Los infantes negros eran los hijos del condenado hermano del Emperador que fueron perdonados por demostrar inocencia y por una grata donación a las arcas reales. Se les envió a las mejores universidades del Imperio, muy alejados de Siegestadt y prácticamente en clausura. Acercarlos suponía traerlos al centro de poder y conjuras. Se aprobó la moción por nueve votos contra tres y tres abstenciones. William se abstuvo.
La cuestión más delicada era la última, la Confederación de los Treinta era un estado insular al este del Imperio, que se había independizado de éste hacia cien años, conocido por su supuesto apoyo a las organizaciones terroristas imperiales y por su sistema democrático y plural. Una obscenidad, en resumen. Pero un ataque de castigo eran palabras mayores y movilizaría como mínimo veinte dirigibles y una docena  de buques. Krieger se levantó y declamó, gritó y suplicó sin dejar hablar a Herr Otto ni a ningún otro militarista. La propuesta fue revocada por ocho votos contra siete. William suspiró de alivio.
Justo cuando el presidente iba a levantar la sesión, el Secretario de Guerra pidió la palabra.
-Una cosa más, ¿No deberíamos mandar a alguien de confianza a interrogar al terrorista capturado en Río Negro? .- Hasta William asintió con la cabeza.- ¿Alguien que sea portador de nuestro mandato y representante del poder Imperial? .- El Presidente estaba perdiendo la paciencia y habló sin rodeos.
-Es una zona roja de actividad insurgente y terrorista, una misión de gran peligro, ¿A quién propone, Herr Heirdenger?
Los ojillos asesinos del Secretario de Guerra miraron a William con lentitud.
-El señor William es todo un experto en organizaciones anti imperiales y democráticas. Creo recordar que de eso iba su tesis, además es el más joven y vigoroso de los presentes.– William intervino antes de que decidieran enviarlo desnudo y untado en miel.
-¿Pondréis mi seguridad en juego, un miembro del consejo, cuando tenemos tantos hombres fuertes y capacitados?
-¿Votos a favor? –El Presidente esbozó una sonrisa.
Catorce manos se levantaron al unísono, mientras Krieger negaba con la cabeza. El condenado optó por levantar la mirada al techo con resignación, donde le pareció que los arcángeles de los frescos se reían de él, señalándolo con sus espadas en llamas.
-Herr Blonde irá a Río Negro en misión imperial. Se levanta la sesión.

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