viernes, 4 de mayo de 2012

12. En la costa de Ion


12.
Las playas de Ion, famosas en todo el Imperio, estaban tranquilas y desiertas a la luz de la luna. Eran de un color plateado y el agua de un negro total. El Saranay cortaba estas aguas con su proa de flecha a una velocidad que no podía igualar ningún buque del mundo. Avanzaba paralelo a la costa con todas sus luces apagadas y su casco negro anti reflectante era sólo oscuridad dentro de la oscuridad para alguien que mirara desde tierra.
Dentro de la cubierta de desembarco el teniente de marines Illian de Gámez terminaba de comprobar su equipo mientras sus hombres hacían lo mismo a su alrededor. Confiaba en estos soldados de élite y sabía que llevarían a cabo su misión con toda la profesionalidad de que eran capaces. Llevaban pantalones y cazadora negra, con botas negras sin brillo, de cordones, y un pasamontañas. Unos arneses de cuero negro sujetaban modernísimos revólveres de seis disparos y granadas de fragmentación y de humo de palo. Cuando Illian acabó de comprobar su fusil de multicarga se levantó y murmuró una orden. Todos se pusieron en pie al unísono y se dirigieron a la compuerta cerrada que había al fondo de la sala. Las paredes blancas de metal hacían que sus negros ropajes contrastaran más todavía.
Se pusieron en fila con Illian al frente y la puerta se abrió un siseo hidráulico. Un par de lanchas negras esperaban flotando sobre el agua espumosa. El barco había parado y las lanchas apenas tironeaban de sus amarres mientras perdían la inercia del movimiento. Todos los marines entraron y se repartieron entre los dos vehículos. Cuando estuvieron a bordo la puerta se cerró de nuevo y otra se abrió en la pared opuesta, dejando ver el cielo estrellado. El Saranay era una maravilla tecnología de infiltración y desembarco rápido capaz de cosas como esa. Saranay era un arcángel cazador de las leyendas antiguas que mataba a sus enemigos sin que estos lo alcanzaran a percibir.
Pusieron el silencioso motor de vapor en marcha, que funcionaba con diferencias de presión y una pequeñísima cantidad de vapor y las dos embarcaciones susurraron atravesando las aguas mientras se alejaban del Saranay en dirección a la costa.
Illian estaba preocupado. Su misión era un secreto total y absoluto y ni el mismo capitán del barco tenía ni idea de porqué desembarcaba un grupo de soldados de élite en las costas del mismo Imperio. Pero Illian lo tenía claro, tenía que secuestrar al heredero al trono imperial. El mismo ministerio de secretos y el de guerra en conjunto lo habían ordenado e Illian prefería no cuestionar órdenes que venían de tan arriba. Escuchar y asentir, esa era y sería siempre la vida del soldado.
Atracaron en la arena y salieron de las embarcaciones en silencio. Illian oteó el oscuro horizonte y reconoció el palacio cerca de la costa. Ese era el objetivo. Hizo un par de gestos con la mano derecha a sus hombres y se desplegaron en delta por la playa. Avanzaron hacia el palacio, que tenía todas las luces apagadas y las puertas cerradas. Entraron en los jardines abiertos al mar y se acercaron a una puerta. Ni un solo guardia. Eso no le gustaba a Illian, pues ya deberían haber abatido por lo menos una patrulla. Se sacudió las dudas de la cabeza y se colocó junto a la puerta trasera. En cuando la derribaran, harían ruido y tendrían dos minutos antes de perder la oportunidad de capturar al objetivo.
Levantó el índice, después el corazón y cuando tensó el anular sus hombres entraron con un trueno por las ventanas, derribando la puerta con una patada y tirando granadas de humo. Illian entró en la segunda oleada, barriendo todo a la vista con el fusil y avanzando pegado a las paredes para después subir unas escaleras de tres metros de anchura. No había nadie en la casa, nadie. Las sospechas siguieron creciendo dentro de Illian mientras sus hombres habrían puerta por puerta y rebuscaban en la mansión. En menos de dos minutos llegaron al dormitorio principal, que tenía las puertas dobles de madera oscura cerradas. Illian asintió y la pateó, entrando con el fusil en ristre. En la cama había un cuerpo.
El príncipe Robert Walters-Kingston yacía despatarrado en la cama, con una mancha carmesí en el pecho iluminado por un rayo de luna que entraba por la ventana. Illian se acercó lentamente. Había fallado, tenía que capturar al príncipe vivo. Ahora todo se había ido a la mierda y a él le montaría un consejo de… Una explosión en el exterior puso en tensión a sus soldados. Cerró el puño y señaló el pasillo. Comenzaron a salir rápidamente. Y entonces los acribillaron. Las balas atravesaban las paredes y los suelos y cercenaban a sus hombres. Illian se lanzó al suelo y un proyectil de gran calibre le pasó rozando la cabeza.
El combate duró menos de dos minutos. Los hombres arrinconados de Illian se defendieron bien, pero se enfrentaban a armaduras de combate, pequeñas y maniobrables, que sujetaban cañones de diez tubos ensamblados en ambas manos. Iban pintadas de azul oscuro, con una estrella blanca en el pectoral izquierdo. Cuando terminaron remataron a los heridos y dejaron sólo a Illian, atado y desarmado en el suelo.
Un hombre alto y atractivo entró escoltado por dos de estas armaduras siseantes. Tenía el pelo castaño y la tez clara, con unos profundos ojos verdes. Illian lo reconoció al instante. El príncipe Tobías Walters-Kingston habló con voz acerada:
-Este hombre es el responsable del asesinato de mi hermano, el heredero de mi padre, y de toda su guardia palaciega. Arréstenlo y pónganlo bajo confinamiento hasta su ejecución.
Luego se volvió y dijo en voz más baja, pero perfectamente audible para alguien al otro lado de la puerta:
-Pónganles los uniformes de Sangre y destruyan el barco que hay en  la costa con la batería de doscientos milímetros.
Illian sólo pudo maldecir y jurar venganza antes de que lo noquearan con un puño de acero.

miércoles, 2 de mayo de 2012

11. Palacio Imperial en Siegestadt


11.
Tobías se sentó a la mesa del consejo en el lugar que normalmente correspondía a su padre. O a su hermano, si no llevara celebrando la Cosecha siete días en Ion. Los consejeros ocuparon sus butacas cuando el príncipe se acomodó y se hizo el silencio. Tobías habló primero.
-Muchas gracias por acudir a esta precipitada convocatoria mía, consejeros. Quiero que me den, de uno en uno y con brevedad, un resumen de la situación Imperial. Quiero saberlo todo con vistas a la misión que me ha encargado mi padre, el Emperador, la cual les será comunicada al terminar esta reunión. El orden de proceder será Guerra, Hacienda, Colonias, Comercio, Marina, Agricultura, Industria, Transportes, Ciencia e Ingeniería, Estado, Reino, Moneda, Agregado Clerical, Palacio, Secretos y Correos.- Los dijo todos muy seguidos y respiró profundo cuando acabó.
Tobías había decidido coger el toro por los cuernos. Había hablado con su padre, el Emperador, en privado y lo había convencido de llevar a cabo medidas tajantes y serias. Debía de haberlo impresionado, pues le había encargado a él el informe preliminar. Así, aunque ya conocía la situación con bastante profundidad, había reunido con sólo ocho horas de antelación al Consejo, solicitándoles un informe resumido de todo lo que les concerniera. Así distinguiría a los mentirosos y a los patanes del buen grano.
El ministro de Guerra, Otto Heirdenger se puso en pie y se aclaró la voz con un carraspeo.
-La situación es estable en todos los frentes, alteza, el primer y segundo ejército  controlan la frontera occidental ante cualquier imprevisto, el tercero y el cuarto están desplegados desde aquí a Oreyana y el quinto controla toda la frontera norte. El séptimo está ocupado con una rebelión rutinaria en las colonias orientales, y se prevé que se redespliegue dentro de un mes. El sexto está en rearmamento.
-¿Cuánto hay de cierto en los informes que aseguran que el enemigo dispone de armaduras de combate equiparables a las nuestras o superiores?
-Son habladurías de soldados asustados, alteza.
Tobías asintió con la cabeza y Heirdenger se sentó de nuevo mientras el obeso Conde Fürner se ponía en pie lentamente. La cosa en las colonias no estaba tan clara.
-Las cuentas del Estado están en un momento delicado, alteza. Recaudamos casi seis mil millones de coronas de oro al año en impuestos y gravámenes, pero estamos gastando cerca de siete mil en todas nuestras obligaciones. Los intereses de los bancos laureano y central no dejan de crecer y hemos tenido que hipotecar extensas áreas de terreno en la costa oriental para asegurar los préstamos.
Se sentó de nuevo y Tobías le dio las gracias. En realidad gastaban casi ocho mil millones de coronas, pero agradecía la sinceridad.
El ministro de Colonias era un patán grasiento que dio datos vacíos sobre producciones irreales que no llegaban por culpa de las rebeliones. Tobías tachó su nombre mentalmente y el desfile continuó. Comercio y Marina le hablaron sinceramente sobre balanzas de pagos ajustadas y una flota demasiado pequeña y que siempre pedía más hombres, más carbón y más acero. Los aprobó con un asentimiento.
Los capullos de verdad empezaron en ese momento. Agricultura, Industria y Transportes le mintieron sin rodeos, asegurando unas condiciones totalmente ajenas a la realidad. Tobías esperó por su bien que se debiera a la ignorancia más que a la incompetencia. Ciencia e Ingeniería fue un grato paréntesis. Era uno de esos pocos hombres que habían conseguido lo que tenían por méritos y no por apellido. Estado, Reino y Moneda casi lloraron hablando de las cuentas y las rebeliones internas en el Macizo central. Agregado Clerical, Palacio y Secretos no eran importantes. La ausencia del ministro de Correos le llamó la atención y decidió investigar más tarde por qué no habían llegado noticias del joven William Blonde.
Clausuró la reunión y les dio las gracias a todos. Se levantó y recorrió los lujosos pasillos del Palacio Imperial durante quince minutos, atravesando un parque y un invernadero hasta su despacho. Allí se sentó en la mesa de caoba y miró el documento que tenía preparado para ser firmado. Cogió una pluma delicadamente, casi con cariño y estampó su rúbrica hasta dieciséis veces en diferentes hojas. Cuando terminó, añadió el sello imperial en todas ellas y lo metió en un sobre grueso anti humedad.
Esperaba que esto fuera un revulsivo para la pésima situación en que se encontraba su herencia. La expropiación del Banco central ya era un hecho y si lo de Ion salía bien pronto sería el heredero al trono y arreglaría todo este desbarajuste. Tobías juntó las manos y se perdió en sus pensamientos sobre el futuro y la muerte de su hermano.