11.
Tobías se sentó a la mesa del
consejo en el lugar que normalmente correspondía a su padre. O a su hermano, si
no llevara celebrando la Cosecha siete días en Ion. Los consejeros ocuparon sus
butacas cuando el príncipe se acomodó y se hizo el silencio. Tobías habló
primero.
-Muchas gracias por acudir a esta
precipitada convocatoria mía, consejeros. Quiero que me den, de uno en uno y
con brevedad, un resumen de la situación Imperial. Quiero saberlo todo con
vistas a la misión que me ha encargado mi padre, el Emperador, la cual les será
comunicada al terminar esta reunión. El orden de proceder será Guerra,
Hacienda, Colonias, Comercio, Marina, Agricultura, Industria, Transportes,
Ciencia e Ingeniería, Estado, Reino, Moneda, Agregado Clerical, Palacio,
Secretos y Correos.- Los dijo todos muy seguidos y respiró profundo cuando
acabó.
Tobías había decidido coger el
toro por los cuernos. Había hablado con su padre, el Emperador, en privado y lo
había convencido de llevar a cabo medidas tajantes y serias. Debía de haberlo
impresionado, pues le había encargado a él el informe preliminar. Así, aunque
ya conocía la situación con bastante profundidad, había reunido con sólo ocho
horas de antelación al Consejo, solicitándoles un informe resumido de todo lo
que les concerniera. Así distinguiría a los mentirosos y a los patanes del buen
grano.
El ministro de Guerra, Otto
Heirdenger se puso en pie y se aclaró la voz con un carraspeo.
-La situación es estable en todos
los frentes, alteza, el primer y segundo ejército controlan la frontera occidental ante
cualquier imprevisto, el tercero y el cuarto están desplegados desde aquí a
Oreyana y el quinto controla toda la frontera norte. El séptimo está ocupado
con una rebelión rutinaria en las colonias orientales, y se prevé que se
redespliegue dentro de un mes. El sexto está en rearmamento.
-¿Cuánto hay de cierto en los
informes que aseguran que el enemigo dispone de armaduras de combate
equiparables a las nuestras o superiores?
-Son habladurías de soldados
asustados, alteza.
Tobías asintió con la cabeza y
Heirdenger se sentó de nuevo mientras el obeso Conde Fürner se ponía en pie
lentamente. La cosa en las colonias no estaba tan clara.
-Las cuentas del Estado están en
un momento delicado, alteza. Recaudamos casi seis mil millones de coronas de
oro al año en impuestos y gravámenes, pero estamos gastando cerca de siete mil
en todas nuestras obligaciones. Los intereses de los bancos laureano y central
no dejan de crecer y hemos tenido que hipotecar extensas áreas de terreno en la
costa oriental para asegurar los préstamos.
Se sentó de nuevo y Tobías le dio
las gracias. En realidad gastaban casi ocho mil millones de coronas, pero
agradecía la sinceridad.
El ministro de Colonias era un
patán grasiento que dio datos vacíos sobre producciones irreales que no
llegaban por culpa de las rebeliones. Tobías tachó su nombre mentalmente y el
desfile continuó. Comercio y Marina le hablaron sinceramente sobre balanzas de
pagos ajustadas y una flota demasiado pequeña y que siempre pedía más hombres,
más carbón y más acero. Los aprobó con un asentimiento.
Los capullos de verdad empezaron
en ese momento. Agricultura, Industria y Transportes le mintieron sin rodeos,
asegurando unas condiciones totalmente ajenas a la realidad. Tobías esperó por
su bien que se debiera a la ignorancia más que a la incompetencia. Ciencia e
Ingeniería fue un grato paréntesis. Era uno de esos pocos hombres que habían
conseguido lo que tenían por méritos y no por apellido. Estado, Reino y Moneda
casi lloraron hablando de las cuentas y las rebeliones internas en el Macizo
central. Agregado Clerical, Palacio y Secretos no eran importantes. La ausencia
del ministro de Correos le llamó la atención y decidió investigar más tarde por
qué no habían llegado noticias del joven William Blonde.
Clausuró la reunión y les dio las
gracias a todos. Se levantó y recorrió los lujosos pasillos del Palacio
Imperial durante quince minutos, atravesando un parque y un invernadero hasta
su despacho. Allí se sentó en la mesa de caoba y miró el documento que tenía
preparado para ser firmado. Cogió una pluma delicadamente, casi con cariño y
estampó su rúbrica hasta dieciséis veces en diferentes hojas. Cuando terminó,
añadió el sello imperial en todas ellas y lo metió en un sobre grueso anti
humedad.
Esperaba que esto fuera un
revulsivo para la pésima situación en que se encontraba su herencia. La
expropiación del Banco central ya era un hecho y si lo de Ion salía bien pronto
sería el heredero al trono y arreglaría todo este desbarajuste. Tobías juntó
las manos y se perdió en sus pensamientos sobre el futuro y la muerte de su
hermano.
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