viernes, 27 de abril de 2012

9. Río Negro


9.
El secretario del Correo Imperial, portador del sello imperial, señor de las llaves y las vías tenía un frío del carajo. Río negro estaba muy al norte, tanto que era la última ciudad bajo control imperial antes de pasar a las grandes llanuras de las tierras altas de Laurea del norte. Al este el gran océano Kaisereich era una alfombra de gris y verde claro. Hasta hacía setenta años se llamaba océano Círico, por Cirio, el dios Dílico de los mares, pero el abuelo de nuestro buen amado emperador había decidido que necesitaba un nombre más digno e imperial.
El tren se detuvo con un chirrido de los frenos y un oscilante traqueteo en el andén. William había conseguido que no viajaran en un tren oficial, de esos que llevan el escudo y los colores de Siegestadt y que un una zona de rebelión como esta le parecían una diana sobre raíles. A cambio se movían en un tren de mercancías al que le habían añadido un vagón de pasajeros que, evidentemente, estaba diseñado para climas más benignos. El frío se colaba como una maldición por las ventanas  y por los suelos de madera, ateriendo a los pasajeros hasta los huesos. Los pasajeros no eran muchos, el propio William, un par de soldados de escolta que tenían cara de preferir estar cavando zanjas en Oreyana, y la persona que menos le gustaba a William en cien trenes a la redonda, Leo Strugger, Coronel de la Guardia de Corps de su majestad el Emperador.
Strugger había insistido en acompañar a William para interrogar personalmente al último terrorista superviviente de los ataques que se habían sucedido hacía cinco días contra las fronteras imperiales. William estaba seguro de que no había venido por voluntad propia, sino empujado por algún mandamás, como ese despreciable secretario de guerra…
Apartó los pensamientos de odio de su cabeza con una negación y pensó en un rebosante tazón de sopa caliente, un pensamiento que lo colmaba de amor y anhelo. Y en eso estaba, envuelto en todas las pieles que llevaba, cuando el tren terminó de frenar. Los soldados se pusieron en pie, saludaron y se marcharon para abrir las puertas y coger los equipajes. William salió primero del compartimento y vio que las ventanas del pasillo estaban totalmente escarchadas. Caminó pesadamente hasta la puerta y bajó al exterior con cuidado de no resbalarse en ningún escalo. Cuando tocó tierra firme exhaló una varada de vapor y miró hacia la ciudad. La estación estaba en una loma y permitía una buena panorámica de la localidad. Lo que vio lo dejó sin aliento.
La parte del puerto y el barrio portuario había dejado de existir, convirtiéndose en un recuerdo chamuscado de las casas y edificios que antes había. El resto de la ciudad, que era de un tamaño medio, unos cien mil habitantes, estaba oscura y deprimida, con incendios a medio extinguir. Se veían cuerpos en las calles, como puntos en la nieve, y grandes movimientos de tropas y vehículos.
Cuando se recuperó de la impresión vio que a su derecha estaba el comité de bienvenida, formado por cinco soldados en uniformes de invierno y un viejo medio encorvado con un gran abrigo de oso y armiño. El viejo se le acercó con paso vacilante. Estaba totalmente calvo y tenía la nariz grande y redonda.
-Bienvenido a Río Negro, Herr Blonde, lamento que tenga que visitarnos en nuestra hora más triste.
-Creía que su hora más triste había sido cuando el Imperio los arrasó y les obligó a reconstruirse, pagándolo ustedes, hace cien años.
-Sí, eh, bueno, es nuestra hora más triste al servicio del imperio.
William enarcó una ceja y caminó hacia el edificio de la estación, donde los esperaba un vehículo militar a motor de vapor. El viejo se quedó atrás, recibiendo a Leo Strugger. William esperó hasta que ambos subieron al vehículo, quedando bastante apretados en la cabina.
El viaje transcurrió en un incomodo silencio, con Leo en medio de William y el viejo, que dijo llamarse Sir Locker. El vehículo militar no tenía ventanas y al restar la sensación de viajar, el paseo duró muy poco. Se detuvieron delante de un gran edificio de piedra, manchado por generaciones de humo y bajaron del vehículo. Dos guardias armados los saludaron en la entrada y les abrieron las pesadas puertas de madera de roble.
Los condujeron por una serie de pasillos de mármol y bronce, con lámparas de petróleo ardiendo en las esquinas hasta una sala de alfombras rojas y escudos imperiales pasados de moda, todavía con el águila bicéfala.
Allí los recibió el gobernador de Río Negro, un hombre obeso con un uniforme almidonado hasta lo innecesario que despidió a Locker con un ademán de la mano.
-¡Bienvenidos a Río Negro! Soy Grundar, el gobernador de la ciudad. –Abrió los brazos como si Río Negro fuera aquel edificio pasado de moda, en medio de las ruinas y los incendios.
-Veo que han tenido ustedes serios inconvenientes últimamente. –Leo le sacaba tres cabezas al gobernador, aunque en realidad le sacaba tres cabezas a todo el mundo, como poco.
-Sí, es despreciable. Nos atacaron con todo lo que tenían y se retiraron con el rabo entre las piernas, dejando sólo cadáveres y un herido.- Tenía una voz bastante aguda para tanta masa corporal.
-También les dejaron la ciudad en ruinas.- William hoy tenía un humor de perros.- La ciudad del Emperador.
-Fue un gran ataque, excelencia, utilizaron barcos pequeños y desembarcaron vehículos en el puerto, nos costó mucho repelerlos.
-¿Dónde está el Coronel Ygorsenn, responsable de la guarnición? –Preguntó Leo.
-Lamentablemente el Coronel Ygorsenn murió valientemente durante el ataque, encabezando una carga en la calle de los toneleros. Ahora Locker controla al ejército. –Miró a Leo a los ojos.- Hemos tenido muchas pérdidas.
-Bueno, acabemos con esto cuanto antes, ¿Dónde está el prisionero superviviente?
-¡Oh, lo lamento, excelencias! Ha muerto.
William tuvo que contener las ganas de ahogarlo, aunque dudaba que pudiera con esas papadas. Leo dio un paso hacia el gordo.
-Se le ordenó que lo mantuviera con vida. –Era casi una amenaza.
-Lo intentamos, excelencias, lo intentamos, pero estaba gravemente herido.
-¿Dónde está el cuerpo?
-¿Del terrorista?
-De Krammer. –Respondieron Leo y William a la vez.
-Lo tiramos al mar señores, estaba descomponiéndose.
Leo escupió en el suelo, con una terrible falta de educación y de respeto por las desmadejadas alfombras y se giró para marcharse. William habló antes de irse.
-Tendrá noticias de Siegestadt, gobernador.
Siguió a Strugger por los pasillos y volvió a salir al exterior, donde esperaba el vehículo militar. Leo ordenó al conductor que bajaba y se puso él mismo a los mandos. Arrancó y no habló hasta pasados cinco minutos.
-Creo que todo esto es  una artimaña, Herr Blonde.
-¿Por qué piensa  eso, coronel?
-El coronel Ygorsenn era un pazguato cobarde, estudió conmigo en Monte Nevado. Casi no sabía lo que era una carga y mucho menos hubiera dirigido una. Además, la calle de los toneleros está muy adentro en la ciudad, no en la zona del puerto, donde se batalló. Lo que me hace pensar que ese supuesto gobernador no es de aquí.
-¿No tenemos registro fotográfico de los funcionarios, ni sus huellas oculares?
-No se me ocurrió traerlo, ¿Y a usted? – William negó con la cabeza.
-Además, han hecho desaparecer al terrorista y al cuerpo de Krammer, contraviniendo órdenes directas.
-Mierda, lleva usted razón, coronel. ¿Qué vamos a hacer?
-Esta es mi idea: Yo permaneceré en la ciudad, llevando a cabo investigaciones vacía sobre las cuentas y los impuestos, revisando material militar y cosas sin importancia. Recabaré información en secreto y buscaré puntos débiles.
-¿Y yo?
-Usted se marchará ahora mismo en el tren. Cuando llegué al intercambiador de Loblenz, ordenará que se detengan y enviará un cable a Saint Mountain con código palatino, ordenando la movilización del Duque. Se dirigirá allí y volverá con Herr Reichtoffen. Estoy seguro de que al Duque le encantará encargarse de estos traidores e invasores.
-Me parece un buen plan, así lo haremos.
Llegaron a la estación y salieron al frío exterior. Las siguientes dos horas fueron una confusión de imponer sus rangos, gritos y órdenes de Strugger, acidez de William y amenazas de cortes marciales. Al final, al anochecer, accedieron a darle la vuelta al tren y mandar a William de vuelta. Para cuando terminaron era noche cerrada.  Si eran traidores de verdad, no dieron prueba alguna de ello.
William saludó a Strugger por lo militar y le estrechó la mano, admirando el valor del coronel que sustituyó a Krammer tras su traición.
-Tenga cuidado, Blonde.
-Lo mismo digo, Coronel.
-No se preocupe por mí.
Horas después, cuando William dormitaba en el tren, una pensamiento le llegó a la cabeza: ¿Por qué tanta prisa, por qué Strugger y no él para quedarse, por qué a Saint Mountain? Se quedó dormido antes de encontrar una respuesta.

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