miércoles, 2 de mayo de 2012

11. Palacio Imperial en Siegestadt


11.
Tobías se sentó a la mesa del consejo en el lugar que normalmente correspondía a su padre. O a su hermano, si no llevara celebrando la Cosecha siete días en Ion. Los consejeros ocuparon sus butacas cuando el príncipe se acomodó y se hizo el silencio. Tobías habló primero.
-Muchas gracias por acudir a esta precipitada convocatoria mía, consejeros. Quiero que me den, de uno en uno y con brevedad, un resumen de la situación Imperial. Quiero saberlo todo con vistas a la misión que me ha encargado mi padre, el Emperador, la cual les será comunicada al terminar esta reunión. El orden de proceder será Guerra, Hacienda, Colonias, Comercio, Marina, Agricultura, Industria, Transportes, Ciencia e Ingeniería, Estado, Reino, Moneda, Agregado Clerical, Palacio, Secretos y Correos.- Los dijo todos muy seguidos y respiró profundo cuando acabó.
Tobías había decidido coger el toro por los cuernos. Había hablado con su padre, el Emperador, en privado y lo había convencido de llevar a cabo medidas tajantes y serias. Debía de haberlo impresionado, pues le había encargado a él el informe preliminar. Así, aunque ya conocía la situación con bastante profundidad, había reunido con sólo ocho horas de antelación al Consejo, solicitándoles un informe resumido de todo lo que les concerniera. Así distinguiría a los mentirosos y a los patanes del buen grano.
El ministro de Guerra, Otto Heirdenger se puso en pie y se aclaró la voz con un carraspeo.
-La situación es estable en todos los frentes, alteza, el primer y segundo ejército  controlan la frontera occidental ante cualquier imprevisto, el tercero y el cuarto están desplegados desde aquí a Oreyana y el quinto controla toda la frontera norte. El séptimo está ocupado con una rebelión rutinaria en las colonias orientales, y se prevé que se redespliegue dentro de un mes. El sexto está en rearmamento.
-¿Cuánto hay de cierto en los informes que aseguran que el enemigo dispone de armaduras de combate equiparables a las nuestras o superiores?
-Son habladurías de soldados asustados, alteza.
Tobías asintió con la cabeza y Heirdenger se sentó de nuevo mientras el obeso Conde Fürner se ponía en pie lentamente. La cosa en las colonias no estaba tan clara.
-Las cuentas del Estado están en un momento delicado, alteza. Recaudamos casi seis mil millones de coronas de oro al año en impuestos y gravámenes, pero estamos gastando cerca de siete mil en todas nuestras obligaciones. Los intereses de los bancos laureano y central no dejan de crecer y hemos tenido que hipotecar extensas áreas de terreno en la costa oriental para asegurar los préstamos.
Se sentó de nuevo y Tobías le dio las gracias. En realidad gastaban casi ocho mil millones de coronas, pero agradecía la sinceridad.
El ministro de Colonias era un patán grasiento que dio datos vacíos sobre producciones irreales que no llegaban por culpa de las rebeliones. Tobías tachó su nombre mentalmente y el desfile continuó. Comercio y Marina le hablaron sinceramente sobre balanzas de pagos ajustadas y una flota demasiado pequeña y que siempre pedía más hombres, más carbón y más acero. Los aprobó con un asentimiento.
Los capullos de verdad empezaron en ese momento. Agricultura, Industria y Transportes le mintieron sin rodeos, asegurando unas condiciones totalmente ajenas a la realidad. Tobías esperó por su bien que se debiera a la ignorancia más que a la incompetencia. Ciencia e Ingeniería fue un grato paréntesis. Era uno de esos pocos hombres que habían conseguido lo que tenían por méritos y no por apellido. Estado, Reino y Moneda casi lloraron hablando de las cuentas y las rebeliones internas en el Macizo central. Agregado Clerical, Palacio y Secretos no eran importantes. La ausencia del ministro de Correos le llamó la atención y decidió investigar más tarde por qué no habían llegado noticias del joven William Blonde.
Clausuró la reunión y les dio las gracias a todos. Se levantó y recorrió los lujosos pasillos del Palacio Imperial durante quince minutos, atravesando un parque y un invernadero hasta su despacho. Allí se sentó en la mesa de caoba y miró el documento que tenía preparado para ser firmado. Cogió una pluma delicadamente, casi con cariño y estampó su rúbrica hasta dieciséis veces en diferentes hojas. Cuando terminó, añadió el sello imperial en todas ellas y lo metió en un sobre grueso anti humedad.
Esperaba que esto fuera un revulsivo para la pésima situación en que se encontraba su herencia. La expropiación del Banco central ya era un hecho y si lo de Ion salía bien pronto sería el heredero al trono y arreglaría todo este desbarajuste. Tobías juntó las manos y se perdió en sus pensamientos sobre el futuro y la muerte de su hermano.

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