5.
El tren de
Addler tuvo al final que detenerse por las protestas. Los obreros habían
cortado la vía medio kilómetro más adelante y la policía estaba intentando
dispersarlos con gases lacrimógenos, aunque deberían haber pensado que unos
mineros que trabajan con ácido tendrían formas de protegerse contra eso. Empezó
a llover y Addler se levantó desesperado, buscando algo que hacer, aunque se
detuvo un momento cuando un ataque de tos lo dejó sin respiración. El reservado
del vagón de primera clase era espacioso comparado con las habitaciones para
ganado en las que iban los otros pasajeros, pero aún así no permitía estirar
mucho las piernas.
El tren, con
suelos de madera y ventanas enrejadas de metal cobrizo, formaba parte de la
flota mercantil que llevaba grano desde las provincias occidentales hasta las
orientales, más mineras e industrializadas. Le habían añadido este vagón de
primera clase y un vagón frigorífico en el que Addler había conseguido meter el
cuerpo de Krammer tras muchas discusiones y amenazas al jefe de la aduana en
Coblenga, restregándole el anillo del zafiro en la cara, algo no muy
recomendado. Ahora el cuerpo de Krammer iba en un sarcófago de cobre y zinc,
aislante y al vacío, rodeado de sacos de trigo y vacas colgadas de ganchos. Si
Krammer hubiera sabido que iba a acabar así se habría pensado dos veces lo que
hizo.
Llegó al cuarto
de baño y se enjuagó la cara y las manos, revolviéndose el pelo negro y luego
peinándoselo lo mejor que pudo, que fue poco. Si los obreros cumplían con sus
amenazas, las vías no se abrirían hasta que se revisaran sus condiciones de
seguridad en los pozos, donde había un herido cada semana, y Addler tardaría
días en llegar a Siegestadt. El cadáver seguro que no llegaría, pues más
temprano que tarde los motores de frío fallarían y, por muy aislante que fuera
el sarcófago, acabaría pudriéndose.
Volvió al
pasillo y miró por la ventana del lado izquierdo del pasillo, desde donde se
veía una campiña macilienta, gris y terrosa, salpicada por charcos y algunos
reductos de pinos que se apretujaban como protegiéndose de la lluvia. Las
montañas del Macizo Central no tenían fin y los metales que las preñaban
llevaban formando parte del Imperio desde su creación, trescientos años antes.
En medio del paisaje se veía un esqueleto gigantesco calcinado. Addler había
oído antes de salir que los obreros habían abatido un globo de guerra, pero no
lo había creído hasta ahora viendo la proa medio hundida en tierra y los restos
de la lona y la cabina desparramados por el campo. ¿Cómo un grupo de famélicos
mineros había conseguido tirar una máquina voladora de ese calibre? El instinto
detectivesco de Addler se activó y pensó en sabotajes y ataques suicidas. El
suicidio le parecía demasiado tajante para alguien que luchaba por algo, porque
suponía el fin de la lucha, pero estaba claro que esa gente no tenía nada que
perder, salvo unas míseras vidas que, de otra forma, acabarían en la oscuridad
infinita de la mina.
-¿Imago Addler?
Addler se volvió
y vio a uno de los encargados del tren, con cara de preocupación, acercarse por
el pasillo. Addler asintió con la cabeza.
-S-señor,
estamos detenidos en el intercambiador d-de Blue Ville. Hay un ca-cable para
usted en la oficina de la estación. Señor. –El hombre tragó saliva.
Addler le dio
las gracias y fue al reservado a recoger la gabardina y la maleta. ¿Qué
demonios?, se preguntó, ¿Cómo podía saber alguien dónde estaba? El encargado
tartamudo lo acompañó hasta la puerta y se la abrió, sin dejar de estudiarse
los zapatos en ningún momento. Addler saltó del vagón y cayó justo en medio de
un charco de barro, salpicándose los zapatos y los pantalones. Contuvo una
blasfemia que habría hecho llorar a una monja y se dirigió bajo la lluvia al
achaparrado edificio de la estación.
El texto del
cable era claro y conciso, redactado con un aséptico estilo burocrático: “Imago
Addler, stop, no podrá pasar de Blue Ville en tren, stop, se le requiere
inmediatamente en Siegestadt, stop, su nuevo medio de transporte lo recogerá en
la estación, stop, espere allí, stop”. Iba acompañado por un código de
seguridad de la secretaría del correo imperial. Se sentó en una silla y pidió
un té. El empleado de la estación lo miró con arrogancia, pero luego
reconsideró sus opciones y se fue a preparar ese té.
Veinte minutos
después un hombre empapado entró por la puerta y preguntó por Addler,
asegurando que era el medio de transporte. Addler no dijo nada y salió al
exterior, donde esperaba una motocicleta de petróleo con sidecar.
-No podemos ir
en eso.
-¿Por qué,
señor?
-Tengo un
cargamento en el tren que pesa ciento cincuenta kilos y además, no tiene
capota. Nos vamos a ahogar.
-No se preocupe,
señor. Ya no necesita su cargamento, he prevenido al personal del tren para que
lo destruyan…
-¿Qué ha hecho
qué?- Addler no solía gritar, pero estaba dispuesto a dispararle a ese hombre
allí. La lluvia no le sentaba muy bien a su humor. Se acercó un par de pasos al
correo.
-Señor, soy un
correo zafiro armado de su majestad el Emperador y estoy autorizado para darle
una información secreta. –Addler se detuvo y miró seriamente al hombre,
mientras una gota de agua colgaba de su ceja.- El cuerpo que transporta usted
forma parte de una conspiración
terrorista contra el Imperio, han aparecido otros sesenta y ocho cuerpos
identificados como Edward Krammer por todo el territorio.
-¿Sesenta y
nueve cuerpos? ¿Sesenta y nueve krammers?- El correo asintió.- De acuerdo,
lléveme a Siegestadt.
Subió al
sidecar, sintiéndose tremendamente ridículo, empapado y sujetando el maletín
contra el pecho. El correo se puso un casco con gafas y le ofreció otro a
Addler, que rechazó con un gruñido. La motocicleta se alejó de las vías por un
camino de tierra, rebotando sobre baches y salpicando en los charcos. Addler se
arrepintió de no haber cogido el casco, pues tuvo que ir con los ojos cerrados
la mayor parte del viaje por el agua. Al final llegaron a una explanada
bastante larga con un cobertizo en un extremo, y el correo detuvo la máquina
infernal.
-¿Cuál es el
medio de transporte? -Preguntó Addler, temiendo una trampa de los huelguistas
contra un funcionario del gobierno.
-Es un
prototipo, lleva sólo seis meses en funcionamiento y se ha mantenido en secreto
todo lo posible.
Siguieron
caminando hacia el cobertizo. El correo abrió la puerta y entró seguido por
Addler. “Oh, mierda” fue lo primero que pensó cuando vio el biplano. Había oído
hablar en las comisarías y en los cuarteles del Imperio Oriental que el
ejército contaba con una nueva máquina voladora, mucho más pequeña y rápida que
los globos y que funcionaba a petróleo. Addler la tenía delante y la certeza de
que ese conjunto de hierros y madera, sin capota ni cabina de pasajeros, era su
transporte hizo que sintiera náuseas. No le gustaban nada las alturas. El
correo debió de notar algo en su rostro.
-No se preocupe,
señor, es totalmente seguro. Sólo hemos perdido un dieciséis por ciento en los
meses de prueba.
Addler siempre
había pensado que la estadística era una zorra esquiva y ahora estaba seguro de
que él engrosaría esos números, pero por amor propio y por su rango se calló y
subió la escalerilla.
Desde el cielo
todo se vía diferente. Addler sólo había subido dos veces en globo y allí
podías esquivar fácilmente la sensación de estar volando, alejándote de las
ventanas y leyendo. Aquí, miraras hacia donde miraras, todo era cielo y las
aceleraciones y las maniobras las notabas en los testículos y el estómago. Todo
eso quedó atrás cuando sobrevolaron la parte controlada por los obreros y otro
tipo de miedo pasó por la mente del Imago. Esto no era la pequeña sublevación
de la que se hablaba en los diarios de las ciudades, ni la acción policial que
aseguraban las autoridades. Vieron cinco pueblos devastados por las llamas, uno
en plena batalla con explosiones en miniatura, y movimientos de bandadas
humanas, aunque Addler no consiguió discernir si eran soldados o mineros.
Cuando estaban
pasando por el último pueblo de la región minera, a la orilla de un lago que
parecía de metal bajo la lluvia, algo les golpeó en la cola. El piloto perdió
el control durante un momento y Addler no pudo reprimir un grito.
-Tranquilo,
señor, habrá sido un golpe de viento.
Esta vez oyeron
los disparos perfectamente contra la chapa del biplano. El piloto dijo un
“Agárrese” y Addler sólo pudo contestar rezando lo poco que recordaba. El
biplano comenzó una maniobra evasiva cayendo en picado y girando, para luego
ascender bruscamente. El ruido era como estar atravesando un concierto de uñas
contra pizarras. Notaron más impactos y Addler vio con los ojos desencajados cómo
una de las alas saltaba en pedazos. Empezaron a perder altura mientras Addler
veía como el piloto tironeaba con fuerza de los controles. Tironeó y empujó
hasta que le estalló el cráneo en una nube de sangre y hueso.
La nave siguió
recibiendo impactos hasta que estuvo demasiado baja para ser un objetivo
adecuado. Addler vio la tierra acercarse cada vez más y más. Su último
pensamiento antes de perder la consciencia fue digno de un epitafio: “Puta
estadística”.
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