1.
Una solitaria figuraba caminaba por el bosque, haciendo crujir las hojas secas bajo sus pies. Tosía regularmente y se arrebujaba en la larga gabardina negra con fuerza. El viento era gélido y soplaba con bastante fuerza para tratarse de esa época del año. La figura no sabía exactamente a donde se dirigía, y esa sensación, combinada con el mal despertar que había tenido, hacía que su humor fuese bastante peligroso. Sacó una mano enguantada en cuero del bolsillo y se volvió a calar el sombrero de media ala. Se detuvo cuando un espasmo de tos lo hizo doblarse y se recuperó maldiciendo y escupiendo flemas. Tuvo que caminar otros diez minutos hasta que encontró el dichoso punto de la carretera que estaba buscando. El sargento lo había dejado al borde de la foresta indicándole que debía seguir en línea recta a pie durante un cuarto de hora. El puente que cruzaba el Maor estaba destruido y no había carreteras sino dando una vuelta de varias horas.
El bosque se despejó al borde de esta otra carretera llena de actividad. Había varios vehículos estacionados y soldados y policías que deambulaban de un lado para otro, ocupándose de sus tareas o fingiendo que lo hacían. El hombre de la gabardina se acercó al suboficial más cercano y le preguntó por el oficial al cargo. El sargento se cuadró pero pidió ver la identificación del hombre, que tuvo que quitarse el guante con irritación y enseñar el anillo con el zafiro.
-¿Es suficiente, sargento?- Dijo, exhalando una varada de vapor.
-Por supuesto, señor. Lo lamento, señor, acompáñeme, el Coronel Ollërng está junto al cuerpo.
El hombre del anillo de zafiro reparó en ese momento en que había signos de violencia por todo el camino de tierra en que aquí se convertía el Camino Interior. Sangre, casquillos y marcas de ruedas de vehículos motorizados salpicaban la escena. El sargento lo condujo a través del control de vehículos del ejército hasta un lugar mucho más atestado de gente, que se dispersaba al verlos llegar, intuyendo que aquel civil debía ser importante para estar allí. Finalmente el sargento señalo el bosque en la otra orilla de la carretera y el visitante descubrió a lo lejos otras figuras de negro. Continuó andando hacia allí maldiciendo de nuevo, odiaba los bosques con toda su alma, y los bosques helados, más.
Al verlo llegar un hombre que se encontraba arrodillado fijándose en algo al pie de un árbol se levantó y se presentó, mientras el resto de soldados proseguían con sus tareas:
-Soy el Coronel Ollërng, usted debe ser el Imago.-Le estrechó la mano.
-En efecto, coronel, soy el Imago Addler. ¿Cuál es el asunto que requiere mi presencia?
Por toda contestación el coronel se apartó y dejó a la vista un cuerpo apoyado al pie de un árbol. Estaba vestido con ropa de montaña, botas altas y bufanda, guantes y un gorro de lana. Estaba indudablemente muerto, aparte de por el color pálido de su piel y la rigidez del cuerpo por los cinco agujeros de bala que mostraba en el pecho. Tenía los ojos abiertos.
-Cuénteme lo sucedido, coronel.
-Un convoy de terroristas de la Sangre atacó esta noche el control de carretera un par de kilómetros más al este. Básicamente iban a caballo y a pie, pero tenían un vehículo motorizado semi-blindado, un Coronet 340…
-Vaya al grano, oficial.-El Imago hizo un ademán pidiendo premura.
-Sí, disculpe. Atacaron a la guarnición del control, que solicitó refuerzos con cable. Afortunadamente el Teniente Tenders se encontraba cerca y ayudó a repeler y perseguir a los terroristas. Su Coronet fue inmovilizado más atrás y uno de los hombres que bajaron huyó hacia aquí, siendo abatido por dos soldados que lo persiguieron, el resto de…
-¿Por qué es tan importante… -Tosió - ¿Por qué merece tanta atención?
-Creemos que se trata de Edward Krammer. –Los soldados de alrededor miraron de reojo al Imago, esperando su reacción.
-Déjeme ver. –Se arrodilló junto al cadáver y arrebató un explorador ocular a un sanitario del ejército que lo sujetaba como si fuera una espada.
Tras realizar unas comprobaciones en los ojos azules del muerto, pidió ayuda para girarlo y tumbarlo. Le subió la ropa, que crujía por el frio y la sangre coagulada y dejó al descubierto la carne de la parte baja de la espalda. En esa zona, medio oculto por la suciedad y la sangre se leía bien un tatuaje que rezaba “P.R.D”. El Imago leyó al resto:
-Praetog Roelis Deridipe. Que en Dílico significa “Pretoriano escudo del rey”.
Los hombres se miraron nerviosos.
-No sabíamos que llevaban un tatuaje.-Dijo el coronel, retorciéndose las manos.
-Muy pocos lo saben. Bien, en efecto es un pretoriano, y el rastreo ocular es igual al de Krammer, yo mismo lo efectué la última vez que sirvió al Emperador. Su majestad estará muy complacido por su captura. Enhorabuena.
Se dio media vuelta para disimular un ataque de tos que le dolió como una puñalada.
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