9.
El secretario
del Correo Imperial, portador del sello imperial, señor de las llaves y las
vías tenía un frío del carajo. Río negro estaba muy al norte, tanto que era la
última ciudad bajo control imperial antes de pasar a las grandes llanuras de
las tierras altas de Laurea del norte. Al este el gran océano Kaisereich era
una alfombra de gris y verde claro. Hasta hacía setenta años se llamaba océano
Círico, por Cirio, el dios Dílico de los mares, pero el abuelo de nuestro buen amado
emperador había decidido que necesitaba un nombre más digno e imperial.
El tren se
detuvo con un chirrido de los frenos y un oscilante traqueteo en el andén.
William había conseguido que no viajaran en un tren oficial, de esos que llevan
el escudo y los colores de Siegestadt y que un una zona de rebelión como esta
le parecían una diana sobre raíles. A cambio se movían en un tren de mercancías
al que le habían añadido un vagón de pasajeros que, evidentemente, estaba
diseñado para climas más benignos. El frío se colaba como una maldición por las
ventanas y por los suelos de madera,
ateriendo a los pasajeros hasta los huesos. Los pasajeros no eran muchos, el
propio William, un par de soldados de escolta que tenían cara de preferir estar
cavando zanjas en Oreyana, y la persona que menos le gustaba a William en cien
trenes a la redonda, Leo Strugger, Coronel de la Guardia de Corps de su
majestad el Emperador.
Strugger había
insistido en acompañar a William para interrogar personalmente al último terrorista
superviviente de los ataques que se habían sucedido hacía cinco días contra las
fronteras imperiales. William estaba seguro de que no había venido por voluntad
propia, sino empujado por algún mandamás, como ese despreciable secretario de
guerra…
Apartó los
pensamientos de odio de su cabeza con una negación y pensó en un rebosante
tazón de sopa caliente, un pensamiento que lo colmaba de amor y anhelo. Y en
eso estaba, envuelto en todas las pieles que llevaba, cuando el tren terminó de
frenar. Los soldados se pusieron en pie, saludaron y se marcharon para abrir
las puertas y coger los equipajes. William salió primero del compartimento y
vio que las ventanas del pasillo estaban totalmente escarchadas. Caminó
pesadamente hasta la puerta y bajó al exterior con cuidado de no resbalarse en
ningún escalo. Cuando tocó tierra firme exhaló una varada de vapor y miró hacia
la ciudad. La estación estaba en una loma y permitía una buena panorámica de la
localidad. Lo que vio lo dejó sin aliento.
La parte del
puerto y el barrio portuario había dejado de existir, convirtiéndose en un
recuerdo chamuscado de las casas y edificios que antes había. El resto de la
ciudad, que era de un tamaño medio, unos cien mil habitantes, estaba oscura y
deprimida, con incendios a medio extinguir. Se veían cuerpos en las calles,
como puntos en la nieve, y grandes movimientos de tropas y vehículos.
Cuando se
recuperó de la impresión vio que a su derecha estaba el comité de bienvenida,
formado por cinco soldados en uniformes de invierno y un viejo medio encorvado
con un gran abrigo de oso y armiño. El viejo se le acercó con paso vacilante.
Estaba totalmente calvo y tenía la nariz grande y redonda.
-Bienvenido a
Río Negro, Herr Blonde, lamento que tenga que visitarnos en nuestra hora más
triste.
-Creía que su
hora más triste había sido cuando el Imperio los arrasó y les obligó a
reconstruirse, pagándolo ustedes, hace cien años.
-Sí, eh, bueno,
es nuestra hora más triste al servicio del imperio.
William enarcó
una ceja y caminó hacia el edificio de la estación, donde los esperaba un
vehículo militar a motor de vapor. El viejo se quedó atrás, recibiendo a Leo
Strugger. William esperó hasta que ambos subieron al vehículo, quedando
bastante apretados en la cabina.
El viaje
transcurrió en un incomodo silencio, con Leo en medio de William y el viejo,
que dijo llamarse Sir Locker. El vehículo militar no tenía ventanas y al restar
la sensación de viajar, el paseo duró muy poco. Se detuvieron delante de un
gran edificio de piedra, manchado por generaciones de humo y bajaron del
vehículo. Dos guardias armados los saludaron en la entrada y les abrieron las
pesadas puertas de madera de roble.
Los condujeron
por una serie de pasillos de mármol y bronce, con lámparas de petróleo ardiendo
en las esquinas hasta una sala de alfombras rojas y escudos imperiales pasados
de moda, todavía con el águila bicéfala.
Allí los recibió
el gobernador de Río Negro, un hombre obeso con un uniforme almidonado hasta lo
innecesario que despidió a Locker con un ademán de la mano.
-¡Bienvenidos a
Río Negro! Soy Grundar, el gobernador de la ciudad. –Abrió los brazos como si Río
Negro fuera aquel edificio pasado de moda, en medio de las ruinas y los
incendios.
-Veo que han tenido
ustedes serios inconvenientes últimamente. –Leo le sacaba tres cabezas al
gobernador, aunque en realidad le sacaba tres cabezas a todo el mundo, como
poco.
-Sí, es
despreciable. Nos atacaron con todo lo que tenían y se retiraron con el rabo
entre las piernas, dejando sólo cadáveres y un herido.- Tenía una voz bastante
aguda para tanta masa corporal.
-También les
dejaron la ciudad en ruinas.- William hoy tenía un humor de perros.- La ciudad
del Emperador.
-Fue un gran
ataque, excelencia, utilizaron barcos pequeños y desembarcaron vehículos en el
puerto, nos costó mucho repelerlos.
-¿Dónde está el
Coronel Ygorsenn, responsable de la guarnición? –Preguntó Leo.
-Lamentablemente
el Coronel Ygorsenn murió valientemente durante el ataque, encabezando una
carga en la calle de los toneleros. Ahora Locker controla al ejército. –Miró a
Leo a los ojos.- Hemos tenido muchas pérdidas.
-Bueno, acabemos
con esto cuanto antes, ¿Dónde está el prisionero superviviente?
-¡Oh, lo
lamento, excelencias! Ha muerto.
William tuvo que
contener las ganas de ahogarlo, aunque dudaba que pudiera con esas papadas. Leo
dio un paso hacia el gordo.
-Se le ordenó
que lo mantuviera con vida. –Era casi una amenaza.
-Lo intentamos,
excelencias, lo intentamos, pero estaba gravemente herido.
-¿Dónde está el
cuerpo?
-¿Del
terrorista?
-De Krammer. –Respondieron
Leo y William a la vez.
-Lo tiramos al
mar señores, estaba descomponiéndose.
Leo escupió en
el suelo, con una terrible falta de educación y de respeto por las desmadejadas
alfombras y se giró para marcharse. William habló antes de irse.
-Tendrá noticias
de Siegestadt, gobernador.
Siguió a
Strugger por los pasillos y volvió a salir al exterior, donde esperaba el
vehículo militar. Leo ordenó al conductor que bajaba y se puso él mismo a los
mandos. Arrancó y no habló hasta pasados cinco minutos.
-Creo que todo
esto es una artimaña, Herr Blonde.
-¿Por qué
piensa eso, coronel?
-El coronel
Ygorsenn era un pazguato cobarde, estudió conmigo en Monte Nevado. Casi no
sabía lo que era una carga y mucho menos hubiera dirigido una. Además, la calle
de los toneleros está muy adentro en la ciudad, no en la zona del puerto, donde
se batalló. Lo que me hace pensar que ese supuesto gobernador no es de aquí.
-¿No tenemos
registro fotográfico de los funcionarios, ni sus huellas oculares?
-No se me
ocurrió traerlo, ¿Y a usted? – William negó con la cabeza.
-Además, han
hecho desaparecer al terrorista y al cuerpo de Krammer, contraviniendo órdenes
directas.
-Mierda, lleva
usted razón, coronel. ¿Qué vamos a hacer?
-Esta es mi
idea: Yo permaneceré en la ciudad, llevando a cabo investigaciones vacía sobre
las cuentas y los impuestos, revisando material militar y cosas sin importancia.
Recabaré información en secreto y buscaré puntos débiles.
-¿Y yo?
-Usted se
marchará ahora mismo en el tren. Cuando llegué al intercambiador de Loblenz,
ordenará que se detengan y enviará un cable a Saint Mountain con código
palatino, ordenando la movilización del Duque. Se dirigirá allí y volverá con
Herr Reichtoffen. Estoy seguro de que al Duque le encantará encargarse de estos
traidores e invasores.
-Me parece un
buen plan, así lo haremos.
Llegaron a la
estación y salieron al frío exterior. Las siguientes dos horas fueron una confusión
de imponer sus rangos, gritos y órdenes de Strugger, acidez de William y
amenazas de cortes marciales. Al final, al anochecer, accedieron a darle la
vuelta al tren y mandar a William de vuelta. Para cuando terminaron era noche
cerrada. Si eran traidores de verdad, no
dieron prueba alguna de ello.
William saludó a
Strugger por lo militar y le estrechó la mano, admirando el valor del coronel
que sustituyó a Krammer tras su traición.
-Tenga cuidado,
Blonde.
-Lo mismo digo,
Coronel.
-No se preocupe
por mí.
Horas después,
cuando William dormitaba en el tren, una pensamiento le llegó a la cabeza: ¿Por
qué tanta prisa, por qué Strugger y no él para quedarse, por qué a Saint
Mountain? Se quedó dormido antes de encontrar una respuesta.
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