lunes, 30 de abril de 2012

10. Una habitación anónima


Addler despertó bañado en dolor. Sentía que le apuñalaban cada pliegue del cerebro como un cristal ardiente empapado en sal. Volvió a dormirse.
Durante algún tiempo, no podría determinar cuánto, su vida fue una espiral de dolorosos despertares y confusos desvanecimientos, quedando siempre la sensación de que le faltaba algo. En mitad de los sueños deformados  y las pesadillas dolorosas recordaba un rostro femenino reconfortante que le daba de beber y le ponía trapos en la frente, pero siempre se desmayaba antes de poder decirle algo. En sus sueños primero tomó la forma de María, la chica de ébano de Oreyana, pero cuando recordó lo que le había hecho a esa pobre mujer, cambió de forma y se transformó en Astrid, que le acariciaba el rostro con sus bucles dorados, hasta que recordó lo que esa zorra le había hecho, y tomó la forma de su madre, la única mujer que nunca traiciona a los hombres y en la que siempre piensan antes de morir, por mucho que las novelas románticas se empeñen en lo contrario.
Un día despertó y el dolor era un vago eco de lo anterior. Ya no estaba bañado en sudor ni con una lanza atravesándole la cabeza. Se incorporó y lo consiguió. Tras un minuto de mareo, enfocó la vista y se fijó en que estaba en una habitación con las paredes encaladas. Se miró, desnudo de cintura para arriba y tapado con una gruesa manta hasta la cadera. Cuando se disponía a prepararse para bajar las piernas al suelo, la puerta que había enfrente de la cama se abrió y entró una mujer.
-¡No te bajes! ¡No estás preparado aún!
Addler se quedó paralizado mirándola. Parecía una campesina cualquiera del Imperio, con ese vestido marrón de tela basta que llegaba por debajo de las rodillas y dejaba los brazos al aire. Llevaba el pelo recogido en un moño con una varilla metálica como sujeción. Era morena, con la piel tostada de trabajar al aire libre y los brazos definidos. Sus manos no eran finas, ni delicadas, como las de las damas imperiales, sino de dedos fuertes y uñas cortas, con el filo negro de manipular madera o tierra. Sus ojos eran dos pozos de negrura brillantes, que dejaban paso a una nariz un poco más grande de lo apropiado y a unos labios carnosos sin pintar.
-Aún estás enfermo, no deberías levantarte hasta que estés preparado.
-¿Quién eres y dónde estoy?
-No hagas tantas preguntas, hombre volador, estás con quien te ha salvado la vida, en el lugar donde casi mueres.
Claro, el avión. Ahora empezaba a recordar el descenso terrorífico hacia el lago de plata y el golpe… Una ola de miedo lo obligó a cerrar los ojos.
-¿Estás bien? ¿Te has mareado?-La mujer se acercó.- Túmbate.
Le apoyó las manos en el delgado pecho y lo empujó con fuerza para que se tumbara.
-Debes descansar.
-¿Quién eres?
-Me llamo Erika Eriksson y te he salvado la vida.
-Gracias Erika.- Su voz sonaba cada vez más pastosa.- ¿Eres doctora?
Ella se rió durante un momento, con su tono de voz grave.
-Soy doctora de cerdos y de gallinas. También de caballos. Tu eres lo más complejo que he tratado hasta ahora.
Addler no pudo más que reírse pensando en que seguía vivo después de pasar por manos de esta veterinaria de pueblo.
-¿Y dónde estoy, Erika Eriksson?
-Estás al noreste del macizo central, en territorio sublevado. Ahora eres prisionero de la Reunión de Obreros Libres.
Dijo todo esto como si sus implicaciones no fueran nada importantes.
-Yo soy un Imago de Emperador y tengo el deber de luchar contra esta rebelión y sus instigadores, utilizando mis conocimientos y mi autoridad para reducirlo todo a cenizas si es necesario.
El guantazo lo pilló desprevenido. La chica se movía rápido y la mano le impactó en la mejilla con un sonido chasqueante. El dolor volvió a la cabeza como un trueno y Addler se dejó caer con una sonrisa en los labios. No era la primera vez que lo abofeteaba una mujer. Aunque esta vez había sido la más fuerte.
-Te hemos salvado la vida, yo te he salvado la vida, y eres nuestro prisionero. Utilizarás todo tu poder, ya que tu autoridad vale tanto como una mierda de ave, para ayudar a la rebelión y pagar tu deuda.
-Sí, señora.
Antes de terminar la frase saltó hacia la mujer reuniendo sus energías. Siempre había sido rápido y la pilló de improviso. La agarró por los hombros y la empujó hacia atrás, fuera del camastro. Comenzó a girar las piernas para ponerse de pie mientras la empujaba hacia el suelo. Apoyó la pierna derecha y la chica comenzó a ceder mientras abría la boca con sorpresa. Apoyó la pierna izquierda y… se tropezó y cayó.
Se derrumbó en el modesto suelo de madera y paja y se golpeó en el hombro. Se incorporó y la mujer ya le apuntaba con una pistola de aspecto anticuado. Se miró las piernas buscando el motivo de su fallido ataque y… vio el muñón. Su pierna izquierda acababa en un muñón vendado con lino.
Miró a la mujer con cara interrogante.
-Hubo que apuntarte para salvarte. Te he salvado la vida y eres nuestro prisionero. No dudes que pagarás por nuestras atenciones y ayudarás a la rebelión. Tu castigo por atacarme será subir a la cama sólo. Adiós.
Se marchó por la puerta de la cabaña y Addler se quedó desolado, mirando el techo de madera mientras unas lágrimas le resbalaban por la cara.

viernes, 27 de abril de 2012

9. Río Negro


9.
El secretario del Correo Imperial, portador del sello imperial, señor de las llaves y las vías tenía un frío del carajo. Río negro estaba muy al norte, tanto que era la última ciudad bajo control imperial antes de pasar a las grandes llanuras de las tierras altas de Laurea del norte. Al este el gran océano Kaisereich era una alfombra de gris y verde claro. Hasta hacía setenta años se llamaba océano Círico, por Cirio, el dios Dílico de los mares, pero el abuelo de nuestro buen amado emperador había decidido que necesitaba un nombre más digno e imperial.
El tren se detuvo con un chirrido de los frenos y un oscilante traqueteo en el andén. William había conseguido que no viajaran en un tren oficial, de esos que llevan el escudo y los colores de Siegestadt y que un una zona de rebelión como esta le parecían una diana sobre raíles. A cambio se movían en un tren de mercancías al que le habían añadido un vagón de pasajeros que, evidentemente, estaba diseñado para climas más benignos. El frío se colaba como una maldición por las ventanas  y por los suelos de madera, ateriendo a los pasajeros hasta los huesos. Los pasajeros no eran muchos, el propio William, un par de soldados de escolta que tenían cara de preferir estar cavando zanjas en Oreyana, y la persona que menos le gustaba a William en cien trenes a la redonda, Leo Strugger, Coronel de la Guardia de Corps de su majestad el Emperador.
Strugger había insistido en acompañar a William para interrogar personalmente al último terrorista superviviente de los ataques que se habían sucedido hacía cinco días contra las fronteras imperiales. William estaba seguro de que no había venido por voluntad propia, sino empujado por algún mandamás, como ese despreciable secretario de guerra…
Apartó los pensamientos de odio de su cabeza con una negación y pensó en un rebosante tazón de sopa caliente, un pensamiento que lo colmaba de amor y anhelo. Y en eso estaba, envuelto en todas las pieles que llevaba, cuando el tren terminó de frenar. Los soldados se pusieron en pie, saludaron y se marcharon para abrir las puertas y coger los equipajes. William salió primero del compartimento y vio que las ventanas del pasillo estaban totalmente escarchadas. Caminó pesadamente hasta la puerta y bajó al exterior con cuidado de no resbalarse en ningún escalo. Cuando tocó tierra firme exhaló una varada de vapor y miró hacia la ciudad. La estación estaba en una loma y permitía una buena panorámica de la localidad. Lo que vio lo dejó sin aliento.
La parte del puerto y el barrio portuario había dejado de existir, convirtiéndose en un recuerdo chamuscado de las casas y edificios que antes había. El resto de la ciudad, que era de un tamaño medio, unos cien mil habitantes, estaba oscura y deprimida, con incendios a medio extinguir. Se veían cuerpos en las calles, como puntos en la nieve, y grandes movimientos de tropas y vehículos.
Cuando se recuperó de la impresión vio que a su derecha estaba el comité de bienvenida, formado por cinco soldados en uniformes de invierno y un viejo medio encorvado con un gran abrigo de oso y armiño. El viejo se le acercó con paso vacilante. Estaba totalmente calvo y tenía la nariz grande y redonda.
-Bienvenido a Río Negro, Herr Blonde, lamento que tenga que visitarnos en nuestra hora más triste.
-Creía que su hora más triste había sido cuando el Imperio los arrasó y les obligó a reconstruirse, pagándolo ustedes, hace cien años.
-Sí, eh, bueno, es nuestra hora más triste al servicio del imperio.
William enarcó una ceja y caminó hacia el edificio de la estación, donde los esperaba un vehículo militar a motor de vapor. El viejo se quedó atrás, recibiendo a Leo Strugger. William esperó hasta que ambos subieron al vehículo, quedando bastante apretados en la cabina.
El viaje transcurrió en un incomodo silencio, con Leo en medio de William y el viejo, que dijo llamarse Sir Locker. El vehículo militar no tenía ventanas y al restar la sensación de viajar, el paseo duró muy poco. Se detuvieron delante de un gran edificio de piedra, manchado por generaciones de humo y bajaron del vehículo. Dos guardias armados los saludaron en la entrada y les abrieron las pesadas puertas de madera de roble.
Los condujeron por una serie de pasillos de mármol y bronce, con lámparas de petróleo ardiendo en las esquinas hasta una sala de alfombras rojas y escudos imperiales pasados de moda, todavía con el águila bicéfala.
Allí los recibió el gobernador de Río Negro, un hombre obeso con un uniforme almidonado hasta lo innecesario que despidió a Locker con un ademán de la mano.
-¡Bienvenidos a Río Negro! Soy Grundar, el gobernador de la ciudad. –Abrió los brazos como si Río Negro fuera aquel edificio pasado de moda, en medio de las ruinas y los incendios.
-Veo que han tenido ustedes serios inconvenientes últimamente. –Leo le sacaba tres cabezas al gobernador, aunque en realidad le sacaba tres cabezas a todo el mundo, como poco.
-Sí, es despreciable. Nos atacaron con todo lo que tenían y se retiraron con el rabo entre las piernas, dejando sólo cadáveres y un herido.- Tenía una voz bastante aguda para tanta masa corporal.
-También les dejaron la ciudad en ruinas.- William hoy tenía un humor de perros.- La ciudad del Emperador.
-Fue un gran ataque, excelencia, utilizaron barcos pequeños y desembarcaron vehículos en el puerto, nos costó mucho repelerlos.
-¿Dónde está el Coronel Ygorsenn, responsable de la guarnición? –Preguntó Leo.
-Lamentablemente el Coronel Ygorsenn murió valientemente durante el ataque, encabezando una carga en la calle de los toneleros. Ahora Locker controla al ejército. –Miró a Leo a los ojos.- Hemos tenido muchas pérdidas.
-Bueno, acabemos con esto cuanto antes, ¿Dónde está el prisionero superviviente?
-¡Oh, lo lamento, excelencias! Ha muerto.
William tuvo que contener las ganas de ahogarlo, aunque dudaba que pudiera con esas papadas. Leo dio un paso hacia el gordo.
-Se le ordenó que lo mantuviera con vida. –Era casi una amenaza.
-Lo intentamos, excelencias, lo intentamos, pero estaba gravemente herido.
-¿Dónde está el cuerpo?
-¿Del terrorista?
-De Krammer. –Respondieron Leo y William a la vez.
-Lo tiramos al mar señores, estaba descomponiéndose.
Leo escupió en el suelo, con una terrible falta de educación y de respeto por las desmadejadas alfombras y se giró para marcharse. William habló antes de irse.
-Tendrá noticias de Siegestadt, gobernador.
Siguió a Strugger por los pasillos y volvió a salir al exterior, donde esperaba el vehículo militar. Leo ordenó al conductor que bajaba y se puso él mismo a los mandos. Arrancó y no habló hasta pasados cinco minutos.
-Creo que todo esto es  una artimaña, Herr Blonde.
-¿Por qué piensa  eso, coronel?
-El coronel Ygorsenn era un pazguato cobarde, estudió conmigo en Monte Nevado. Casi no sabía lo que era una carga y mucho menos hubiera dirigido una. Además, la calle de los toneleros está muy adentro en la ciudad, no en la zona del puerto, donde se batalló. Lo que me hace pensar que ese supuesto gobernador no es de aquí.
-¿No tenemos registro fotográfico de los funcionarios, ni sus huellas oculares?
-No se me ocurrió traerlo, ¿Y a usted? – William negó con la cabeza.
-Además, han hecho desaparecer al terrorista y al cuerpo de Krammer, contraviniendo órdenes directas.
-Mierda, lleva usted razón, coronel. ¿Qué vamos a hacer?
-Esta es mi idea: Yo permaneceré en la ciudad, llevando a cabo investigaciones vacía sobre las cuentas y los impuestos, revisando material militar y cosas sin importancia. Recabaré información en secreto y buscaré puntos débiles.
-¿Y yo?
-Usted se marchará ahora mismo en el tren. Cuando llegué al intercambiador de Loblenz, ordenará que se detengan y enviará un cable a Saint Mountain con código palatino, ordenando la movilización del Duque. Se dirigirá allí y volverá con Herr Reichtoffen. Estoy seguro de que al Duque le encantará encargarse de estos traidores e invasores.
-Me parece un buen plan, así lo haremos.
Llegaron a la estación y salieron al frío exterior. Las siguientes dos horas fueron una confusión de imponer sus rangos, gritos y órdenes de Strugger, acidez de William y amenazas de cortes marciales. Al final, al anochecer, accedieron a darle la vuelta al tren y mandar a William de vuelta. Para cuando terminaron era noche cerrada.  Si eran traidores de verdad, no dieron prueba alguna de ello.
William saludó a Strugger por lo militar y le estrechó la mano, admirando el valor del coronel que sustituyó a Krammer tras su traición.
-Tenga cuidado, Blonde.
-Lo mismo digo, Coronel.
-No se preocupe por mí.
Horas después, cuando William dormitaba en el tren, una pensamiento le llegó a la cabeza: ¿Por qué tanta prisa, por qué Strugger y no él para quedarse, por qué a Saint Mountain? Se quedó dormido antes de encontrar una respuesta.

miércoles, 25 de abril de 2012

8. Yunisa, colonias orientales.


Kevin McAllister sudaba a chorros dentro de la armadura. En la Academia de Monte Nevado le habían hablado de cómo soportaban las armaduras de combate los climas extremos, de cómo un hombre en armadura Titán podía caminar en medio de un glaciar sin sentirlo. Bueno, pues ahora había descubierto que eso era una mentira como una catedral. A cuarenta grados la armadura se recalentaba como una cacerola puesta al fuego y quizás ella no lo notara mucho, pero Kevin iba a morir en breves deshidratado si no se movía pronto.
Kevin y otras dos armaduras Titán estaban a punto de atacar un maldito campamento rebelde, en la última selva de mierda, de la última isla de mierda en la última colonia oriental que tenía el Imperio en el más caluroso mar del planeta. La isla de Yunisa proporcionaba algodón al Imperio y era una absoluta prioridad que fuera sumisa y la producción constante. Pero desde hacía dos meses los esclavos negros y los mulatos descendientes de decenas de años de mestizaje se habían sublevado contra el Imperio que los dominaba. En Yunisa las cosas se habían salido de madre y el poder imperial había perdido todo el territorio a excepción del puerto, en el que estaban desembarcando miles de soldados y vehículos del 7º ejército colonial, junto con cuatro globos de guerra. Los globos de guerra eran bastante inservibles en las selvas y el aplastamiento de la rebelión se estaba llevando a cabo con infantería y armaduras de combate, ya que los vehículos de ruedas también se quedaban atascados en los cenagales y entre los gigantescos árboles.
Kevin había llegado desde la base en la gran isla de Nexthour hacía una semana, cuidando en todo momento de que su armadura “Elisa”, fuera debidamente embalada. La armadura de combate era para su piloto como el caballo para su jinete y la mayoría de los pilotos le ponían nombre de mujer, para cuidarla mejor. Elisa era un modelo Titán, recién pintada de verde, en la vía del revolucionario concepto del camuflaje de combate. Estaba totalmente presurizada y podía soportar un ataque con gases durante cinco minutos. Llevaba una ametralladora de cuatro cañones al hombro, un lanzallamas en el brazo izquierdo y el brazo derecho no tenía mano, sino que el piloto introducía el puño para manejar una hoja de acero diamantino de un metro de longitud. Tenía dos acumuladores tesla a la altura de los riñones, protegidos por tres centímetros de acero, que le daban energía para moverse y disparar las armas, y se recargaban con el propio movimiento de la armadura y el rotar de los cañones de la ametralladora. Su última arma eran unos disparadores mecánicos que lanzaban cuatro cápsulas de gas mostaza alrededor de la armadura, permitiéndole huir de un combate comprometido. Era el jodido dios de la guerra.
Y hacía un calor de muerte. Otra gota le cayó por la frente, resbalándole por nariz. A su alrededor la selva era verde y opresiva, y todo estaba en silencio. Desde su posición podía ver la primera cabaña de madera y adobe de las que formaban el campamento rebelde, que antes había sido el centro de una plantación de algodón que se encontraba más al norte. Su objetivo era buscar y destruir, entrar, matarlos a todos y quemarlo todo. La nueva política para acabar con la rebelión era incisiva y tajante.
Giró la pesada cabeza y miró a través de los cristales de aumento a su comandante, camuflado veinte metros a la derecha. Éste asintió levemente con la cabeza y Kevin comenzó a andar pesadamente. Las armaduras Titán no eran sigilosas para nada y tres moviéndose a la vez generaban un  ruido que se podría oír en las calles de Coblenga en ese momento. En cuanto comenzaron a moverse se escucharon gritos de alarma en un idioma que Kevin desconocía. Llegaron a la zona del poblado y Kevin vio que lo habían reforzado con zanjas y estacas, algo que no servía de nada contra armaduras clase titán. Negros y mulatos vestidos como campesinos salieron de las cabañas y comenzaron a disparar contra los tres asaltantes. Eran anticuados rifles  de retrocarga y las balas rebotaban contra el grueso blindaje de Elisa con el ruido de una cuchara golpeando un vaso de crista, aunque multiplicado por diez. Continuó avanzando hasta que llegó a la primera cabaña y abrió fuego con el lanzallamas. La madera era muy inflamable y el fuego se propagó rápido por la choza. Salieron más hombres de dentro y Kevin los abatió con un zumbido de la ametralladora. El Comandante Charles vigilaba su espalda a la derecha y el Teniente Mike el flanco izquierdo, mientras Kevin avanzaba en punta. La batalla se convirtió en un movimiento sistemático de quemar y disparar, intercalado con breves momentos de apuñalar y rajar con la hoja de la armadura. Todo se vuelve bastante impersonal cuando no te pueden hacer absolutamente ningún daño, sensación que tiene los pilotos de globos de guerra y los de las armaduras de combate.
El poblado era más grande de lo que habían pensado y giraba en ele hacia la selva. Atravesaron el recodo mientras les disparaban y devolvían el fuego. Les tiraron una especie de botella incendiaria y el fuego baño la armadura de Kevin, entorpeciéndole la vista. Esperó a que se extinguiera por falta de combustible y continuó, girando el recodo.
Un edificio de piedra blanca lo presidía todo. Debía ser la oficina del administrador de la plantación. Desde las ventanas de la primera y segunda planta les llegaban más disparos. Algunos sonaron más graves contra el blindaje del pecho y Kevin reparó en que era una ametralladora de posición. Colocó el brazo de la espada delante para protegerse de los impactos que le impedían avanzar y barrió las ventanas con la ametralladora.
Se giró y buscó a sus camaradas sin éxito, y supuso que se habían quedado detrás del recodo, acabando con los últimos rescoldos de resistencia negra. “Acabaré de una vez con esta mierda” pensó mientras se dirigió a la casa blanca.
Algo muy fuerte lo golpeó en la espalda y casi hizo que perdiera el equilibrio. Trastabilló hacia adelante y no se tropezó por poco. Golpeó los dos talones entre sí y las anclas hidráulicas lo fijaron al suelo con un siseo. Continuó disparando contra la casa, aunque ya no le devolvían los disparos. Desconectó las anclas con un golpe en la cadera y se giró.
Sólo pudo ver la estela cuando el proyectil le impactó en el pecho. Notó como las capas de metal se agrietaban y se quebraban, pero no le dejaron la carne al descubierto. “¿Qué cojones está pasando?”, pensó mientras retrocedía para reunirse con las otras dos armaduras. Más balas le impactaron en los brazos y la cabeza, pero siguió caminando.
Cuando volvió a dar el recodo vio una escena que era el terror de los pilotos de armaduras. El comandante Charles estaba en el suelo pataleando por levantarse mientras cuatro sujetos empalados le inmovilizaban la hoja de la espada. La ametralladora estaba suelta y en el suelo y el lanzallamas siseaba sin munición. Estaba rodeado de cadáveres enemigos, pero no podía levantarse. No se veía a Mike por ningún sitio. Intentó acercarse cuando otro golpe inmenso lo atropelló por la derecha. Se ancló al terreno justo antes de caer y se quedó inmóvil, recuperando la respiración y escuchando el siseo de la armadura, que en este tipo de guerra equivalía a un informe de daños de un oficial de máquinas. Y el informe decía que la armadura estaba muy dañada.
Kevin apareció moviéndose todo lo rápido que se podía mover una armadura andando hacia atrás. Estaba vaciando los cargadores de la ametralladora hacia un objetivo que Kevin no alcanzaba a ver. Escuchó más voces a la derecha y se fijo en la selva que rodeaba el poblado, de donde salían más enemigos hacia ellos. Intentó girarse para disparar y recordó que estaba anclado. “Vamos, vamos, no te pongas nervioso”. Cuando desactivó las anclas fue demasiado tarde. Otro proyectil de estela le impactó en la cadera y le rompió la articulación de la armadura. Giró el lanzallamas y algo muy fuerte lo sujetó, quebrándolo. La armadura dejó de sisear cuando el acumulador tesla se apagó y Kevin quedó atrapado dentro.
Hizo un esfuerzo de voluntad y giró el cuello, que sin la ayuda hidráulica de la armadura, le pesaba setenta kilos. Una armadura pintada de negro le sujetaba el lanzallamas con un puño enorme. Tenía una gota de sangre roja pintada en el pecho y llevaba una especie de tubo de dos metros en el hombro. El otro brazo era un escudo de dos metros de altura. Golpeó a Kevin con el escudo con una fuerza que habría hundido una fragata y lo derribó al suelo. “Se acabó, estoy muerto”. Ya no se oían los disparos de Mike y él sólo podía ver el cielo a través de las rendijas del casco. Se quedó así durante cinco minutos, pensando qué diablos hacer.  
Finalmente notó prensión en el lado derecho y escuchó un sonido chirriante. Reconoció como sonaban unas cizallas industriales y supo que estaban abriendo a Elisa. Terminaron el trabajo y le quitaron toda las placas excepto los brazos y las piernas, dejándolo inmovilizado en el suelo. Cuando le quitaron el yelmo, el sol lo deslumbró y entrecerró los ojos, resollando y exhausto hasta que una sombra lo arropó. Consiguió levantar la cabeza y vio que la armadura negra estaba delante de él, con el visor retirado. El piloto se veía ridículamente pequeño rodeado de todo ese metal. Era rubio, con los ojos azules y una cara angulosa. Sonrió.
-Ríndase, piloto de la Elisa. Si lo hace, ni usted ni su armadura sufrirán más daño y quedará bajo mi custodia como mi prisionero.- Kevin hizo un esfuerzo por no parecer asustado mientras evaluaba si se había cagado.
-¿De quién me tengo que considerar prisionero, piloto y armadura? – Era la fórmula habitual para dirigirse a otro piloto desconocido, que debía contestar presentando también a la armadura.
El hombre rubio sonrió casi sinceramente, con una boca perfecta y habló:
-De la armadura clase Retribución de nombre Libertaria, y de su piloto, Edward Krammer, general rebelde.
“Joder,  ahora sí que la hemos cagado”. Pensó mientras miraba al traidor, a su enorme armadura y recapacitaba en cómo había derrotado a tres Titanes él sólo. Decidió irse por lo grande y reunió todo el valor que le quedaba.
-Encantado de conocerle, general Krammer, soy un gran admirador de su obra.
Krammer sonrió una vez más y algo dejó inconsciente a Kevin. 

lunes, 23 de abril de 2012

7. Palacio Imperial en Siegestadt.


7.
El infante estaba enfermo, siempre lo había estado. Desde que Tobías conoció a su hermano cuando éste todavía era una miniatura de carne rosada llorona, siempre había tenido algún achaque que había hecho de él una criatura desgraciada y afligida. Hoy el niño tenía un aspecto de comadreja pelona, con esa piel pálida y las ojeras típicas de la gente que no goza de buena salud. Tobías sentía más pena que cariño por la criatura, pero aún así, sabía que él era un gran referente para el niño y lo visitaba siempre que podía, regalándole chucherías y cosas que lo alegraban. No creía que viviese mucho más.
Sin embargo su preceptor era tan duro con el pobre niño enfermo como ya lo había sido con Tobías, aunque éste hubiera sido en su infancia todo un “cabroncete” en palabras de su hermano mayor, el heredero del Emperador.
-¿Cuánto mide el Imperio, Richard? –El viejo siempre pronunciaba el nombre del niño como si escupiera la última sílaba.
-Eeeh…-Richard miró a Tobías con una media sonrisa, suplicando ayuda.
-Un…-Tobías comenzó la frase para ayudarlo. Hoy estaba en la clase de letras como acompañante, sabiendo la alegría que esto le causaba al niño.
-¡Un millón setecientos mil kilómetros cuadrados!-Chilló el niño cuando se acordó del dato.
-Bien, príncipe. O debería de decir, príncipes. Más. ¿Cuántos habitantes tiene?
-Esta me la sé. Doscientos millones.
-Catalogación.
Richard se mordió el labio inferior haciendo un esfuerzo por pensar. Cuando Tobías fue a abrir la boca el niño negó con la cabeza y cerró los ojos. “Por lo menos tiene voluntad” pensó Tobías.
-Ciento veinte millones de ciudadanos, cincuenta millones de colonos, veinte millones de extranjeros respetables, tres millones de militares, cuatro millones de sacerdotes, funcionarios, policías e Imagos; dos millones de nobles y un millón de parias.
-¿Dos millones de nobles? ¿De dónde salen?- Tobías estaba extrañado, cuando él estudiaba sólo eran un millón ciento cincuenta mil.
-Vuestro padre está recompensando largamente a sus servidores, amén de que las familias nobles se reproducen con verdadera prodigalidad. Pero ya sabréis que sólo unos diez mil ejercen verdadero poder, los otros son familiares, clientes, pequeños caballeros sin tierras y mucho noble de título, incluso altos y medios y funcionarios que deberían figurar en la otra clasificación. –Tobías asintió, asimilando como podía el Imperio manejar esas cifras.
-Continuemos. ¿Cuántos años tiene el Imperio?
La respuesta fue rápida.
-Trescientos cincuenta y siete años hacemos el próximo mes de Cosecha.
-¿Dinastías?
-Durante el primer siglo la Walters, que fue depuesta tras el interregno militar por la Hansson, siendo restaurada en el trono la Walters con el nombre de Walters-Kingston. Es decir, nosotros.-El maestro asintió sin dejar de tomar nota de las palabras del niño.
-Se te da bien la historia, ¿Querrás venir conmigo para ser mi asesor histórico en Aélica?
-¡Sí! ¡Me encantaría ver Aélica, por favor!
El maestro chistó y lanzó la siguiente pregunta como una lanza.
-Componentes de la dinastía Walters-Kingston.
-Enmanuel, Charles, Robert, Richard, Tobías, Florence y Heinrich, mi señor padre.
El buitre volvió a asentir y miró al niño directamente.
-Las cinco ciudades más pobladas.
-Aélica, Ion, Terrafur, Oreyana y Siegestadt.- Cuando el maestro asintió Richard soltó un chillido de excitación. –El maestro me hace preguntas cada vez más difíciles, si acierto dos más habré batido mi record.
-Ya lo veremos. ¿Organización del ejército Imperial?
-¿Orgánica o funcional? –Esas palabras en labios tan pequeños a Tobías le resultaban muy cómicas.
-Funcional
-Siete ejércitos actúan de forma permanente en el Imperio, cuatro en las fronteras cardinales, uno de guarnición interior, otro de reserva y el último en las colonias orientales. Cada ejército cuenta con tres divisiones, teóricamente formadas por ciento cincuenta mil hombres cada una, a su vez compuestas por diez regimientos de quince mil efectivos, más apoyo logístico, aéreo e ingeniero.
-¡Muy bien! Siempre se te olvidaba el apoyo ingeniero, recuerda que nuestros ejércitos permanecen invictos gracias a nuestra tecnología superior.
-Y a que tenemos el doble de soldados que las dos siguientes naciones juntas. –Tobías dijo esto con socarronería pero se volvió a sentir como un niño de ocho años bajo la mirada que el maestro le dirigió.
-De acuerdo, príncipe, una más y habréis vencido. ¿Qué tiene el sol que envidia la luna?
Tobías sonrió por lo bajo. En Aélica, la respuesta popular a esa pregunta era “La visión de las aelicanas en la playa medio desnudas”, pero  en realidad era un dicho Imperial muy común.
-La visión de un Imperio al que siempre alumbra, pero esa es muy fácil, no vale, hacedme otra.
El maestro rió entre dientes y habló como sentencia un juez.
-Los siete preceptos de la filosofía de Grünner y su entrelazamiento.
El niño resopló con disgusto y se cruzó de brazos.
-Odio la filosofía.
Algún rato después, cuando ya se llevaron al niño en su silla de ruedas, Tobías se quedó a solas con el maestro, que para todo aquel no se era su alumno, se llama Ian. Tobías seguía llamándolo maestro.
-Así que has venido por ese turbio asunto con Krammer, ¿verdad? - Tobías se sorprendió de que el viejo tuviera esa información que estaba catalogada de secreto imperial. El maestro debió ver la sorpresa en su cara.
-Soy uno de esos tantos millones de funcionarios, nos enteramos de todo. Es una cosa fea, una amenaza verdadera contra el Imperio. Pero puede traernos algo bueno.
-¿Por qué iba a ser así? Ni siquiera entiendo por qué me han hecho venir desde Aélica con el cuerpo, cuando podrían haber traído alguno más cercano.
-Bueno, Leo Strugger comentó en el casino a mí y a un reducido círculo de sabios –Se río después de decir “sabios”.- Que es el que más entero ha quedado, así que tendría sentido una exploración de éste, ya que el de Coblenga se ha perdido por el camino.
-¿Se ha perdido?
-Los huelguistas detuvieron el tren y ante la amenaza de perderlo o que se pudriera, lo destruyeron.
-Comprendo. Lo que sigo sin entender es que ventaja puede tener esto para el Imperio.
-Para el Imperio no, joven Tobías, para la familia Imperial.- Tobías casi encogió la cara de vergüenza al volver a estar frente al maestro examinador y no entender nada.
-¿Cómo es eso?
-Desde que esa enfermedad postró a tu pobre hermano en la silla, nada de lo que hayan podido hacer nuestros médicos, ingenieros ni sacerdotes lo ha ayudado. Nada. Lo más cerca que estamos de mejorar su vida es ponerlo en una armadura de combate que se controle sólo con las manos y eso no es muy recomendable. Pero ahora, de golpe y de pronto, aparecen sesenta y nueve cadáveres idénticos por todo el Imperio. ¿Qué te dice eso?
Tobías comprendió.
-Si pudiéramos clonar la médula de Richard, podríamos curarlo, mejorar su vida.
-¿Y si eso funcionara? –Tobías también se dio cuenta.
-Curar para siempre las enfermedades de la familia Imperial, Padre sería inmortal.
-Bueno inmortal no, se acabaría volviendo loco o sufriendo una muerte fulminante, como un infarto, pero seguro que con la venia de Dios, viviría y reinaría cincuenta años más.
Tobías se estremeció al pensarlo.

sábado, 21 de abril de 2012

6. Fortaleza de Torre Helada


6.
“Recuerda, Teresa, las verdaderas damas no aparentan tener miedo”. Su madre le había dicho esa frase cuando era pequeña cada vez que había un evento importante o algo la ponía nerviosa. Ahora Teresa estaba totalmente atemorizada, con un rumor de nervios en el estómago y un cosquilleo en la parte de atrás de la cabeza, pero hacía todo lo que podía por parecer despejada y serena. Torre Helada estaba bajo asedio desde hacía dos días, desde poco después de que descubrieran el cuerpo de Krammer en la nieve y enviaran al cable desde la fortaleza. Tres horas después el centro de artillería alpino que cubría el flanco de la torre envió una petición de auxilio fragmentada y cortó las comunicaciones. A partir de ahí habían comenzado a llegar ultimátum de rendición cada dos horas. Habían sufrido dos intentos abortados de atacar las murallas y los bombardeaban esporádicamente con morteros. El Teniente Këller había ordenado el zafarrancho de combate y había recluido a Teresa y a Astrid, junto con las cuatro cocineras y diez mozas y costureras en la bodega, bajo la vigilancia de Ferdinand. Habían enviado una petición de ayuda por cable, pero no sabían si había llegado, ya que no se había acusado contestación. Këller también pidió dos voluntarios para atravesar a caballo la nieve e intentar llegar el mensaje a Hollieriver, el pueblo más cercano. Dos soldados salieron y no sabían nada de ellos aún.
Pasaron dos días de sitio más. La guarnición de Torre Helada normalmente era de cuatrocientos hombres, más la batería alpina, y ya habían perdido cien, entre muertos y heridos incapacitados. Cuando comenzaron a llegar los heridos a la bodega empezó el verdadero horror. Las campesinas y mozas reaccionaron y comenzaron a cortar vendas y hervir agua, suturando las heridas menores y apretando las manos de los soldados que morían en sus regazos. Teresa intentaba ayudar, incluso con los incómodos vestidos que tenía, hasta que sentía que se desmayaba si veía una gota más de sangre y entonces se iba corriendo a vomitar a algún rincón. “Mi madre me estaría matando a pescozones y pellizcos si viera la imagen que doy ante las pobres” pensó una vez entre arcada y arcada. Astrid ya no lloraba, y se limitaba a mirar un muro con la mirada perdida, asintiendo cada vez que Ferdinand se interesaba por ella.
En la media noche del segundo día asaltaron las murallas, amparados en la oscuridad, y consiguieron abrir la puerta por dentro tras un tiroteo y un duro combate cuerpo a cuerpo. El teniente Këller puso todas las cartas boca arriba y desplegó las dos armaduras de combate modelo Cercenador con que contaba la fortaleza. Revelaron estos valiosos recursos militares a los terroristas que los asediaban y consiguieron expulsarlos del patio de armas y volver a cerrar las puertas de veinte centímetros de grosor, pero el Teniente Këller murió dentro de una de las armaduras. Bajaron su cadáver a la bodega y el capellán ofició un funeral alumbrado por los alambiques de aceite, entre la sangre y la miseria, rodeado de mujeres manchadas de muerte y de soldados que iban a morir. El sargento Fernández asumió el mando, por ser el más viejo entre los sargentos que quedaban.
Al amanecer del  tercer día se acercó un vehículo de petróleo preparado para moverse por suelos helados. Llevaba una bandera blanca extendida en el capote y se detuvo a cincuenta metros de las murallas. Un hombre alto y enjuto bajó y extrajo un megáfono de latón.
-¡Defensores de Torre Helada! ¡Habla el capitán Bersson! ¡He venido a comunicarles que hemos capturado a sus dos correos y cortado el cable del telégrafo que tenían con Hollieriver! ¡No llegará ayuda de ningún tipo, pero todavía pueden sobrevivir a esto! –Hizo una pausa. -¡Si entregan a la mujer llamada Teresa Diener en el plazo de un día, será levantado el sitio y podrán marcharse con escolta nuestra hasta el pueblo!
Teresa había salido al patio de armas como todo el que podía andar a escuchar lo que tenían que decir los sitiadores. Todas las cabezas se volvieron hacia ella y la sangre comenzó a bombearle en los oídos.
-¡Si no la entregan, nos veremos obligados a tomar la fortaleza por la fuerza y a matar a todos y cada uno de los ocupantes! –El capitán Bersson miró un momento las murallas, guardó el megáfono y subió al vehículo, que se alejó marcha atrás hasta que quedó oculto tras una loma de nieve.
Ferdinand sujetó de repente a Teresa por el brazo y la obligó a seguirlo por los pasillos de la fortaleza hasta el salón principal, donde habían montado el cuartel general de la defensa, si es que se podía llamar así a las mesas desperdigadas con platos de comida, mapas y hombres durmiendo en sillas. Ferdinand fue directamente hacia el sargento Fernández.
-¿Piensa usted entregar a esta mujer, sargento?
Fernández levantó los ojos del mapa que estaba estudiando y miró a Teresa directamente. Por un momento a la mujer le pareció que el sargento estaba  dudando seriamente.
-No, no voy entregar a Frau Diener, que es amiga personal y artista de cámara del Duque de Saint Mountain, mi señor y el de todos nosotros, sólo por debajo del emperador.
-Eso me parecía. –Ferdinand tenía la mano sobre el pomo de la espada.
Pasó una semana más. Comenzaron a racionar la comida y Teresa tenía hambre todo el rato. Ferdinand no la dejaba sola nunca y ella notaba cómo la miraban todos, especialmente los  heridos, que sabían que con entregarla tendrían una oportunidad. Ella no tenía ni idea de por qué la querían los terroristas. Sólo era una pintora, ni siquiera muy famosa y no tenía información de valor sobre nada importante. Nadie le preguntó qué pensaba, pero estaba segura de que todos estaban haciendo sus apuestas sobre por qué se organizaba un ataque a esa escala sólo por una pintora.
Las reservas comenzaron a ser un problema. Una vez al mes, un pequeño globo mercante traía las bodegas cargadas hasta la fortaleza por orden del Emperador. Faltaban tres días para la supuesta llegada del globo, pero nadie pensaba realmente que pudiera pasar el asedio, pues esos globos no estaban blindados y podía ser derribado en cuanto intentara aterrizar. El  hambre era ya un compañero a todas horas, lo que sumado al estrés de los bombardeos y los esporádicos ataques contra las murallas hacía que todos estuvieran al borde de un infarto permanente.
Dos semanas después del primer ataque los terroristas decidieron acabar con el asedio. Atacaron con todo lo que tenían, desplegando un pequeño globo de observación, tres vehículos semi blindados e incluso una anticuada armadura “Rayo”. Los ciento cincuenta soldados defensores contaron cerca de mil enemigos acercándose y cubriéndose en el panorama lleno de cráteres, cadáveres y repechos de nieve sucia. Rezaron sus últimas oraciones y cargaron los fusiles con manos febriles.
Ferdinando cogió a Teresa y a Astrid y las subió al dormitorio principal para alejarlas del ataque, aunque Teresa sospechaba que también de los defensores. Las metió debajo de la enorme cama y se marchó. Al poco rato se escucharon unos pasos estruendosos en las escaleras y Teresa pensó que era el final, hasta que vio entrar a Ferdinand embutido en la armadura Cercenador que quedaba. El metal broncíneo y plateado estaba sucio y manchado de sangre. El sonido de los pistones a vapor era constante y el chirriar de las piernas y los brazos, agudo. Ferdinand les dirigió una sonrisa nerviosa y se bajó el visor. Se volvieron a meter debajo de la cama, viendo solo los anchos pies la armadura apuntando hacia la puerta. El lanzallamas del brazo derecho soltaba una voluta de humo y la cincha de munición del derecho colgaba hasta la rodilla.
Fuera comenzaron a oírse explosiones y gritos, el cacareo al que casi se había acostumbrado y que significaba más heridos para la bodega. Miró a la derecha mientras Astrid se apretaba contra ella y alcanzó a ver la parte de debajo de la ventana, a unos cinco metros de la cama. Un globo pasaba como a cámara lenta, escupiendo fuego por su costado mientras descargaba bombas desde la panza. El sonido de las explosiones aumentó considerablemente. Si los terroristas tenían un globo de guerra, aunque fuera pequeño, estaban absolutamente perdidos y… ¡un momento! Teresa miró más atentamente, sacando la cabeza de debajo de la cama, y se fijó en el escudo que lucía el globo en su lado izquierdo, una montaña blanca coronada sobre fondo azul, ¡El escudo del Duque de Saint Mountain!, ¡Friederich había venido a rescatarla! Tuvo que contener un grito de alegría y abrazó a Astrid debajo de la cama.
Ocho horas después el Duque de Saint Mountain, Friederich Reichtoffen, había terminado con los terroristas, poniendo en fuga las últimas bolsas del asedio con un ataque de gases tóxicos. Había traído dos globos de guerra, uno pequeño, clase Martillo, el Aminalador, mientras él dirigía la batalla desde su nave insignia, el globo de guerra clase Meteorito, el Furioso. Cuando entró en el hall, aclamado por los supervivientes, en su armadura de ónice, a Teresa le pareció más apuesto que nunca. La miró directamente a ella antes de hablar:
-He venido a recogerte, querida, llegas tarde a nuestra cita.-Teresa recordó que tenía que haber vuelto a Saint Mountain hacia dos días. Corrió hacia el Duque saltándose todo el protocolo y lo abrazó con fiereza.

viernes, 20 de abril de 2012

5. Un tren entre Coblenga y Siegestadt


5.
El tren de Addler tuvo al final que detenerse por las protestas. Los obreros habían cortado la vía medio kilómetro más adelante y la policía estaba intentando dispersarlos con gases lacrimógenos, aunque deberían haber pensado que unos mineros que trabajan con ácido tendrían formas de protegerse contra eso. Empezó a llover y Addler se levantó desesperado, buscando algo que hacer, aunque se detuvo un momento cuando un ataque de tos lo dejó sin respiración. El reservado del vagón de primera clase era espacioso comparado con las habitaciones para ganado en las que iban los otros pasajeros, pero aún así no permitía estirar mucho las piernas.
El tren, con suelos de madera y ventanas enrejadas de metal cobrizo, formaba parte de la flota mercantil que llevaba grano desde las provincias occidentales hasta las orientales, más mineras e industrializadas. Le habían añadido este vagón de primera clase y un vagón frigorífico en el que Addler había conseguido meter el cuerpo de Krammer tras muchas discusiones y amenazas al jefe de la aduana en Coblenga, restregándole el anillo del zafiro en la cara, algo no muy recomendado. Ahora el cuerpo de Krammer iba en un sarcófago de cobre y zinc, aislante y al vacío, rodeado de sacos de trigo y vacas colgadas de ganchos. Si Krammer hubiera sabido que iba a acabar así se habría pensado dos veces lo que hizo.
Llegó al cuarto de baño y se enjuagó la cara y las manos, revolviéndose el pelo negro y luego peinándoselo lo mejor que pudo, que fue poco. Si los obreros cumplían con sus amenazas, las vías no se abrirían hasta que se revisaran sus condiciones de seguridad en los pozos, donde había un herido cada semana, y Addler tardaría días en llegar a Siegestadt. El cadáver seguro que no llegaría, pues más temprano que tarde los motores de frío fallarían y, por muy aislante que fuera el sarcófago, acabaría pudriéndose.
Volvió al pasillo y miró por la ventana del lado izquierdo del pasillo, desde donde se veía una campiña macilienta, gris y terrosa, salpicada por charcos y algunos reductos de pinos que se apretujaban como protegiéndose de la lluvia. Las montañas del Macizo Central no tenían fin y los metales que las preñaban llevaban formando parte del Imperio desde su creación, trescientos años antes. En medio del paisaje se veía un esqueleto gigantesco calcinado. Addler había oído antes de salir que los obreros habían abatido un globo de guerra, pero no lo había creído hasta ahora viendo la proa medio hundida en tierra y los restos de la lona y la cabina desparramados por el campo. ¿Cómo un grupo de famélicos mineros había conseguido tirar una máquina voladora de ese calibre? El instinto detectivesco de Addler se activó y pensó en sabotajes y ataques suicidas. El suicidio le parecía demasiado tajante para alguien que luchaba por algo, porque suponía el fin de la lucha, pero estaba claro que esa gente no tenía nada que perder, salvo unas míseras vidas que, de otra forma, acabarían en la oscuridad infinita de la mina.
-¿Imago Addler?
Addler se volvió y vio a uno de los encargados del tren, con cara de preocupación, acercarse por el pasillo. Addler asintió con la cabeza.
-S-señor, estamos detenidos en el intercambiador d-de Blue Ville. Hay un ca-cable para usted en la oficina de la estación. Señor. –El hombre tragó saliva.
Addler le dio las gracias y fue al reservado a recoger la gabardina y la maleta. ¿Qué demonios?, se preguntó, ¿Cómo podía saber alguien dónde estaba? El encargado tartamudo lo acompañó hasta la puerta y se la abrió, sin dejar de estudiarse los zapatos en ningún momento. Addler saltó del vagón y cayó justo en medio de un charco de barro, salpicándose los zapatos y los pantalones. Contuvo una blasfemia que habría hecho llorar a una monja y se dirigió bajo la lluvia al achaparrado edificio de la estación.
El texto del cable era claro y conciso, redactado con un aséptico estilo burocrático: “Imago Addler, stop, no podrá pasar de Blue Ville en tren, stop, se le requiere inmediatamente en Siegestadt, stop, su nuevo medio de transporte lo recogerá en la estación, stop, espere allí, stop”. Iba acompañado por un código de seguridad de la secretaría del correo imperial. Se sentó en una silla y pidió un té. El empleado de la estación lo miró con arrogancia, pero luego reconsideró sus opciones y se fue a preparar ese té.
Veinte minutos después un hombre empapado entró por la puerta y preguntó por Addler, asegurando que era el medio de transporte. Addler no dijo nada y salió al exterior, donde esperaba una motocicleta de petróleo con sidecar.
-No podemos ir en eso.
-¿Por qué, señor?
-Tengo un cargamento en el tren que pesa ciento cincuenta kilos y además, no tiene capota. Nos vamos a ahogar.
-No se preocupe, señor. Ya no necesita su cargamento, he prevenido al personal del tren para que lo destruyan…
-¿Qué ha hecho qué?- Addler no solía gritar, pero estaba dispuesto a dispararle a ese hombre allí. La lluvia no le sentaba muy bien a su humor. Se acercó un par de pasos al correo.
-Señor, soy un correo zafiro armado de su majestad el Emperador y estoy autorizado para darle una información secreta. –Addler se detuvo y miró seriamente al hombre, mientras una gota de agua colgaba de su ceja.- El cuerpo que transporta usted forma parte de  una conspiración terrorista contra el Imperio, han aparecido otros sesenta y ocho cuerpos identificados como Edward Krammer por todo el territorio.
-¿Sesenta y nueve cuerpos? ¿Sesenta y nueve krammers?- El correo asintió.- De acuerdo, lléveme a Siegestadt.
Subió al sidecar, sintiéndose tremendamente ridículo, empapado y sujetando el maletín contra el pecho. El correo se puso un casco con gafas y le ofreció otro a Addler, que rechazó con un gruñido. La motocicleta se alejó de las vías por un camino de tierra, rebotando sobre baches y salpicando en los charcos. Addler se arrepintió de no haber cogido el casco, pues tuvo que ir con los ojos cerrados la mayor parte del viaje por el agua. Al final llegaron a una explanada bastante larga con un cobertizo en un extremo, y el correo detuvo la máquina infernal.
-¿Cuál es el medio de transporte? -Preguntó Addler, temiendo una trampa de los huelguistas contra un funcionario del gobierno.
-Es un prototipo, lleva sólo seis meses en funcionamiento y se ha mantenido en secreto todo lo posible.
Siguieron caminando hacia el cobertizo. El correo abrió la puerta y entró seguido por Addler. “Oh, mierda” fue lo primero que pensó cuando vio el biplano. Había oído hablar en las comisarías y en los cuarteles del Imperio Oriental que el ejército contaba con una nueva máquina voladora, mucho más pequeña y rápida que los globos y que funcionaba a petróleo. Addler la tenía delante y la certeza de que ese conjunto de hierros y madera, sin capota ni cabina de pasajeros, era su transporte hizo que sintiera náuseas. No le gustaban nada las alturas. El correo debió de notar algo en su rostro.
-No se preocupe, señor, es totalmente seguro. Sólo hemos perdido un dieciséis por ciento en los meses de prueba.
Addler siempre había pensado que la estadística era una zorra esquiva y ahora estaba seguro de que él engrosaría esos números, pero por amor propio y por su rango se calló y subió la escalerilla.
Desde el cielo todo se vía diferente. Addler sólo había subido dos veces en globo y allí podías esquivar fácilmente la sensación de estar volando, alejándote de las ventanas y leyendo. Aquí, miraras hacia donde miraras, todo era cielo y las aceleraciones y las maniobras las notabas en los testículos y el estómago. Todo eso quedó atrás cuando sobrevolaron la parte controlada por los obreros y otro tipo de miedo pasó por la mente del Imago. Esto no era la pequeña sublevación de la que se hablaba en los diarios de las ciudades, ni la acción policial que aseguraban las autoridades. Vieron cinco pueblos devastados por las llamas, uno en plena batalla con explosiones en miniatura, y movimientos de bandadas humanas, aunque Addler no consiguió discernir si eran soldados o mineros.
Cuando estaban pasando por el último pueblo de la región minera, a la orilla de un lago que parecía de metal bajo la lluvia, algo les golpeó en la cola. El piloto perdió el control durante un momento y Addler no pudo reprimir un grito.
-Tranquilo, señor, habrá sido un golpe de viento.
Esta vez oyeron los disparos perfectamente contra la chapa del biplano. El piloto dijo un “Agárrese” y Addler sólo pudo contestar rezando lo poco que recordaba. El biplano comenzó una maniobra evasiva cayendo en picado y girando, para luego ascender bruscamente. El ruido era como estar atravesando un concierto de uñas contra pizarras. Notaron más impactos y Addler vio con los ojos desencajados cómo una de las alas saltaba en pedazos. Empezaron a perder altura mientras Addler veía como el piloto tironeaba con fuerza de los controles. Tironeó y empujó hasta que le estalló el cráneo en una nube de sangre y hueso.
La nave siguió recibiendo impactos hasta que estuvo demasiado baja para ser un objetivo adecuado. Addler vio la tierra acercarse cada vez más y más. Su último pensamiento antes de perder la consciencia fue digno de un epitafio: “Puta estadística”.

jueves, 19 de abril de 2012

4. Palacio Imperial en Siegestadt


4.
Pasaron ocho horas y los telégrafos y correos a caballo de Siegestadt ardían. La capital imperial no era la ciudad más grande de las que protegía su majestad el Emperador, ni mucho menos, pero era la mejor comunicada con diferencia. Y en ese momento, William era el hombre mejor comunicado del Imperio con diferencia. Eso a él no le gustaba mucho, pues llevaba todo un día en su despacho recibiendo resúmenes de cables en todo el Imperio mientras sudorosos correos le salpicaban las alfombras de barro del camino. Su deber como secretario del Correo Imperial era filtrar las noticias y avisos que llegaban a Palacio y seleccionar las que debían tratar el Primer Ministro y el Consejo. Pero hoy estaba siendo todo una absoluta locura y William ya no sabía si pegarse un tiro o pegárselo al siguiente correo que atravesara la puerta.
Otro correo atravesó la puerta y se dirigió al escritorio saludando a lo militar mientras andaba. William lo fulminó con la mirada y el correo se marchó en seguida, convencido de que su seguridad corría peligro. El cansado funcionario, como le gustaba llamarse en estos momentos, cogió el sobre y lo abrió de una puñalada. Se trataba de otro informe sobrexcitado, esta vez desde las playas de Ion, en el que un oficial de guarnición aseguraba tener el cuerpo de Edward Krammer y preguntaba cuándo llegaría el transporte para recogerlo. Si William hubiera ordenado que saliera un camión frigorífico a recoger cada cuerpo de Edward Krammer de los que hoy yacían en el Imperio, habría tenido que enviar sesenta y nueve. Durante toda la mañana y la tarde sesenta y nueve guarniciones del ejército y la policía habían informado de que habían abatido al traidor por antonomasia del Imperio.
Al principio, cuando llegó la primera comunicación había cundido una gran actividad entre los funcionarios y soldados del palacio. Incluso se despertó al Emperador, que dormía su siesta de media mañana en la casita de recreo. Veinte minutos después llegó el cable del príncipe Tobías con la información sobre el segundo cuerpo y a partir de ahí todo fue degenerando hacia la locura que había caracterizado todo el día. Los criados y los asistentes de William estaban muy removidos y cuchicheaban en cada esquina teorías conspiratorias sobre invasiones a gran escala y sobre ejércitos de krammers dirigiéndose a la capital para conquistar su venganza, cinco años después.
En el Imperio no había nadie que no supiera quién era Edward Krammer. Sólo  había pasado un lustro desde su traición y su nombre ya era materia para leyendas y cuentos por todo el Imperio y más allá. A William los hechos lo pillaron en la universidad de Ion, graduándose en Diplomática, pero los conocía como si hubiera estado allí, más o menos. El prefecto de los pretorianos imperiales se vio seducido por promesas de poder y riqueza y urdió un plan junto con el hermano del Emperador para asesinarlo, a él y a todos sus hijos. Fue descubierto justo cuando iba a llevarse a cabo la conjura y la mayoría de los pretorianos fueron aniquilados en una batalla que todavía muestra sus cicatrices en palacio. Edward Krammer consiguió escapar de alguna forma que William desconocía y se unió a un grupo terrorista nacionalista conocido como “Sangre”. El hermano del Emperador fue detenido y condenado a muerte, aunque solicitó indulgencia y juró, hasta el momento en que le rompieron el cuello, que no sabía nada de la conjura de Krammer.
Y ahora William tenía sesenta y nueve Krammer muertos por todo el Imperio, era de locos. Se levantó y se alisó pulcramente la suave levita de seda negra. Estaba nervioso, la reunión del Consejo empezaba en diez minutos y no sabía cómo les iba a decir a los hombres más poderosos del Imperio (con el permiso de los marqueses) lo que estaba sucediendo.
Se dirigió por los profusamente decorados pasillos del ala administrativa del palacio, caminando casi al trote e ignorando a los funcionarios menores que le pedían algo de su tiempo. Las lámparas de corriente alterna proyectaban una luz que, al reflejarse en los embellecedores y marcos dorados, daban una luz muy irreal. William siempre había pensado que este pasillo en realidad sólo existía para poner nerviosos a los que llegaban a la sala del Consejo, pues era la única puerta en la que desembocaba. Ante esa misma puerta esperaba otro enjambre de funcionarios, asesores, asistentes y otros lameculos. William los esquivó poniendo su mejor cara de palo y entró en la sala.
Una única mesa presidía todo el espacio. Se trataba de un círculo perfecto, salvo por el truncamiento en uno de sus extremos. En ese extremo debía sentarse el Emperador cuando presidía las reuniones, cosa que no sucedía mucho, en un trono de ébano y cobre con tallas rocambolescas de diablos y ángeles batallando. El resto de sillas, aunque más sencillas, eran la envidia de cualquier palacio. La sala estaba abarrotada aún con la ausencia del monarca, llena de hombres circunspectos. El secretario de Marina, Herr Krieger, saludó a William con la cabeza mientras se mesaba su bigotazo.
-El señor William está en la sala, siéntense caballeros para que empiece reunión.- Anunció con voz cascada el presidente del Consejo.
Los dieciséis ministros se dirigieron a sus asientos y se acomodaron.
-Se le concede la palabra al Secretario del Correo Imperial, Herr William Blonde.- El presidente lo miró con sus ojos acuosos de anciano y le tendió una palma abierta como invitación.
William se levantó y se aclaró la voz.
-Señores del Consejo, la situación es confusa y merece atención.- Hizo una pausa y los miró a todos.- Tenemos razones más que suficientes para creer que Edward Krammer está vivo, en activo y planea algo.- William esperaba cuchicheos y golpes en la mesa, pero todos los hombres permanecieron en silencio.
“Hoy, desde primera hora de la mañana, hasta hace apenas tres horas, han aparecido sesenta y nueve cuerpos presuntamente pertenecientes al traidor Edward Krammer. Cincuenta de ellos han recibido confirmación de testigos que lo conocían o por exploración ocular. Todos fueron muertos durante incursiones terroristas de al menos tres organizaciones, una anarquista y dos nacionalistas. Ninguna ha logrado sus objetivos aparentes y casi todos los terroristas han sido abatidos…”  El secretario de Hacienda, una mole de grasa y pieles de oso, lo interrumpió.
-¿Casi todos? ¿Qué significa casi todos? ¿Ha quedado alguno vivo que pueda ser interrogado?
William odiaba las interrupciones. Suspiró y miró al consejero.
-En Río Negro uno de los terroristas fue capturado con vida, pero está en estado muy grave y se le están aplicando cuidados médicos de emergencia con el propósito de salvarle la vida para interrogarlo. Así que de facto, están casi todos muertos.-Puso especial énfasis en el “casi”.- Estos son los hechos, mis recomendaciones son pasar por alto este desafío pueril, por muy mágico que parezca, y concentrarnos en las revueltas de los mineros en las Colonias Interiores, ayer perdimos un dirigible de guerra cuando…
-Gracias, secretario, puede sentarse.- El presidente del consejo ni siquiera lo miró. William se sentó y a él le pareció que debía de tener cara de niño amonestado por su abuelo.
-¡Es un hecho intolerable! ¡No podemos permitir que ese malnacido se ría de nosotros! ¡Está atacando el corazón del Imperio!- El consejero de Guerra, Otto Heirdenger, tenía una voz aguda y una nariz de borracho hilarante.
-¡Está atacando las fronteras! –William no consiguió morderse la lengua a tiempo y recibió miradas airadas por parte de otros consejeros. Tradicionalmente el puesto de Secretario del Correo era el menos importante y su deber se limitaba a informar sobre los sucesos que tenía que debatir el Consejo. Otto continuó sin dignarse a mirarlo.
-Mi recomendación es que doblemos la guarnición en los pasos fronterizos, evacuemos a los infantes negros hacia la capital y enviemos una expedición de castigo hacia la Confederación de los Treinta.
La mayoría de los consejeros asintieron con vehemencia e hicieron algún amago de aplaudir.
-Silencio caballeros. Votemos.- El anciano presidente siempre sabía cuando intervenir antes de que las cosas se fueran de madre.
La votación por doblar las guarniciones fue aprobada por catorce votos contra dos, William y Krieger, y se destinaron unos recursos muy importantes, que hacían falta en otros lugares, a vigilar bosques y arrecifes perdidos. La cuestión de los infantes negros fue más debatida. Los infantes negros eran los hijos del condenado hermano del Emperador que fueron perdonados por demostrar inocencia y por una grata donación a las arcas reales. Se les envió a las mejores universidades del Imperio, muy alejados de Siegestadt y prácticamente en clausura. Acercarlos suponía traerlos al centro de poder y conjuras. Se aprobó la moción por nueve votos contra tres y tres abstenciones. William se abstuvo.
La cuestión más delicada era la última, la Confederación de los Treinta era un estado insular al este del Imperio, que se había independizado de éste hacia cien años, conocido por su supuesto apoyo a las organizaciones terroristas imperiales y por su sistema democrático y plural. Una obscenidad, en resumen. Pero un ataque de castigo eran palabras mayores y movilizaría como mínimo veinte dirigibles y una docena  de buques. Krieger se levantó y declamó, gritó y suplicó sin dejar hablar a Herr Otto ni a ningún otro militarista. La propuesta fue revocada por ocho votos contra siete. William suspiró de alivio.
Justo cuando el presidente iba a levantar la sesión, el Secretario de Guerra pidió la palabra.
-Una cosa más, ¿No deberíamos mandar a alguien de confianza a interrogar al terrorista capturado en Río Negro? .- Hasta William asintió con la cabeza.- ¿Alguien que sea portador de nuestro mandato y representante del poder Imperial? .- El Presidente estaba perdiendo la paciencia y habló sin rodeos.
-Es una zona roja de actividad insurgente y terrorista, una misión de gran peligro, ¿A quién propone, Herr Heirdenger?
Los ojillos asesinos del Secretario de Guerra miraron a William con lentitud.
-El señor William es todo un experto en organizaciones anti imperiales y democráticas. Creo recordar que de eso iba su tesis, además es el más joven y vigoroso de los presentes.– William intervino antes de que decidieran enviarlo desnudo y untado en miel.
-¿Pondréis mi seguridad en juego, un miembro del consejo, cuando tenemos tantos hombres fuertes y capacitados?
-¿Votos a favor? –El Presidente esbozó una sonrisa.
Catorce manos se levantaron al unísono, mientras Krieger negaba con la cabeza. El condenado optó por levantar la mirada al techo con resignación, donde le pareció que los arcángeles de los frescos se reían de él, señalándolo con sus espadas en llamas.
-Herr Blonde irá a Río Negro en misión imperial. Se levanta la sesión.