Addler despertó bañado en dolor.
Sentía que le apuñalaban cada pliegue del cerebro como un cristal ardiente
empapado en sal. Volvió a dormirse.
Durante algún tiempo, no podría
determinar cuánto, su vida fue una espiral de dolorosos despertares y confusos
desvanecimientos, quedando siempre la sensación de que le faltaba algo. En
mitad de los sueños deformados y las
pesadillas dolorosas recordaba un rostro femenino reconfortante que le daba de
beber y le ponía trapos en la frente, pero siempre se desmayaba antes de poder
decirle algo. En sus sueños primero tomó la forma de María, la chica de ébano
de Oreyana, pero cuando recordó lo que le había hecho a esa pobre mujer, cambió
de forma y se transformó en Astrid, que le acariciaba el rostro con sus bucles
dorados, hasta que recordó lo que esa zorra le había hecho, y tomó la forma de
su madre, la única mujer que nunca traiciona a los hombres y en la que siempre
piensan antes de morir, por mucho que las novelas románticas se empeñen en lo
contrario.
Un día despertó y el dolor era un
vago eco de lo anterior. Ya no estaba bañado en sudor ni con una lanza
atravesándole la cabeza. Se incorporó y lo consiguió. Tras un minuto de mareo,
enfocó la vista y se fijó en que estaba en una habitación con las paredes
encaladas. Se miró, desnudo de cintura para arriba y tapado con una gruesa
manta hasta la cadera. Cuando se disponía a prepararse para bajar las piernas
al suelo, la puerta que había enfrente de la cama se abrió y entró una mujer.
-¡No te bajes! ¡No estás
preparado aún!
Addler se quedó paralizado
mirándola. Parecía una campesina cualquiera del Imperio, con ese vestido marrón
de tela basta que llegaba por debajo de las rodillas y dejaba los brazos al
aire. Llevaba el pelo recogido en un moño con una varilla metálica como sujeción.
Era morena, con la piel tostada de trabajar al aire libre y los brazos
definidos. Sus manos no eran finas, ni delicadas, como las de las damas
imperiales, sino de dedos fuertes y uñas cortas, con el filo negro de manipular
madera o tierra. Sus ojos eran dos pozos de negrura brillantes, que dejaban
paso a una nariz un poco más grande de lo apropiado y a unos labios carnosos
sin pintar.
-Aún estás enfermo, no deberías
levantarte hasta que estés preparado.
-¿Quién eres y dónde estoy?
-No hagas tantas preguntas,
hombre volador, estás con quien te ha salvado la vida, en el lugar donde casi
mueres.
Claro, el avión. Ahora empezaba a
recordar el descenso terrorífico hacia el lago de plata y el golpe… Una ola de
miedo lo obligó a cerrar los ojos.
-¿Estás bien? ¿Te has mareado?-La
mujer se acercó.- Túmbate.
Le apoyó las manos en el delgado
pecho y lo empujó con fuerza para que se tumbara.
-Debes descansar.
-¿Quién eres?
-Me llamo Erika Eriksson y te he
salvado la vida.
-Gracias Erika.- Su voz sonaba
cada vez más pastosa.- ¿Eres doctora?
Ella se rió durante un momento,
con su tono de voz grave.
-Soy doctora de cerdos y de
gallinas. También de caballos. Tu eres lo más complejo que he tratado hasta
ahora.
Addler no pudo más que reírse pensando
en que seguía vivo después de pasar por manos de esta veterinaria de pueblo.
-¿Y dónde estoy, Erika Eriksson?
-Estás al noreste del macizo
central, en territorio sublevado. Ahora eres prisionero de la Reunión de
Obreros Libres.
Dijo todo esto como si sus
implicaciones no fueran nada importantes.
-Yo soy un Imago de Emperador y
tengo el deber de luchar contra esta rebelión y sus instigadores, utilizando
mis conocimientos y mi autoridad para reducirlo todo a cenizas si es necesario.
El guantazo lo pilló
desprevenido. La chica se movía rápido y la mano le impactó en la mejilla con
un sonido chasqueante. El dolor volvió a la cabeza como un trueno y Addler se
dejó caer con una sonrisa en los labios. No era la primera vez que lo
abofeteaba una mujer. Aunque esta vez había sido la más fuerte.
-Te hemos salvado la vida, yo te
he salvado la vida, y eres nuestro prisionero. Utilizarás todo tu poder, ya que
tu autoridad vale tanto como una mierda de ave, para ayudar a la rebelión y
pagar tu deuda.
-Sí, señora.
Antes de terminar la frase saltó
hacia la mujer reuniendo sus energías. Siempre había sido rápido y la pilló de
improviso. La agarró por los hombros y la empujó hacia atrás, fuera del
camastro. Comenzó a girar las piernas para ponerse de pie mientras la empujaba
hacia el suelo. Apoyó la pierna derecha y la chica comenzó a ceder mientras
abría la boca con sorpresa. Apoyó la pierna izquierda y… se tropezó y cayó.
Se derrumbó en el modesto suelo
de madera y paja y se golpeó en el hombro. Se incorporó y la mujer ya le
apuntaba con una pistola de aspecto anticuado. Se miró las piernas buscando el
motivo de su fallido ataque y… vio el muñón. Su pierna izquierda acababa en un
muñón vendado con lino.
Miró a la mujer con cara
interrogante.
-Hubo que apuntarte para
salvarte. Te he salvado la vida y eres nuestro prisionero. No dudes que pagarás
por nuestras atenciones y ayudarás a la rebelión. Tu castigo por atacarme será
subir a la cama sólo. Adiós.
Se marchó por la puerta de la
cabaña y Addler se quedó desolado, mirando el techo de madera mientras unas
lágrimas le resbalaban por la cara.
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