miércoles, 18 de abril de 2012

3. Fortaleza de Torre Helada

3.
A tres mil quinientos kilómetros de Aélica las montañas y el cielo eran prácticamente del mismo blanco fulgurante, apenas silueteada la roca por una línea negra. Desde la ventana de la séptima planta de la Torre Helada, Teresa Diener tenía una vista inmejorable del espectáculo que suponía la Cordillera de los Gigantes en esa época del año. Trabaja el lienzo con cuidado, con cariño, mejorando el blanco sobre el blanco e insinuando los pueblos y aldeas que subsistían al pie de los monstruos montañosos, entre los bosques y los ríos. La mayoría de la gente consideraba el blanco como un color poco dado para la pintura, que expresaba poco, pero lo que no sabían es que aparece raramente por lo increíblemente difícil que es de conseguir con naturalidad. Teresa lo dominaba. Llevaba tres días trabajando en la fortaleza de Torre Helada, consiguiendo una estampa digna de la aprobación de su mecenas, el Duque Robert de Saint Mountain. Si la pintura lo complacía, otros dibujantes la copiarían y las hilanderas lo transformarían en el tapiz de moda en todas las capitales del Imperio, mientras que el original sería para la recámara del Duque. Las pinturas de Teresa siempre lo complacían, al igual que sus otros atributos. Sonrió pensando en esto cuando una voz en la puerta la distrajo:
-¿Quieres una tasita de terl, querida?
Teresa se volvió sin soltar el pincel y vio a Astrid haciendo aspavientos mientras imitaba el recargado acento de los laureanos del norte. Teresa sonrió y contestó:
-¿Sabes que no puedes entrar así como así mientras el genio trabaja? Podría hacer que te arrestaran.- Arqueó una ceja y no borró la sonrisa.
-Vamos, querida, no te pongas así. –Astrid entró en la cámara haciendo susurrar el bajo de su vestido contra el suelo, seguida de un criado con una bandeja con dos tazas y una tetera.-Déjalo ahí. Gracias.
El criado se marchó y Astrid se sentó en la mesita baja, enfrente de la ventana y detrás del lienzo. Teresa limpió el pincel y se sentó con su amiga, que seguía sonriendo con esos ojos azules enormes que tanta fama le habían dado en las cortes del norte.
-¿Cómo va la nueva obra maestra que los desdichados estudiantes del futuro tendrán que estudiar maldiciendo tu nombre, querida Teresa?
-No va mal, avanza, para dentro de dos o tres meses estará terminada. –Se llevó la taza a los labios y saboreó el brebaje Laureano.
-¿Tres meses? ¿Me vas a tener aquí encerrada tres meses?- La fingida indignación de Astrid hacía que sus rizos dorados bailaran justo como ella quería.
-No haber venido, tú me lo rogaste casi de rodillas.
-Porque quería ver las montañas, montar en pony, pero… -Una explosión ahogó las últimas palabras de Astrid.
La habitación tembló un momento e hilillos de polvo cayeron del techo. Astrid chilló y Teresa se lanzó a por el lienzo antes de que se cayera del caballete. Pronto comenzaron a oírse disparos y maldiciones debajo, en el patio de armas.
-¿Qué está pasando? ¿Qué es eso?- Astrid parecía verdaderamente asustada, paralizada en la silla, con los nudillos blancos de apretar el borde de la mesa.
Un soldado, con la espada desenvainada y el pelo revuelto, apareció en la entrada de la cámara. Al principio Teresa se asustó, pero se relajó al ver al cabo Ferdinand, su guardia en la fortaleza.
-Tienen que acompañarme, señoras. La fortaleza está bajo ataque, el teniente Këller lo tiene todo bajo control, pero debo alejarlas de las ventanas.
Sonó otra explosión mientras Teresa guardaba el lienzo en el maletín, aún a riesgo de que se corriese la pintura. Salieron de la sala y siguieron al cabo bajando los escalones de caracol, atravesando a toda prisa el recibidor y bajando a la bodega. Durante todo el trayecto oyeron disparos y maldiciones. Al final hubo una gran descarga que hizo temblar toda la torre. Ferdinand las tranquilizó asegurando que sólo podía haber sido la artillería alpina del centro de control de la cordillera. No se oyeron más disparos y el cabo salió a investigar, volviendo con buenas noticias a los cinco minutos. El ataque había sido repelido con grandes bajas para los asaltantes y sólo dos heridos para los defensores. Acompañó a las mujeres a sus habitaciones y se despidió hasta más tarde.
Astrid había estado todo el rato al borde del llanto y se desahogó a gusto cuando cerraron la puerta. Teresa le tocó el pelo hasta que se quedó dormida en la cama. Su amiga apenas llevaba un minuto respirando acompasadamente cuando tocaron suavemente a la puerta. Teresa se levantó en silencio y abrió un poco. Era Ferdinand.
-Siento importunarla de nuevo, Frau Diener, pero el teniente Këller quiere verla. No me ha dicho el motivo. –Dijo antes de que Teresa preguntara. –Abríguese.
-De acuerdo, deme un momento.
Entró en el vestidor y se colocó una pesada capa de piel y se puso unos guantes gordísimos de piel de oso. Cambió los zapatos de tela por unas botas marrones con pelo por dentro. Ferdinand la escoltó de nuevo por pasillos y galerías y salió al exterior por la puerta de la cocina, atravesaron el patio de armas y abandonaron el recinto de la fortaleza por la puerta principal, que estaba abierta de par en par. Anduvieron unos minutos por la nieve, Teresa apoyándose en el hombro de Ferdinand cuando esta le llegó por las rodillas. Estaba helada y le empezaba a doler la cabeza. Se veían cadáveres vestidos con pieles gruesas aquí y allá y había algún cráter humeante.
El teniente Këller tenía un rasguño en la oreja, con sangre alrededor del cuello y la mejilla. Era un hombre bajo y de ojos huidizos. A su alrededor la sangre carmesí decoraba la nieve como a propósito, siguiendo algún caprichoso diseño.
-Siento importunarla de esta manera, señorita Diener, pero necesitamos un servicio de usted.
Teresa no se imaginó qué podía ser, pero asintió con educación y acompañó al oficial que se movía con dificultad por la nieve. Estaba empezando a nevar con fuerza.
Llegaron junto a un cadáver en concreto, a su lado un soldado se cuadró ante Këller. Teresa se fijó en que al cadáver le faltaban las piernas y reprimió un espasmo de náuseas ante el olor de la carne cocinada. A una orden de Këller, el soldado le dio la vuelta al cuerpo y Teresa vio la cara manchada de sangre y barro, tenía la boca entreabierta y le faltaban dos dientes.
-Siento que tenga que ver esto, señorita, pero este hombre dirigió el ataque y responde a la descripción de un terrorista muy buscado, en concreto, el señor…
-Es él.- Teresa habló con una voz fuerte que no esperaba ni ella.- Nunca olvido una cara que he retratado.
Recordó al hombre muerto, más joven y más vivo, cinco años atrás cuando lo retrató en el Palacio de Siegestadt. Había sido su primer encargo oficial y estaba muy nerviosa. El rudo capitán de los pretorianos se portó muy bien con ella y fue más paciente que muchos nobles y ricos. Tras su traición y desaparición retiraron el cuadro de la galería imperial, para disgusto de Teresa. Ahora estaba allí tirado, sin piernas y muerto.
-Es él, sin duda. Es Edward Krammer.- El Teniente sonrió imaginando las alabanzas que recibiría por abatir al villano y Teresa volvió a la fortaleza esquivando cadáveres y recuerdos.

2 comentarios:

  1. Sigo pensando que en algún momento aparecerán prusianos en zepelines a pedales.
    Por lo demás, esta parte marca más la ambientación y deja intuir del personaje más que los otros (o eso o que al ser la tía buena de la historia me ha gustado más.)

    Y bueno, esta tía pensaba en eroticidades cuando llega el té, y a Tobías le gustaba menear su café en el carro...todo indica que tendrán un encuentro que acabará en asuntos de alcoba. Yo lo dejó ahí...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. "-¿Cómo va la nueva obra maestra que los desdichados estudiantes del futuro tendrán que estudiar maldiciendo tu nombre, querida Teresa?"

      Creo ver a más de una de mis hermanas plasmadas en un mismo personaje jaja

      Eliminar