lunes, 23 de abril de 2012

7. Palacio Imperial en Siegestadt.


7.
El infante estaba enfermo, siempre lo había estado. Desde que Tobías conoció a su hermano cuando éste todavía era una miniatura de carne rosada llorona, siempre había tenido algún achaque que había hecho de él una criatura desgraciada y afligida. Hoy el niño tenía un aspecto de comadreja pelona, con esa piel pálida y las ojeras típicas de la gente que no goza de buena salud. Tobías sentía más pena que cariño por la criatura, pero aún así, sabía que él era un gran referente para el niño y lo visitaba siempre que podía, regalándole chucherías y cosas que lo alegraban. No creía que viviese mucho más.
Sin embargo su preceptor era tan duro con el pobre niño enfermo como ya lo había sido con Tobías, aunque éste hubiera sido en su infancia todo un “cabroncete” en palabras de su hermano mayor, el heredero del Emperador.
-¿Cuánto mide el Imperio, Richard? –El viejo siempre pronunciaba el nombre del niño como si escupiera la última sílaba.
-Eeeh…-Richard miró a Tobías con una media sonrisa, suplicando ayuda.
-Un…-Tobías comenzó la frase para ayudarlo. Hoy estaba en la clase de letras como acompañante, sabiendo la alegría que esto le causaba al niño.
-¡Un millón setecientos mil kilómetros cuadrados!-Chilló el niño cuando se acordó del dato.
-Bien, príncipe. O debería de decir, príncipes. Más. ¿Cuántos habitantes tiene?
-Esta me la sé. Doscientos millones.
-Catalogación.
Richard se mordió el labio inferior haciendo un esfuerzo por pensar. Cuando Tobías fue a abrir la boca el niño negó con la cabeza y cerró los ojos. “Por lo menos tiene voluntad” pensó Tobías.
-Ciento veinte millones de ciudadanos, cincuenta millones de colonos, veinte millones de extranjeros respetables, tres millones de militares, cuatro millones de sacerdotes, funcionarios, policías e Imagos; dos millones de nobles y un millón de parias.
-¿Dos millones de nobles? ¿De dónde salen?- Tobías estaba extrañado, cuando él estudiaba sólo eran un millón ciento cincuenta mil.
-Vuestro padre está recompensando largamente a sus servidores, amén de que las familias nobles se reproducen con verdadera prodigalidad. Pero ya sabréis que sólo unos diez mil ejercen verdadero poder, los otros son familiares, clientes, pequeños caballeros sin tierras y mucho noble de título, incluso altos y medios y funcionarios que deberían figurar en la otra clasificación. –Tobías asintió, asimilando como podía el Imperio manejar esas cifras.
-Continuemos. ¿Cuántos años tiene el Imperio?
La respuesta fue rápida.
-Trescientos cincuenta y siete años hacemos el próximo mes de Cosecha.
-¿Dinastías?
-Durante el primer siglo la Walters, que fue depuesta tras el interregno militar por la Hansson, siendo restaurada en el trono la Walters con el nombre de Walters-Kingston. Es decir, nosotros.-El maestro asintió sin dejar de tomar nota de las palabras del niño.
-Se te da bien la historia, ¿Querrás venir conmigo para ser mi asesor histórico en Aélica?
-¡Sí! ¡Me encantaría ver Aélica, por favor!
El maestro chistó y lanzó la siguiente pregunta como una lanza.
-Componentes de la dinastía Walters-Kingston.
-Enmanuel, Charles, Robert, Richard, Tobías, Florence y Heinrich, mi señor padre.
El buitre volvió a asentir y miró al niño directamente.
-Las cinco ciudades más pobladas.
-Aélica, Ion, Terrafur, Oreyana y Siegestadt.- Cuando el maestro asintió Richard soltó un chillido de excitación. –El maestro me hace preguntas cada vez más difíciles, si acierto dos más habré batido mi record.
-Ya lo veremos. ¿Organización del ejército Imperial?
-¿Orgánica o funcional? –Esas palabras en labios tan pequeños a Tobías le resultaban muy cómicas.
-Funcional
-Siete ejércitos actúan de forma permanente en el Imperio, cuatro en las fronteras cardinales, uno de guarnición interior, otro de reserva y el último en las colonias orientales. Cada ejército cuenta con tres divisiones, teóricamente formadas por ciento cincuenta mil hombres cada una, a su vez compuestas por diez regimientos de quince mil efectivos, más apoyo logístico, aéreo e ingeniero.
-¡Muy bien! Siempre se te olvidaba el apoyo ingeniero, recuerda que nuestros ejércitos permanecen invictos gracias a nuestra tecnología superior.
-Y a que tenemos el doble de soldados que las dos siguientes naciones juntas. –Tobías dijo esto con socarronería pero se volvió a sentir como un niño de ocho años bajo la mirada que el maestro le dirigió.
-De acuerdo, príncipe, una más y habréis vencido. ¿Qué tiene el sol que envidia la luna?
Tobías sonrió por lo bajo. En Aélica, la respuesta popular a esa pregunta era “La visión de las aelicanas en la playa medio desnudas”, pero  en realidad era un dicho Imperial muy común.
-La visión de un Imperio al que siempre alumbra, pero esa es muy fácil, no vale, hacedme otra.
El maestro rió entre dientes y habló como sentencia un juez.
-Los siete preceptos de la filosofía de Grünner y su entrelazamiento.
El niño resopló con disgusto y se cruzó de brazos.
-Odio la filosofía.
Algún rato después, cuando ya se llevaron al niño en su silla de ruedas, Tobías se quedó a solas con el maestro, que para todo aquel no se era su alumno, se llama Ian. Tobías seguía llamándolo maestro.
-Así que has venido por ese turbio asunto con Krammer, ¿verdad? - Tobías se sorprendió de que el viejo tuviera esa información que estaba catalogada de secreto imperial. El maestro debió ver la sorpresa en su cara.
-Soy uno de esos tantos millones de funcionarios, nos enteramos de todo. Es una cosa fea, una amenaza verdadera contra el Imperio. Pero puede traernos algo bueno.
-¿Por qué iba a ser así? Ni siquiera entiendo por qué me han hecho venir desde Aélica con el cuerpo, cuando podrían haber traído alguno más cercano.
-Bueno, Leo Strugger comentó en el casino a mí y a un reducido círculo de sabios –Se río después de decir “sabios”.- Que es el que más entero ha quedado, así que tendría sentido una exploración de éste, ya que el de Coblenga se ha perdido por el camino.
-¿Se ha perdido?
-Los huelguistas detuvieron el tren y ante la amenaza de perderlo o que se pudriera, lo destruyeron.
-Comprendo. Lo que sigo sin entender es que ventaja puede tener esto para el Imperio.
-Para el Imperio no, joven Tobías, para la familia Imperial.- Tobías casi encogió la cara de vergüenza al volver a estar frente al maestro examinador y no entender nada.
-¿Cómo es eso?
-Desde que esa enfermedad postró a tu pobre hermano en la silla, nada de lo que hayan podido hacer nuestros médicos, ingenieros ni sacerdotes lo ha ayudado. Nada. Lo más cerca que estamos de mejorar su vida es ponerlo en una armadura de combate que se controle sólo con las manos y eso no es muy recomendable. Pero ahora, de golpe y de pronto, aparecen sesenta y nueve cadáveres idénticos por todo el Imperio. ¿Qué te dice eso?
Tobías comprendió.
-Si pudiéramos clonar la médula de Richard, podríamos curarlo, mejorar su vida.
-¿Y si eso funcionara? –Tobías también se dio cuenta.
-Curar para siempre las enfermedades de la familia Imperial, Padre sería inmortal.
-Bueno inmortal no, se acabaría volviendo loco o sufriendo una muerte fulminante, como un infarto, pero seguro que con la venia de Dios, viviría y reinaría cincuenta años más.
Tobías se estremeció al pensarlo.

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