viernes, 20 de abril de 2012

5. Un tren entre Coblenga y Siegestadt


5.
El tren de Addler tuvo al final que detenerse por las protestas. Los obreros habían cortado la vía medio kilómetro más adelante y la policía estaba intentando dispersarlos con gases lacrimógenos, aunque deberían haber pensado que unos mineros que trabajan con ácido tendrían formas de protegerse contra eso. Empezó a llover y Addler se levantó desesperado, buscando algo que hacer, aunque se detuvo un momento cuando un ataque de tos lo dejó sin respiración. El reservado del vagón de primera clase era espacioso comparado con las habitaciones para ganado en las que iban los otros pasajeros, pero aún así no permitía estirar mucho las piernas.
El tren, con suelos de madera y ventanas enrejadas de metal cobrizo, formaba parte de la flota mercantil que llevaba grano desde las provincias occidentales hasta las orientales, más mineras e industrializadas. Le habían añadido este vagón de primera clase y un vagón frigorífico en el que Addler había conseguido meter el cuerpo de Krammer tras muchas discusiones y amenazas al jefe de la aduana en Coblenga, restregándole el anillo del zafiro en la cara, algo no muy recomendado. Ahora el cuerpo de Krammer iba en un sarcófago de cobre y zinc, aislante y al vacío, rodeado de sacos de trigo y vacas colgadas de ganchos. Si Krammer hubiera sabido que iba a acabar así se habría pensado dos veces lo que hizo.
Llegó al cuarto de baño y se enjuagó la cara y las manos, revolviéndose el pelo negro y luego peinándoselo lo mejor que pudo, que fue poco. Si los obreros cumplían con sus amenazas, las vías no se abrirían hasta que se revisaran sus condiciones de seguridad en los pozos, donde había un herido cada semana, y Addler tardaría días en llegar a Siegestadt. El cadáver seguro que no llegaría, pues más temprano que tarde los motores de frío fallarían y, por muy aislante que fuera el sarcófago, acabaría pudriéndose.
Volvió al pasillo y miró por la ventana del lado izquierdo del pasillo, desde donde se veía una campiña macilienta, gris y terrosa, salpicada por charcos y algunos reductos de pinos que se apretujaban como protegiéndose de la lluvia. Las montañas del Macizo Central no tenían fin y los metales que las preñaban llevaban formando parte del Imperio desde su creación, trescientos años antes. En medio del paisaje se veía un esqueleto gigantesco calcinado. Addler había oído antes de salir que los obreros habían abatido un globo de guerra, pero no lo había creído hasta ahora viendo la proa medio hundida en tierra y los restos de la lona y la cabina desparramados por el campo. ¿Cómo un grupo de famélicos mineros había conseguido tirar una máquina voladora de ese calibre? El instinto detectivesco de Addler se activó y pensó en sabotajes y ataques suicidas. El suicidio le parecía demasiado tajante para alguien que luchaba por algo, porque suponía el fin de la lucha, pero estaba claro que esa gente no tenía nada que perder, salvo unas míseras vidas que, de otra forma, acabarían en la oscuridad infinita de la mina.
-¿Imago Addler?
Addler se volvió y vio a uno de los encargados del tren, con cara de preocupación, acercarse por el pasillo. Addler asintió con la cabeza.
-S-señor, estamos detenidos en el intercambiador d-de Blue Ville. Hay un ca-cable para usted en la oficina de la estación. Señor. –El hombre tragó saliva.
Addler le dio las gracias y fue al reservado a recoger la gabardina y la maleta. ¿Qué demonios?, se preguntó, ¿Cómo podía saber alguien dónde estaba? El encargado tartamudo lo acompañó hasta la puerta y se la abrió, sin dejar de estudiarse los zapatos en ningún momento. Addler saltó del vagón y cayó justo en medio de un charco de barro, salpicándose los zapatos y los pantalones. Contuvo una blasfemia que habría hecho llorar a una monja y se dirigió bajo la lluvia al achaparrado edificio de la estación.
El texto del cable era claro y conciso, redactado con un aséptico estilo burocrático: “Imago Addler, stop, no podrá pasar de Blue Ville en tren, stop, se le requiere inmediatamente en Siegestadt, stop, su nuevo medio de transporte lo recogerá en la estación, stop, espere allí, stop”. Iba acompañado por un código de seguridad de la secretaría del correo imperial. Se sentó en una silla y pidió un té. El empleado de la estación lo miró con arrogancia, pero luego reconsideró sus opciones y se fue a preparar ese té.
Veinte minutos después un hombre empapado entró por la puerta y preguntó por Addler, asegurando que era el medio de transporte. Addler no dijo nada y salió al exterior, donde esperaba una motocicleta de petróleo con sidecar.
-No podemos ir en eso.
-¿Por qué, señor?
-Tengo un cargamento en el tren que pesa ciento cincuenta kilos y además, no tiene capota. Nos vamos a ahogar.
-No se preocupe, señor. Ya no necesita su cargamento, he prevenido al personal del tren para que lo destruyan…
-¿Qué ha hecho qué?- Addler no solía gritar, pero estaba dispuesto a dispararle a ese hombre allí. La lluvia no le sentaba muy bien a su humor. Se acercó un par de pasos al correo.
-Señor, soy un correo zafiro armado de su majestad el Emperador y estoy autorizado para darle una información secreta. –Addler se detuvo y miró seriamente al hombre, mientras una gota de agua colgaba de su ceja.- El cuerpo que transporta usted forma parte de  una conspiración terrorista contra el Imperio, han aparecido otros sesenta y ocho cuerpos identificados como Edward Krammer por todo el territorio.
-¿Sesenta y nueve cuerpos? ¿Sesenta y nueve krammers?- El correo asintió.- De acuerdo, lléveme a Siegestadt.
Subió al sidecar, sintiéndose tremendamente ridículo, empapado y sujetando el maletín contra el pecho. El correo se puso un casco con gafas y le ofreció otro a Addler, que rechazó con un gruñido. La motocicleta se alejó de las vías por un camino de tierra, rebotando sobre baches y salpicando en los charcos. Addler se arrepintió de no haber cogido el casco, pues tuvo que ir con los ojos cerrados la mayor parte del viaje por el agua. Al final llegaron a una explanada bastante larga con un cobertizo en un extremo, y el correo detuvo la máquina infernal.
-¿Cuál es el medio de transporte? -Preguntó Addler, temiendo una trampa de los huelguistas contra un funcionario del gobierno.
-Es un prototipo, lleva sólo seis meses en funcionamiento y se ha mantenido en secreto todo lo posible.
Siguieron caminando hacia el cobertizo. El correo abrió la puerta y entró seguido por Addler. “Oh, mierda” fue lo primero que pensó cuando vio el biplano. Había oído hablar en las comisarías y en los cuarteles del Imperio Oriental que el ejército contaba con una nueva máquina voladora, mucho más pequeña y rápida que los globos y que funcionaba a petróleo. Addler la tenía delante y la certeza de que ese conjunto de hierros y madera, sin capota ni cabina de pasajeros, era su transporte hizo que sintiera náuseas. No le gustaban nada las alturas. El correo debió de notar algo en su rostro.
-No se preocupe, señor, es totalmente seguro. Sólo hemos perdido un dieciséis por ciento en los meses de prueba.
Addler siempre había pensado que la estadística era una zorra esquiva y ahora estaba seguro de que él engrosaría esos números, pero por amor propio y por su rango se calló y subió la escalerilla.
Desde el cielo todo se vía diferente. Addler sólo había subido dos veces en globo y allí podías esquivar fácilmente la sensación de estar volando, alejándote de las ventanas y leyendo. Aquí, miraras hacia donde miraras, todo era cielo y las aceleraciones y las maniobras las notabas en los testículos y el estómago. Todo eso quedó atrás cuando sobrevolaron la parte controlada por los obreros y otro tipo de miedo pasó por la mente del Imago. Esto no era la pequeña sublevación de la que se hablaba en los diarios de las ciudades, ni la acción policial que aseguraban las autoridades. Vieron cinco pueblos devastados por las llamas, uno en plena batalla con explosiones en miniatura, y movimientos de bandadas humanas, aunque Addler no consiguió discernir si eran soldados o mineros.
Cuando estaban pasando por el último pueblo de la región minera, a la orilla de un lago que parecía de metal bajo la lluvia, algo les golpeó en la cola. El piloto perdió el control durante un momento y Addler no pudo reprimir un grito.
-Tranquilo, señor, habrá sido un golpe de viento.
Esta vez oyeron los disparos perfectamente contra la chapa del biplano. El piloto dijo un “Agárrese” y Addler sólo pudo contestar rezando lo poco que recordaba. El biplano comenzó una maniobra evasiva cayendo en picado y girando, para luego ascender bruscamente. El ruido era como estar atravesando un concierto de uñas contra pizarras. Notaron más impactos y Addler vio con los ojos desencajados cómo una de las alas saltaba en pedazos. Empezaron a perder altura mientras Addler veía como el piloto tironeaba con fuerza de los controles. Tironeó y empujó hasta que le estalló el cráneo en una nube de sangre y hueso.
La nave siguió recibiendo impactos hasta que estuvo demasiado baja para ser un objetivo adecuado. Addler vio la tierra acercarse cada vez más y más. Su último pensamiento antes de perder la consciencia fue digno de un epitafio: “Puta estadística”.

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