lunes, 30 de abril de 2012

10. Una habitación anónima


Addler despertó bañado en dolor. Sentía que le apuñalaban cada pliegue del cerebro como un cristal ardiente empapado en sal. Volvió a dormirse.
Durante algún tiempo, no podría determinar cuánto, su vida fue una espiral de dolorosos despertares y confusos desvanecimientos, quedando siempre la sensación de que le faltaba algo. En mitad de los sueños deformados  y las pesadillas dolorosas recordaba un rostro femenino reconfortante que le daba de beber y le ponía trapos en la frente, pero siempre se desmayaba antes de poder decirle algo. En sus sueños primero tomó la forma de María, la chica de ébano de Oreyana, pero cuando recordó lo que le había hecho a esa pobre mujer, cambió de forma y se transformó en Astrid, que le acariciaba el rostro con sus bucles dorados, hasta que recordó lo que esa zorra le había hecho, y tomó la forma de su madre, la única mujer que nunca traiciona a los hombres y en la que siempre piensan antes de morir, por mucho que las novelas románticas se empeñen en lo contrario.
Un día despertó y el dolor era un vago eco de lo anterior. Ya no estaba bañado en sudor ni con una lanza atravesándole la cabeza. Se incorporó y lo consiguió. Tras un minuto de mareo, enfocó la vista y se fijó en que estaba en una habitación con las paredes encaladas. Se miró, desnudo de cintura para arriba y tapado con una gruesa manta hasta la cadera. Cuando se disponía a prepararse para bajar las piernas al suelo, la puerta que había enfrente de la cama se abrió y entró una mujer.
-¡No te bajes! ¡No estás preparado aún!
Addler se quedó paralizado mirándola. Parecía una campesina cualquiera del Imperio, con ese vestido marrón de tela basta que llegaba por debajo de las rodillas y dejaba los brazos al aire. Llevaba el pelo recogido en un moño con una varilla metálica como sujeción. Era morena, con la piel tostada de trabajar al aire libre y los brazos definidos. Sus manos no eran finas, ni delicadas, como las de las damas imperiales, sino de dedos fuertes y uñas cortas, con el filo negro de manipular madera o tierra. Sus ojos eran dos pozos de negrura brillantes, que dejaban paso a una nariz un poco más grande de lo apropiado y a unos labios carnosos sin pintar.
-Aún estás enfermo, no deberías levantarte hasta que estés preparado.
-¿Quién eres y dónde estoy?
-No hagas tantas preguntas, hombre volador, estás con quien te ha salvado la vida, en el lugar donde casi mueres.
Claro, el avión. Ahora empezaba a recordar el descenso terrorífico hacia el lago de plata y el golpe… Una ola de miedo lo obligó a cerrar los ojos.
-¿Estás bien? ¿Te has mareado?-La mujer se acercó.- Túmbate.
Le apoyó las manos en el delgado pecho y lo empujó con fuerza para que se tumbara.
-Debes descansar.
-¿Quién eres?
-Me llamo Erika Eriksson y te he salvado la vida.
-Gracias Erika.- Su voz sonaba cada vez más pastosa.- ¿Eres doctora?
Ella se rió durante un momento, con su tono de voz grave.
-Soy doctora de cerdos y de gallinas. También de caballos. Tu eres lo más complejo que he tratado hasta ahora.
Addler no pudo más que reírse pensando en que seguía vivo después de pasar por manos de esta veterinaria de pueblo.
-¿Y dónde estoy, Erika Eriksson?
-Estás al noreste del macizo central, en territorio sublevado. Ahora eres prisionero de la Reunión de Obreros Libres.
Dijo todo esto como si sus implicaciones no fueran nada importantes.
-Yo soy un Imago de Emperador y tengo el deber de luchar contra esta rebelión y sus instigadores, utilizando mis conocimientos y mi autoridad para reducirlo todo a cenizas si es necesario.
El guantazo lo pilló desprevenido. La chica se movía rápido y la mano le impactó en la mejilla con un sonido chasqueante. El dolor volvió a la cabeza como un trueno y Addler se dejó caer con una sonrisa en los labios. No era la primera vez que lo abofeteaba una mujer. Aunque esta vez había sido la más fuerte.
-Te hemos salvado la vida, yo te he salvado la vida, y eres nuestro prisionero. Utilizarás todo tu poder, ya que tu autoridad vale tanto como una mierda de ave, para ayudar a la rebelión y pagar tu deuda.
-Sí, señora.
Antes de terminar la frase saltó hacia la mujer reuniendo sus energías. Siempre había sido rápido y la pilló de improviso. La agarró por los hombros y la empujó hacia atrás, fuera del camastro. Comenzó a girar las piernas para ponerse de pie mientras la empujaba hacia el suelo. Apoyó la pierna derecha y la chica comenzó a ceder mientras abría la boca con sorpresa. Apoyó la pierna izquierda y… se tropezó y cayó.
Se derrumbó en el modesto suelo de madera y paja y se golpeó en el hombro. Se incorporó y la mujer ya le apuntaba con una pistola de aspecto anticuado. Se miró las piernas buscando el motivo de su fallido ataque y… vio el muñón. Su pierna izquierda acababa en un muñón vendado con lino.
Miró a la mujer con cara interrogante.
-Hubo que apuntarte para salvarte. Te he salvado la vida y eres nuestro prisionero. No dudes que pagarás por nuestras atenciones y ayudarás a la rebelión. Tu castigo por atacarme será subir a la cama sólo. Adiós.
Se marchó por la puerta de la cabaña y Addler se quedó desolado, mirando el techo de madera mientras unas lágrimas le resbalaban por la cara.

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