7.
El infante
estaba enfermo, siempre lo había estado. Desde que Tobías conoció a su hermano
cuando éste todavía era una miniatura de carne rosada llorona, siempre había
tenido algún achaque que había hecho de él una criatura desgraciada y afligida.
Hoy el niño tenía un aspecto de comadreja pelona, con esa piel pálida y las
ojeras típicas de la gente que no goza de buena salud. Tobías sentía más pena
que cariño por la criatura, pero aún así, sabía que él era un gran referente
para el niño y lo visitaba siempre que podía, regalándole chucherías y cosas
que lo alegraban. No creía que viviese mucho más.
Sin embargo su
preceptor era tan duro con el pobre niño enfermo como ya lo había sido con
Tobías, aunque éste hubiera sido en su infancia todo un “cabroncete” en
palabras de su hermano mayor, el heredero del Emperador.
-¿Cuánto mide el
Imperio, Richard? –El viejo siempre pronunciaba el nombre del niño como si
escupiera la última sílaba.
-Eeeh…-Richard
miró a Tobías con una media sonrisa, suplicando ayuda.
-Un…-Tobías
comenzó la frase para ayudarlo. Hoy estaba en la clase de letras como
acompañante, sabiendo la alegría que esto le causaba al niño.
-¡Un millón
setecientos mil kilómetros cuadrados!-Chilló el niño cuando se acordó del dato.
-Bien, príncipe.
O debería de decir, príncipes. Más. ¿Cuántos habitantes tiene?
-Esta me la sé.
Doscientos millones.
-Catalogación.
Richard se
mordió el labio inferior haciendo un esfuerzo por pensar. Cuando Tobías fue a
abrir la boca el niño negó con la cabeza y cerró los ojos. “Por lo menos tiene
voluntad” pensó Tobías.
-Ciento veinte
millones de ciudadanos, cincuenta millones de colonos, veinte millones de
extranjeros respetables, tres millones de militares, cuatro millones de
sacerdotes, funcionarios, policías e Imagos; dos millones de nobles y un millón
de parias.
-¿Dos millones
de nobles? ¿De dónde salen?- Tobías estaba extrañado, cuando él estudiaba sólo
eran un millón ciento cincuenta mil.
-Vuestro padre
está recompensando largamente a sus servidores, amén de que las familias nobles
se reproducen con verdadera prodigalidad. Pero ya sabréis que sólo unos diez
mil ejercen verdadero poder, los otros son familiares, clientes, pequeños
caballeros sin tierras y mucho noble de título, incluso altos y medios y
funcionarios que deberían figurar en la otra clasificación. –Tobías asintió,
asimilando como podía el Imperio manejar esas cifras.
-Continuemos. ¿Cuántos
años tiene el Imperio?
La respuesta fue
rápida.
-Trescientos
cincuenta y siete años hacemos el próximo mes de Cosecha.
-¿Dinastías?
-Durante el
primer siglo la Walters, que fue depuesta tras el interregno militar por la
Hansson, siendo restaurada en el trono la Walters con el nombre de
Walters-Kingston. Es decir, nosotros.-El maestro asintió sin dejar de tomar
nota de las palabras del niño.
-Se te da bien
la historia, ¿Querrás venir conmigo para ser mi asesor histórico en Aélica?
-¡Sí! ¡Me
encantaría ver Aélica, por favor!
El maestro
chistó y lanzó la siguiente pregunta como una lanza.
-Componentes de
la dinastía Walters-Kingston.
-Enmanuel,
Charles, Robert, Richard, Tobías, Florence y Heinrich, mi señor padre.
El buitre volvió
a asentir y miró al niño directamente.
-Las cinco
ciudades más pobladas.
-Aélica, Ion, Terrafur,
Oreyana y Siegestadt.- Cuando el maestro asintió Richard soltó un chillido de
excitación. –El maestro me hace preguntas cada vez más difíciles, si acierto
dos más habré batido mi record.
-Ya lo veremos.
¿Organización del ejército Imperial?
-¿Orgánica o
funcional? –Esas palabras en labios tan pequeños a Tobías le resultaban muy
cómicas.
-Funcional
-Siete ejércitos
actúan de forma permanente en el Imperio, cuatro en las fronteras cardinales,
uno de guarnición interior, otro de reserva y el último en las colonias
orientales. Cada ejército cuenta con tres divisiones, teóricamente formadas por
ciento cincuenta mil hombres cada una, a su vez compuestas por diez regimientos
de quince mil efectivos, más apoyo logístico, aéreo e ingeniero.
-¡Muy bien!
Siempre se te olvidaba el apoyo ingeniero, recuerda que nuestros ejércitos
permanecen invictos gracias a nuestra tecnología superior.
-Y a que tenemos
el doble de soldados que las dos siguientes naciones juntas. –Tobías dijo esto
con socarronería pero se volvió a sentir como un niño de ocho años bajo la
mirada que el maestro le dirigió.
-De acuerdo,
príncipe, una más y habréis vencido. ¿Qué tiene el sol que envidia la luna?
Tobías sonrió
por lo bajo. En Aélica, la respuesta popular a esa pregunta era “La visión de
las aelicanas en la playa medio desnudas”, pero en realidad era un dicho Imperial muy común.
-La visión de un
Imperio al que siempre alumbra, pero esa es muy fácil, no vale, hacedme otra.
El maestro rió
entre dientes y habló como sentencia un juez.
-Los siete
preceptos de la filosofía de Grünner y su entrelazamiento.
El niño resopló
con disgusto y se cruzó de brazos.
-Odio la
filosofía.
Algún rato
después, cuando ya se llevaron al niño en su silla de ruedas, Tobías se quedó a
solas con el maestro, que para todo aquel no se era su alumno, se llama Ian. Tobías
seguía llamándolo maestro.
-Así que has
venido por ese turbio asunto con Krammer, ¿verdad? - Tobías se sorprendió de
que el viejo tuviera esa información que estaba catalogada de secreto imperial.
El maestro debió ver la sorpresa en su cara.
-Soy uno de esos
tantos millones de funcionarios, nos enteramos de todo. Es una cosa fea, una
amenaza verdadera contra el Imperio. Pero puede traernos algo bueno.
-¿Por qué iba a
ser así? Ni siquiera entiendo por qué me han hecho venir desde Aélica con el cuerpo,
cuando podrían haber traído alguno más cercano.
-Bueno, Leo
Strugger comentó en el casino a mí y a un reducido círculo de sabios –Se río después
de decir “sabios”.- Que es el que más entero ha quedado, así que tendría
sentido una exploración de éste, ya que el de Coblenga se ha perdido por el
camino.
-¿Se ha perdido?
-Los huelguistas
detuvieron el tren y ante la amenaza de perderlo o que se pudriera, lo
destruyeron.
-Comprendo. Lo
que sigo sin entender es que ventaja puede tener esto para el Imperio.
-Para el Imperio
no, joven Tobías, para la familia Imperial.- Tobías casi encogió la cara de
vergüenza al volver a estar frente al maestro examinador y no entender nada.
-¿Cómo es eso?
-Desde que esa
enfermedad postró a tu pobre hermano en la silla, nada de lo que hayan podido
hacer nuestros médicos, ingenieros ni sacerdotes lo ha ayudado. Nada. Lo más
cerca que estamos de mejorar su vida es ponerlo en una armadura de combate que
se controle sólo con las manos y eso no es muy recomendable. Pero ahora, de
golpe y de pronto, aparecen sesenta y nueve cadáveres idénticos por todo el
Imperio. ¿Qué te dice eso?
Tobías
comprendió.
-Si pudiéramos clonar
la médula de Richard, podríamos curarlo, mejorar su vida.
-¿Y si eso
funcionara? –Tobías también se dio cuenta.
-Curar para siempre
las enfermedades de la familia Imperial, Padre sería inmortal.
-Bueno inmortal
no, se acabaría volviendo loco o sufriendo una muerte fulminante, como un
infarto, pero seguro que con la venia de Dios, viviría y reinaría cincuenta
años más.
Tobías se
estremeció al pensarlo.
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